Por Horacio Cárdenas Zardoni
Permítame contarle una historia: en el mes de marzo de 1944 el sargento Eugene J. Darrigan, originario de un pueblo llamado Wappingers Falls, en el estado de Nueva York, quien por entonces contaba con 26 años de edad, fue asignado al 320° Escuadrón de Bombardeo, del 90° grupo de Bombardeo de la Quinta Fuerza Aérea de los Estados Unidos, y desplegado en su calidad de operador de radiocomunicación en lo que es hoy Nueva Guinea.
Corría el 11 de marzo de 1944, y el sargento Darrigan viajaba a bordo del “Heaven can wait”, “El cielo puede esperar”, un bombardero B-24D, de los conocidos como Libertador. La misión de la nave salió de la pista de Nadzab para atacar el aeródromo enemigo de Boram y Awar Point, en la Bahía de Hansa. Según relatos de testigos de lo acontecido aquel día, de repente se vieron salir llamas de la bahía de bombas del Heaven Can Wait, que pronto alcanzaron la cola del avión, que poco a poco fue cabeceando hacia la izquierda y perdiendo altura, hasta estrellarse en el mar. La causa probable del incidente fue que el bombardero fue alcanzado por metralla del fuego antiaéreo, lo que provocó la explosión de las bombas de que iba pertrechado.
Según testimonio de las tripulaciones de otros aviones que rodearon el lugar del accidente en busca de sobrevivientes, no lograron localizar a ninguno.
Al concluir la Segunda Guerra Mundial, el Servicio Norteamericano de Registro de Tumbas, que aunque parezca difícil de creer, existe como oficina, realizó búsquedas del personal militar desaparecido en el teatro de operaciones del Océano Pacífico, Nueva Guinea fue uno de los puntos explorados. Luego de hacer lo posible, en marzo de 1950 los funcionarios del Servicio de registro tomaron la decisión de que no era posible localizar los restos de los tripulantes del bombardero Heaven Can Wait, declarándolos como irrecuperables.
Un reportaje periodístico del año 1944 daba cuenta del fallecimiento de Eugene Darrigan, comentando que le sobrevivía su esposa, su hijo de entonces siete meses, su madre y cuatro hermanas. Como curiosidad, fue el primer soldado caído de Wappingers Falls en la Segunda Guerra.
Pero para que vea cómo es la gente a la hora de recordar a sus familiares y ascendientes, la familia del subteniente Thomas Kelly, oficial bombardero a bordo del Heaven Can Wait, se pusieron a recabar documentación y testimonios en torno al accidente del avión, esto entre 2013 y 2017, más de medio siglo tras la tragedia.
Por allá de octubre de 2017, una organización civil denominada Project Recover, localizó lo que parecían ser los restos de un B-24 en la Bahía de Hansa, utilizando equipo de sonar. Pero fue hasta 2023 en que un equipo de recuperación submarina, previa la indispensable labor de limpieza de munición sin detonar… excavó el sitio del accidente, recuperando algunos restos biológicos, pruebas diversas, y las siempre ubicuas placas de identificación que portan todos los soldados estadounidenses en todos los escenarios de guerra desde hace muchas décadas.
Todas las pruebas fueron remitidas a la Agencia de Contabilidad de Prisioneros de Guerra/Desaparecidos de la Defensa, que otra vez, aunque usted no lo crea, existe dentro del organigrama del gobierno estadounidense. Entre los hallazgos que se han dado a conocer, se pudo determinar, sin lugar a dudas que, a partir de análisis antropométricos y registros dentales, y comparaciones con el ADN existente en el sistema médico forense de las Fuerzas Armadas… que los restos corresponden al sargento Eugene Darrigan, cuyo nombre aparece en el monumento conocido como los Muros de los Desaparecidos, en el Cementerio Memorial Americano en Manila, Filipinas.
Este hecho da pie a que junto a su nombre, la Agencia de Contabilidad de Prisioneros de Guerra/ Desaparecidos de la Defensa de al sargento Darrigan como localizado… ochenta años después de haber perdido la vida en el teatro de operaciones del Pacífico. Sus restos serán sepultados en el cementerio de Calverton, Nueva York. Hasta aquí la historia, que nos encontramos en la página del Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial,
La historia en sí es una mera curiosidad, que sin embargo nos lleva a compararla con el momento que vive México en estos momentos, en los que los expedientes de personas desaparecidas se acumulan, se esconden, se desechan en las oficinas gubernamentales, mientras que en el recuerdo de sus familiares permanece, y tanto, que se han creado y multiplicado los grupos de búsqueda de desaparecidos, que recorren los sitios más impensados del país, con la esperanza de recuperar los restos de sus seres queridos, de quienes tienen escasa esperanza de que sigan vivos, pese a no contar con registros o testimonios de su fallecimiento.
Luego nos preguntamos de porqué los deudos de los mineros de Pasta de Conchos sigan al pie de la mina, presionando para su recuperación. Luego nos sorprendemos de que la opinión pública ponga en jaque a los gobiernos federal y de los estados por asuntos como el del rancho Izaguirre en Jalisco, haciendo las madres un trabajo que los expertos de las fiscalías y comisiones no son capaces de realizar.
En el caso del sargento Darrigan habían pasado 80 años hasta que lo localizaron y lo dieron por presente, ¿cuánto van a tardar las familias de los más de cien mil desaparecidos en cansarse en su búsqueda?, mínimo serán esos ochenta años, y los que se necesiten, hasta que aparezcan, duélale al político de turno, lo que le duela.
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