Horacio Cárdenas Zardoni
Dicen las notas de prensa y las declaraciones de funcionarios públicos, que lo de la construcción de una carretera al pie de la sierra de Zapalinamé data del año 2000 o 2001. No es por corregirlos, contradecirlos o enmendarles la plana, pero si no me acuerdo mal, el primer esbozo de una vialidad de ese tipo viene desde por allá por los años setenta, si no es que antes.
La verdad es que los primeros rastros del tema se pierden en el tiempo, aunque tampoco hay que ser tan dramáticos, habrá todavía gente que recuerde que a lo que luego fue el libramiento José López Portillo, y luego se rebautizó como Oscar Flores Tapia, originalmente se le denominaba Camino del Agua. Eran bellos aquellos tiempos en los que a las cosas se les llamaba por algún sello característico, natural o humano, y no por algo de carácter político, que sobre todo en estos tiempos y en este país, son imposiciones si nos va bien, sin mayor significación para la gente, y si nos va mal, bastante enojosas. Todavía recordamos que en una rotonda donde topaba el libramiento con la carretera 57, casi enfrente del famosísimo tugurio ‘El Conejo Loco’, había un pequeño monumento conmemorativo, no alcanzó el dinero o consideraron que no valía la pena hacer una estatua, así que se conformaron con hacer un medallón, un altorrelieve con el perfil de José López Portillo, que algún gandalla o una punta de gandallas terminó por robarse, quizá para fundirlo y venderlo como fierro viejo, o tal vez quizá ande todavía rodando por allí, sirviendo para hacer discadas. Las autoridades en vez de reponerlo, mejor la pusieron el nombre de Flores Tapia, y muy inteligente y ahorrativamente, no le plantaron una estatua, que también terminarían robándose, recordemos que hace pocas décadas las cámaras de vigilancia no eran tan ubicuas como lo son ahora.
Bueno, pues, esto es teoría mía, basada en antecedentes burocrático familiares, la muy antigua Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, tenía una oficina en la cual laboraban algunos analistas a quienes se encargaba recorrer toda la geografía nacional haciendo estudios prospectivos de la infraestructura que probablemente se requiriera construir por parte del gobierno a un horizonte de diez, treinta, cincuenta años, o de plano nunca.
¿Cómo comenzaba todo?, pues en las campañas políticas, la población le decía a los candidatos, es que sería bueno hacer un puente aquí, una carretera allá, una presa entre esos dos cerros, un tren… y así por el estilo. Era la época en la que, no es que los políticos escucharan, pero sí que tenían un ayudante que apuntaba todo lo que le decía la gente al candidato y luego al funcionario público, y esos datos se mandaban a la dependencia correspondiente, a Agricultura y Recursos Hidráulicos, a la SCOP, a la SEDENA, o cualquier otra, que tenían la obligación de examinar el asunto, preparar un informe, enviarlo y así se armaba un expediente, de tal manera que cuando el funcionario regresara por el mismo sitio, alguno de sus múltiples ayudantes le arrimara una tarjeta en la que le recordaban lo que le habían pedido y lo que se había dictaminado como lo más adecuado. Tampoco vamos a decir que lo cumplían todo, ni mucho menos, pero por lo menos fluía la información y el visitante no ponía cara de que la virgen le hablaba.
Yo creo que de por allí vendría el primer planteamiento de una carretera que comunicara las tres carreteras que salen y llegan a Saltillo, la Saltillo Monterrey, la Saltillo México y la Saltillo Zacatecas, creando un gran anillo periférico, entendiendo por esto uno que le diera una vuelta completa a la ciudad, que por entonces era una fracción de lo que se ha convertido. La idea era rodear Saltillo por el lado oriente de la ciudad, al pie de la sierra, y otro por el lado poniente, que es el que se comenzó, creo, en tiempos de Eliseo Mendoza y tardó bastante en terminarse, luego de quedar abandonado varios años.
La evidencia más clara de que había ese proyecto la encontramos en dos puntos. Primero que colocándonos donde estuvo la rotonda y ahora está uno de los puentes que hizo Humberto Moreira, se aprecia que por lo menos existe el trazo que da continuidad al Camino del Agua, hoy libramiento Flores Tapia, hacia el oriente, y llegando al pie de la sierra, donde se da vuelta hacia el sur, siguiendo lo que desde hace muchísimos años se conoce, o ya se olvidó, como la Línea de pozos.
Cuando recorrimos la zona, eso que nos daba por ser caminantes, antes que se inventara siquiera la palabrita esa ridícula de senderista, se notaba la existencia de un camino de terracería, bastante accidentado, y que conectaba diversa infraestructura hidráulica. Alguien nos explicó que los pozos se habían excavado en la época precisamente de Flores Tapia, y que captaban el agua de los mantos freáticos de la Sierra de Zapalinamé, el camino era uno de servicio para esa infraestructura, ni se permitía ni se prohibía andar por ahí, pero no era muy fácil que digamos, en carro, pues estaba apenas apisonado.
Bueno, pues por allí iría el Arco Vial, que hasta ahorita se considera viable y necesario, cuando que lo ideal hubiera sido construirlo hace unos treinta años, porque ¿quién lo iba a pensar?, Saltillo ya llegó hasta allá, y tanto que algunas de las colonias más alejadas ya podrían verse afectadas por la obra.
Si se hubiera hecho, ese hubiera sido el límite de crecimiento de la capital de Coahuila, y en cambio al hacerlo ahora resulta que el tal límite está rebasado. El arco vial lo dan por bueno, se va a hacer porque se va a hacer… si es que hay dinero para ello, si no, correrá con la suerte de la 4-2-4, el libramiento poniente y la ampliación de la carretera a Zacatecas, que se iniciaron, debía terminarse en otro año y se tardaron bastante más de lo programado.
La diferencia aquí es que el crecimiento de la ciudad les puede ganar, con lo que la obra insignia, por lo demás necesaria, saldría mucho más costosa de lo estimado.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
