Palabras Mayores

Dieciocho años de mandar casi todo “al carajo”

  • AMLO habría insistido por última vez en la Región Carbonífera de Coahuila, al expresar: “al carajo con el dinero cuando está de por medio el pueblo”.

Por David Guillén Patiño

No es broma. Lleva la marca comercial “Anti López Obrador”, cuesta 19.90 dólares y se vende en varios colores lisos: azul pastel, rojo, gris jaspeado y rosado.

Se trata de una camiseta de importación, cuyo modelo se denomina “Al Carajo AMLO”, misma que se ofrece “con cuello en V”.

Dependiendo del tipo de tejido o de tono, la playera está hecha casi totalmente de algodón, aunque hay presentaciones que son “50% algodón y 50% poliéster”.

Es una reconocida empresa estadounidense de comercio electrónico la que clasifica el artículo como “Andrés Manuel López Obrador, Presidente Mexicano”.

Al leerse en línea el insólito anuncio, es fácil deducir que ha sido diseñado por gringos que lucran a lo lindo con una de las típicas frases lopezobradoristas.

Dirigida al mercado femenino desde mayo de 2021, la camiseta es ligera, de ajuste clásico, con mangas y doble puntada en su bastilla inferior.

Curiosamente, también es doble la “puntada” presidencial a la que enseguida me refiero, a cinco días de que López Obrador concluya su sexenio.

El 1 de septiembre de 2006, al mandar “al diablo” a las instituciones, el oriundo de Tepatitlán, Tabasco, cosió por primera vez el dobladillo del entramado político.

Quien sabe si por el hecho de que el periódico El País vio en dicho repudio una “postura extrema”, el mandatario nacional optó por cambiar el concepto.

El hecho es que, luego de mandar “al diablo” a las instituciones, el dueño de Morena se ha empeñado en enviar, pero “al carajo”, a todo lo que le huela a viejo régimen.

Fue así como el presidente habría decidido practicar su segunda puntada, sin dejar de combatir el escepticismo de sus detractores.

Todavía en su visita realizada hace unos días a la Región Carbonífera, retomó dicho concepto, mandando “¡al carajo con el dinero cuando está de por medio el pueblo!”.

Se refería a los 3 mil millones de pesos que se han invertido en el rescate de los mineros que perecieron atrapados en las minas “Pasta de Conchos” y “El Pinabete”.

Ese 23 de septiembre está llamado a ser la fecha en que, por última vez, el presidente haya recurrido a esta particularidad de su florido léxico.

Hecho el apunte, considero útil reflexionar, al menos someramente, sobre las implicaciones e impacto político y social del uso indiscriminado del término “carajo”.

Habrá que hacer primero un breve recuento: a la fecha, el inquilino de Palacio Nacional ha mandado “al carajo” a los consumistas y a los “gobiernos peleles”.

Según lo ha dicho, también envió al diablo, cuando no al averno, al fondo del mar, a freír espárragos o al olvido, las reformas estructurales y “ambiciosos vulgares”.

Hasta allá lanzó, dijo, a la delincuencia, a “los de arriba”, la corrupción, la oposición y a los que se oponen a los programas sociales y contratación de médicos cubanos.

Decidió el mismo destino para quienes no creyeron en su vaticinio de que su partido triunfaría en los comicios del 4 de junio de 2023 en Coahuila y Estado de México.

Al carajo mandó a los conservadores que causan pobreza, así como al racismo, a la humillación y al clasismo, tal como lo publicaron los medios de comunicación.

También hacia allá envió recientemente, es decir, el 1 y 15 de septiembre, a los oligarcas que quieren ejercer el poder, prescindiendo del pueblo.

Y es que, en opinión del propio titular del Ejecutivo federal, “vete al carajo no es ninguna grosería”, según alegó el 30 de agosto de 2019, hace cinco años.

Sin embargo, su afirmación no resiste escrutinio alguno. Es tan inaceptable como la diarrea verbal que la nación tuvo que soportarle al expresidente Vicente Fox.

Jesús Ramírez, vocero oficial de AMLO, desaprovechó los últimos seis largos años para explicarle lo impropio de enviar a la goma todo lo que desentona con la “4T”.

Fácil habría sido comunicarle la definición del Diccionario de la Lengua Española de la expresión “carajo”, para luego mandarla ipso facto al rancho presidencial.

En principio, la describe como una palabra “malson.” (malsonante), con la que se hace referencia al “miembro viril”, ni más, ni menos. He aquí, lo delicado del asunto.

A ello podría obedecer que, en absolutamente todos los sentidos, la Real Academia Española (RAE) catalogue dicho término como un improperio.

En efecto, el adjetivo “malsonante” se aplica a toda palabra con la que se “ofende al pudor, al buen gusto o a la religiosidad”. Uno de sus sinónimos es “grosero”.

Está demostrado que cada vocablo posee una fuerza poderosa, tanto para destruir, como para causar caos, especialmente cuando es pronunciado por un líder.

Por otra parte, considero totalmente innecesario abusar del lenguaje coloquial, si lo que se busca es simplemente empatizar con determinado tipo de auditorio.

Queda claro que, por razones de su investidura, no es propio de un jefe de estado denostar contra ningún ciudadano o sector social, por más perniciosos que sean.

Tomar bando o adoptar determinada ideología política tampoco facultan a nadie para mandar al demonio el orden establecido, menos si se ha servido de este.

A mi juicio, estas consideraciones constituyen lecciones que nos dejó, no solo la gestión de López Obrador, sino también la de sus tres antecesores en el cargo.

Así pues, necesitamos un presidente(a) menos chistoso, ocurrente, sarcástico y parlero, que por lo menos sea capaz de sustraerse del “haiga sido como haiga sido”.

Nunca en la historia del país la figura presidencial se había visto tan vulnerable, debido, en gran medida, a una suerte de incapacidad para interactuar con mesura.

Por lo demás, se debe reconocer que Andrés Manuel López Obrador terminó por marcar un antes y un después en nuestro devenir, gracias a su política regenerativa.

A seis años del “cambio verdadero”, la moneda está en el aire, aunque parece que todo irá por buen camino con Claudia Sheinbaum y su “segundo piso”.

En este sexenio apenas se pudieron sentar las bases que prometen transformar al país, objetivo que demandará el esfuerzo de varias generaciones de mexicanos.

En esos momentos cruciales, lo peor que podría pasar es que Morena continuase en su proceso autodestructivo, promovido por infiltrados y líderes corrompidos.

Entonces, de nada serviría que López Obrador haya mandado al carajo al prianismo que, dicho sea de paso, aún respira por la herida.

(davidguillenp@gmail.com)


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