Editorial

ORGULLOSOS A FUERZAS


Por Horacio Cárdenas Zardoni


Nos llamó mucho la atención el discurso del alcalde de Saltillo, Javier Díaz González en ocasión de la toma de protesta del consejo Municipal de la Juventud: Necesitamos sentirnos orgullosos de la ciudad. Bueno, es entendible que los políticos digan lo que les viene a la mente en ese instante, o que repitan tal cual lo que les escriben sus colaboradores cercanos, pensando en que es el mejor mensaje que podrían crear, aprovechando el momento, las circunstancias internas y externas, y allanando el camino para lo que traiga entre manos tanto la persona que ocupa la presidencia municipal, como el conjunto de la administración, pero en este caso concreto es difícil determinar si había una intención bien definida para el mensaje, o fue lo que le salió en el instante y teniendo en cuenta ante qué audiencia se pronunciaba.


Lo que nos llamó la atención es la elección de palabras que usó el presidente municipal de la capital coahuilense. Eso de que necesitamos sentirnos orgullosos de la ciudad… ¿porqué, cómo, amparados en qué?, eso respecto al orgullo, y en cuanto a que lo necesitemos, pues todavía más extraño. Porque sí, ponga que podamos, algunos, sentirnos orgullosos de lo que es, lo que hay, lo que hace Saltillo, pero así como que tenga uno la necesidad perentoria de ello, como que no, a menos, repetimos, que haya por allí un mensaje subliminal, o algo por el estilo, que quieran que se cuele en nuestro subconsciente, y si este es el caso ¿para qué?, ¿qué persiguen con ello?


Sentirnos orgullosos ¿de qué parte de Saltillo, porque tiene muchas? Los promocionales de gobierno, desde hace varios sexenios, hablan de que Saltillo, bueno, Coahuila, bueno la Región Sureste, es líder en la producción de vehículos automotores de exportación. Hombre qué bueno, si uno es accionista de General Motors, de Chrysler luego Daymlel Benz luego Fiat y temporalmente Stellantis, bueno, uno puede sentirse orgulloso de los dividendos que le produce su inversión, cuando los hay y antes que le carguen los aranceles por importación a los Estados Unidos. Pero si es usted de los que aprietan tuercas en los birlos, no sé que tanto sea motivo de orgullo, lo hace por que hay un salario de por medio, y no es como en aquella película Gran Torino de Clint Eastwood, en que presume ‘yo instalé la transmisión automática en ese carro’, ahora ya no hay tanto de eso.


Ahora que si es usted dueño de la Casa Purcell, de alguno de los cada vez más escasos palacetes que quedan en el centro, o los que se están haciendo en las pomadosas e inundables colonias del norte de la ciudad, pues sí, también puede que esté algo orgulloso de su propiedad, mientras no se le llene de aguas negras con una de esas lluvias que nomás causan perjuicios, pero no sirve para recargar los mantos acuíferos, vaya AgSal a saber porqué.


Pero eso de necesitar estar orgullosos de Saltillo, como lo refirió el presidente municipal, porque entre los alcaldes de una asociación de los ídem, o según un indicador del INCO, seamos la ciudad más competitiva del país… a mi lo que me provoca es un poco mucho de vergüenza ajena. Porque si Saltillo es la mejor ciudad para vivir ¿cómo estarán las demás? A lo mejor si es uno propietario de una casa en San Lorenzo, o vecino de Rubén Moreira o Miguel Riquelme en uno de los soñados fraccionamientos del norte, ponga que haya motivo para sentirse como Noroña en Tepotzotlán, pero si es uno vecino de la Topo Chico, de la Guayulera o del fraccionamiento Zaragoza, es más aquello a lo que aspira uno, que lo que tiene de qué enorgullecerse, pero bueno, quizá el alcalde sabe algo que nosotros no.


Ahora que, eso de que el Saltillo, ese del que necesitamos orgullecernos, sea producto de la sinergia entre el gobierno municipal, que él maneja, del gobierno estatal y hasta del gobierno federal de Claudia Sheinbaum, nos parece que está planteando las cosas al revés. Quizá sea él, el gobernador Manolo Jiménez y la presidenta los que deberían enorgullecerse de que existe un Saltillo, un Monterrey, un Chihuahua, que logran lo que logran, no gracias a lo que ellos hacen, asignan de dinero o ejecutan en obras, sino a lo que la gente hace por sí misma. Así como nos fue el sexenio pasado, con prácticamente ninguna obra pública por parte de la federación, ni del estado por falta de dinero y exceso de deudas, la sinergia brilló por su inexistencia en la realidad, porque solo salía a relucir en los rollos políticos.


A lo mejor el día que haya un estándar superior, un grado de convivencia que nos permita decir ‘aquí en Saltillo respetamos al peatón, al otro conductor, al ciclista que está haciendo un esfuerzo por no ensuciar el aire y por su salud’ en vez de echarle el carro, el mamá móvil, el trocononón encima. El día que no pongamos un expendio de lobos enfrente de la pollería del vecino al que apenas le comienza a ir bien. El día que no nos trepemos al campanario de la catedral a lanzar en pedacitos de papel la honra de los vecinos, parientes, compañeros de escuela o de trabajo, para que vuele por todo el pueblo, capaz que podemos comenzar a sentirnos un poco a gusto de vivir aquí, ya después de eso, a ver si nos nace un poquito de orgullo… pero de momento y porque aparecemos en un listado de ciudades infelices, por eso no.


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