Por Horacio Cárdenas Zardoni
Durante muchos años fue famosa la práctica de las invasiones de terrenos en Saltillo y los municipios de la región sureste, que tampoco puede decirse que fuera un fenómeno exclusivo de esta zona, ni de nuestro estado, lo más seguro es que ocurriera en todas partes de México, y que esta respondiera a las características sociales, políticas y económicas de cada estado y caso particular.
La gente rica no dormía, y cuando dormía, tenía pesadillas de que un terreno grande, normalmente eran terrenos grandes, que había ido ganando plusvalía a lo largo de muchos años, si no es que siglos, de repente amaneciera lleno de casuchas construidas con cartón, madera de desecho y lonas, cada una de ellas habitada por una familia que literalmente, no tenía en este mundo ni donde caerse muerta.
Y es que efectivamente, ocurrieron muchos de estos casos, que lo peor de todo es que no había manera de resolverlos de manera rápida, barata y con la garantía de que no volviera a pasar. Todo porque ciertas personas, de ciertos movimientos políticos y partidos de izquierda, habían hecho una verdadera industria de la invasión de predios en Saltillo, Arteaga y Ramos Arizpe. Predios que valían una fortuna, o varias, tanto por su extensión como por su ubicación, se veían convertidos en asentamientos irregulares, los cuales podían enfrentar litigios por veinte años o más, o costar una fortunita para pagar la movilización de fuerza pública o algo mucho peor, para desalojar y cuidar la propiedad, no fuera que regresaran, con el peligro de denuncias legales por violencia, daños y mil cosas más.
Para colmo de males, los tales líderes de masas entraban en contubernio con las autoridades para allegarles votos o hacer ciertos trabajos sucios, con lo que las posibilidades de que el dueño del terreno lo viera libre en el corto plazo, se perdían en los calendarios.
De alguna manera, básicamente atajando ese modelo de extorsión y repetimos, contubernio político, se fue acabando en Coahuila hasta casi extinguirse. Los jóvenes activistas que recordaban las hazañas que habían visto o de las que habían sido parte, recibían un trato tan rudo y firme, que pocas ganas les quedaban de volver a intentarlo, por lo general aceptaban las ofertas que se les hacían de incorporarse al sistema, por la buena, más que por la mala, que podía serlo mucho. Todo para que de repente, desde las más altas jerarquías de la política mexicana, nos enteremos que no solo hay la posibilidad de que regrese el negocio de la invasión de predios, sino que el mismo gobierno la considere una estrategia para resolver un problema para el que no ha encontrado una alternativa conveniente al paso de los años. Si todavía se pudiera pensar en algo peor, la administración pública se pone del lado de los invasores, en perjuicio de los propietarios de los inmuebles, amenazando con convertirnos en algo parecido a lo que se ha vivido en Brasil, en España y otros sitios, en donde las personas que han construido un patrimonio, y lo han convertido en un bien raíz, se ven a merced de gente que los despoja de ello, dejándolos en la misma situación de indefensión que quizá ellos viven, aunque tal vez peor, pues no encontrarán quien los defienda, y en el proceso jurídico su riqueza se diluirá hasta convertirse en nada.
El Infonavit ha dicho que en Coahuila hay algo así como diez mil casas abandonadas, algunas de ellas habitadas, otras de plano cayéndose luego de que saqueadores se llevaron todo lo que pudieron arrancar, al grado de que tal vez saliera más económico hacer una nueva que invertir en rehabilitar una de esas de las que queda solo el block y las pocas varillas que usaron para construirlas.
Allí el problema no es solo de porqué la gente abandonó las casas que se les asignaron y que estuvieron pagando por un tiempo, hasta que se declararon en rebeldía, en quiebra, o lo más probable, en nada, simplemente las dejaron por su incapacidad para poder seguir pagando los créditos. Muchas de esas casas se construyeron en sitios que las hacían inconvenientes para ser habitadas por gente que tiene que transportarse a un lugar de trabajo distante, simplemente no les sale de gastos, y si a eso sumamos la falta de escuelas, de centros comerciales y lo demás que se requiere, encuentra uno la justificación para que en vez de ser el sueño realizado, se conviertan en una pesadilla que abandonen a la primera oportunidad, o a lo mejor después de pensarlo mucho, pero el resultado es el mismo, casas abandonadas que el gobierno quiere entregar a quien se deje, a cambio de una cantidad que dicen que será mínima… lo cual también está por verse. De hecho ha dicho el director nacional del Infonavit que no los correrán, pero que la casa jamás será suya, lo cual suena como a maldición morenista, que es peor que las gitanas. Pero igual no convence, ¿y los verdaderos dueños, los que ahora se convierten en despojados, alguien se interesa en ellos, alguien se ocupa de que reciban el dinero que habían pagado ya?
Y espérese, porque esto puede dar pie a nuevas invasiones, total, al rato el gobierno me da la propiedad por unos pocos pesos ¿y así piensan que los empresarios se interesarán en construir un millón de casas este sexenio?
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