Por Horacio Cárdenas Zardoni
Cuando los fundadores de la Villa de Santiago del Saltillo fincaron los primeros edificios, trazaron las primeras calles, lo hicieron con la intención de que duraran. ¿Cuánto?, toda la vida, varias vidas, para siempre. Por muy exagerado que parezca, la mentalidad de quienes conquistaron el norte de México, era que sus construcciones tenían que permanecer, sin especificar simplezas, porque en aquel tiempo no se detenían a pensar en esos detalles nimios, se aplicaban a hacer las cosas bien, de forma que no tuvieran que estarlas reparando a cada rato, y eventualmente sustituyendo por otras que lo mismo, tuvieran el equivalente a una fecha de caducidad.
Saltillo todavía está habitado, no es buen ejemplo de lo que pretendían los exploradores y luego los conquistadores, pero en la geografía del estado, en la del norte de México y del sur de los Estados Unidos todavía existen restos por aquí y por allá de lo que fueron los presidios y las misiones, y de forma más independiente, los ranchos y caseríos que se crearon, algunos de los cuales hasta muy recientemente perdieron su viabilidad para retener ala población, pero de que estaban bien hechos, lo estaban. A veces solo quedan algunos muros, uno que otro montículo de lo que hace siglos fueron asentamientos humanos que duraron lo que la fortaleza y la resistencia de sus habitantes lograron imponerse a las adversidades.
Hablando de la capital de Coahuila, las obras más importantes son la Catedral de Santiago, el Palacio de Gobierno, algunas otras obras públicas y casonas edificadas por sus propietarios. Igual, estaban hechas para durar, al grado que allí están, aguantando el paso del tiempo, algunas con mantenimiento suficiente, otras ayunas del mínimo indispensable, pero allí siguen, todo porque quienes las emprendieron, digámoslo así, carecían del concepto de duración y del tiempo mismo.
Todavía recordamos cuando en el sexenio de Rogelio Montemayor Seguy como gobernador, la administración pública se avocó a la remodelación del primer cuadro de la ciudad de Saltillo. Había que sustituir el adocreto con el que el también gobernador Óscar Flores Tapia, quiso arreglar las calles y banquetas del centro histórico, con tan mala suerte, no para él, sino para los habitantes y visitantes de la ciudad capital, que se agenció un material de malísima calidad, y tanto, que a los pocos años ya estaba peor que el que había sustituido. ¿Cómo estarían las cosas, que las juntas, el emboquillado, duró más que los tabiques?, cada paso que daba el ciudadano, corría el riesgo de tropezarse, falsearse un tobillo, sufrir una caída o una fractura. Si caminaba sobre las juntas, estas eran muy delgadas, y si lo hacía sobre las piezas de adocreto mal aglomerado, todas hundidas, podía tropezarse con la junta al levantar el pie cada vez, total, una tortura.
Sin ser historiadores de la arquitectura y la ingeniería civil, casi podemos asegurar que en la época colonial no existían aglutinantes químicos, como los que se usan para el adocreto, con ello queremos señalar que la intención no era “devolver” el centro a su esplendor de la Colonia o el Imperio, sino hacer algo que pareciera “bonito”, y sobre todo que saliera baratón, siguiendo la consigna: haz obra, que algo sobra, mandamiento de todos los burócratas en nuestros gobiernos mexicanos.
Ya con Montemayor la gran innovación fue que metieron concreto estampado, que tenía todavía menos de colonial que el adocreto de Flores Tapia, ni modo, así se toman las decisiones. No vamos a decir que no se veía bonito, al menos en sus primeros años, digamos que daba “el gatazo”, pero no eran materiales originales ni mucho menos. A nivel de anécdota recordamos que cuando sobre la calle de Hidalgo, frente a la Catedral de Santiago, los trabajadores descubrieron lo que era el pavimento original, o al menos uno anterior, y que este era de piedra, pero no piedra bola o lajas, sino cuadros de piedra perfectamente cortados para que embonaran uno con otro, y pudieran ser movidos y recolocados sin mayor problema. Los trabajadores que los localizaron, como debe ser, pidieron instrucciones a sus supervisores, ¿qué hacían con el hallazgo, que por supuesto podía incluso tener un valor arqueológico para la historia saltillense, la pregunta recorrió prontamente la cadena de mando, y la instrucción fue igual de rápida: déjenlo como estaba y pongan el concreto estampado encima… ¡Qué valor histórico ni qué narices!, lo que importaba era darle continuidad a los trabajos, pues había que entregarla en un plazo determinado. A pocos, si es que alguien le importó la mayormente la cuestión.
El adocreto de Flores Tapia duró ¿qué?, unos diez años, antes que se volviera peligroso. El concreto estampado de Montemayor allí sigue, con reparaciones pésimamente realizadas, al más puro estilo mexicano, ¿usted cree que los empleados de Aguas, de Teléfonos, de la Luz, o de donde fuera, traían plantillas, colorante para emparejar el trazo?, claro que no: vil cemento o asfalto, sin rayitas para disimular, nada. ¿resultado? Unos parches horrendos que dejan perfectamente en claro por un lado la clase de empleados que contrata el gobierno, y por otro, que todo no es más que simulación.
Mención aparte merece el “remozamiento” de la Calle de Victoria, durante el sexenio de Humberto Moreira, en que se gastaron varios millones de pesos en pavimentar con piedras con las que pretendieron hacer figuras… sí, que se ven solo de los pisos altos de los edificios que tengan ventana a esa vía, o ande uno en helicóptero, fuera de eso, percibe uno que son de distintos colores, todos apagados, y de que parezcan un sarape… pues por ningún lado. Esta calle, pese a lo fuerte de la inversión, se ha deteriorado mucho más rápido que las que arreglaron los dos gobernadores mencionados.
Y así llegamos a Paseo Capital, el programa de arreglos más modesto de los últimos tiempos, en extensión de metros lineales y cuadrados. Se destinaron 40 millones, más lo que se cuelguen, para volver peatonales tres ¿cuatro? Tramos de la calle Juárez, una cuadrita frente al banco, y Padre Flores, y se acabó. ¿En qué consiste el proyecto, el costoso proyecto?, en poner piedritas en vez del concreto estampado, pero tan separada una de otra, que recuerdan los hoyos en que se transformó el adocreto de tan falseada memoria, pero además lo pegan con vil mezcla de cemento gris, con lo que la obra se ve… gris, vieja, triste. ¿Y usted cree que pusieron la calle a nivel?, por supuesto que no, eso cuesta y cuesta mucho, así que la montaron sobre la que había, creando escalones que se justificarían por el emparejamiento de la calle con la banqueta, que es muy apenas como razón.
¿Qué más?, ah, los macetones y las bancas. Para que vea que nadie piensa que esto sea para siempre o para mucho tiempo, lo que se siembre, usted sabe, para crear “el área verde”, no será en el suelo, olvídese de árboles grandes de sombra, serán allí algunas plantas de ornato en macetones de hojalata que se podrán quitar cuando se necesite. Y las bancas… mejor ni se siente, porque se va a freír, pues son de pura lata pintada de negro. Si hasta parecen hechas para ser nuevas y crueles novatadas de secundarias y preparatorias. Si trae short o falda, el riesgo es de sufrir quemaduras de primero o segundo grado.
Así andamos. Las obras para siempre, allí siguen y permanecerán. Todo lo demás, es puro maquillaje, del más corriente, el que se resquebraja y hay que estar retocando, sin que se quite la impresión de lo viejo y decrépito que hay debajo.
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