Por Horacio Cárdenas Zardoni
Uno de los mantras usados más recurrentemente el sexenio pasado por el mesías tropical y sus secuaces, fue aquel de ‘no somos iguales’, cuando no se lo escuchábamos a Andrés Manuel López Obrador, era alguno de sus empleados, socios, lambiscones, o de manera increíble, convencidos de sus rollos supuestamente humanistas, ninguno de los cuales soportaba la prueba de su exposición a la realidad, todos repetían eso de que eran diferentes, lo cual no era otra cosa que una manera de decir que eran superiores al resto de la clase política mexicana, y por extensión, a todos los ciudadanos de este país, que no comulgaran con la pretendida doctrina de una cuarta transformación, que siete años cumplidos después, sigue sin tener pies ni cabeza, como no sea lo que se les va ocurriendo en el instante, creyendo que por el solo hecho de haberlo ellos dicho, automáticamente se convierte en hecho verdadero.
Muchos son los analistas que han hecho énfasis en un hecho innegable, morenistas no los hay químicamente puros, como organización política tendrán escasos once años, y de haber ‘triunfado’ están celebrando siete años, teniendo toda la intención de quedarse en el poder para siempre, siendo el horizonte mínimo que contempló alguna vez Adán Augusto López, que durarían al menos cincuenta años sin soltar el poder, algo sabría él en ese entonces, cuando era de los del primer círculo de López Obrador.
Y no los hay químicamente puros por el simple hecho de que la inmensa mayoría de los morenistas de hoy, antes fueron perredistas, antes fueron priístas, panistas o militaron en algún otro partido político, de ideología no hablamos, porque en la democracia mexicana se juega con escuditos, membretes y logos de colores, no con ideas organizadas en una plataforma política que la gente pueda adoptar como propia, por reflejar su manera personal de pensar, ver las cosas y sentir.
Entonces es difícil sostener eso de que son diferentes, cuando que ni siquiera son iguales ¡son los mismos!, o provienen de familias y grupos que tenían cierto peso en otros partidos, que ya no les servían como les habían funcionado en tiempos, y ellos son los que quisieron cambiarse, no por diferencias con el partido de origen, sino porque ya no les estaban tomando en cuenta como ellos estaban acostumbrados, o como ellos quisieran.
Pero lamentablemente, cuando se integraron a MORENA no se trajeron las cosas buenas que habían aprendido allá, sino solo las cosas malas, no las cosas difíciles, que hacían que el modelo político funcionara, sino aquellas facilonas, que no exigían un esfuerzo digno de ese nombre.
De entre las cosas que vemos que le están haciendo falta a MORENA en estos tiempos está en primer lugar lo intransigentes y recalcitrantes que son. En eso se parecen mucho, quizá demasiado, al Partido Acción Nacional de toda la vida. El PRI si algo tenía, era una capacidad sorprendente para hacer como que hacía, para dar la impresión de cambios, cuando que el objetivo real de todos sus movimientos era que las cosas permanecieran igual.
Imposible decir que no les funcionó, ellos armaban foros, convocaban a mesas, tenían o tienen un instituto de estudios políticos, creo que ahora lleva el nombre de Luis Donaldo Colosio, el caso es que le echaban mucho cerebro, aparentemente, gastaban mucho dinero y movilizaban enormes recursos para… que todo se quedara igual, esto en el fondo, la apariencia podían usar la que resultara más adecuada a sus fines.
Ejemplo de ese ‘veletismo’ que podríamos decir que tenía el PRI, su capacidad de adaptarse para donde soplara el viento, lo encontramos en un montonal de leyes promovidas en el Poder Legislativo, sea que vinieran del ejecutivo priísta, o a iniciativa de los diputados priístas, que cubrieron todo el expediente, largo, accidentado, para quedar como debían… y al final nunca entraron en vigor.
En efecto, el sistema político mexicano era un instrumento tan bien afinado, que desde que se comenzaba a hablar de una reforma constitucional o de ley, se empezaba también a observar sus posibles impactos, su aceptación o su rechazo. El proceso se podía parar en cualquier momento, ya sabemos cómo, mandándolo a la congeladora legislativa, pero cuando era algo trascendente de veras, se le daba continuidad, pasaba a comisiones, pasaba la pleno, se votaba, se aprobaba… y allí quedaba.
Incluso en casos extremos llegaba hasta a publicarse en el Diario Oficial de la Federación, entrando en vigor. Y todavía había el recurso último de no discutir, ni aprobar ni entrar en vigor las leyes reglamentarias, con lo que todo permanecía como antes, pero eso sí, con una legislación moderna, profunda, impactante, pero sin dientes.
Ahora con lo de la reforma a la Ley de Aguas Nacionales, que ha provocado manifestaciones, descontento, y hasta connatos de enfrentamientos, nos preguntamos si no hubiera salido mejor al régimen, echar mano de la sabiduría priísta de antes, sí cambiar y mejorar la ley, pero saber dónde parar. Las cosas en el país no están en su mejor momento, los rollos no convencen a los afectados, que están muy enojados, y no quieren ceder.
Tampoco se trata de rendirse ante ellos, el gobierno nunca hace eso, pero se guarda mucho de enfrentarse directamente, ¿no quieren la ley?, no hay problema, no la aplico… lo que no quita que esté allí por si acaso. Política le dicen, pero a MORENA se le olvidó esa carpeta cuando migraron desde el PRI
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