Razones
Jorge Fernández Menéndez
Hay días, momentos, que cambian una vida. Hace 50 años no lo sabía, era un jovencísimo dirigente estudiantil en Buenos Aires, pero el golpe militar que asoló Argentina aquel 24 de marzo cambiaría en forma radical mi vida y la de millones. En los meses siguientes viví, como tantos otros, persecuciones, sufrí pérdidas terribles, tuve familiares y amigos presos, muertos, desaparecidos. En julio de 1977 salí al exilio, estuve en Brasil, en Suecia y tres años después, en otro día clave, un 5 de febrero de 1981, llegué a México por 15 días y deslumbrado por el país y su gente llevó aquí, donde me reconstruí paso a paso, 45 años. Todo, la vida, la familia, los amigos, la profesión, se lo debo a mi país, que es México.
Pero aquel golpe militar, brutal, inmisericorde, dejó huellas, cicatrices y enseñanzas. La principal la expresó el fiscal Julio César Strassera, en el juicio contra la junta militar realizado en 1985 (y que se replica magníficamente en la película Argentina, 1985) en su alegato final: “Los argentinos, dijo, hemos tratado de obtener la paz, fundándola en el olvido y fracasamos… Hemos tratado de buscar la paz por vía de la violencia y del exterminio del adversario y fracasamos… A partir de este juicio y de la condena que propugno nos cabe la responsabilidad de fundar una paz basada no en el olvido, sino en la memoria, no en la violencia, sino en la justicia… Señores jueces: quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: ‘nunca más’”.
En los años que siguieron a ese histórico juicio contra la junta militar, contra los represores y los torturadores ha pasado de todo en Argentina y en el mundo. Pero la memoria y la demanda de justicia en ese país ha estado siempre viva. Durante medio siglo el tema no fue objeto de debate, sino de reclamo constante. En la administración de Javier Milei, hay sectores, como el que representa la vicepresidenta Victoria Villarruel, negacionistas de lo sucedido en la dictadura y que piden la liberación de los militares y represores que fueron condenados a cadena perpetua. No se puede ni debe reescribir la historia, se debe aprender de los errores que se cometieron, pero no se puede ignorar la destrucción sistemática, por las vías más crueles, de una parte, de la población de un país.
Poco antes de su muerte estuvimos, en la última entrevista que dio a un medio de comunicación, con el papa Francisco en su residencia de Santa Marta, en el Vaticano. Francisco desarrolló una labor notable en aquellos años de represión en apoyo a muchas víctimas, entre ellas de mi familia, como superior de los jesuitas. Allí, en el pequeño departamento en el que vivía, le recordé que Jorge Luis Borges aseguraba que no se debe hablar de venganzas ni perdones, que el olvido es la única venganza y el único perdón, pero que Milán Kundera afirma que la historia es la lucha de la memoria contra el olvido.
El olvido, el perdón, me dijo Francisco, puede ser algo individual, pero la memoria siempre debe permanecer. Le dije que el perdón es la esencia de la iglesia. Dudó, y me dijo que a veces, para las sociedades, es muy difícil perdonar, que siempre se deben recordar los hechos para no repetirlos.
Hablamos de la importancia del diálogo para acabar con la polarización y con la ignorancia. Francisco nos dijo que él valoraba, por sobre todas las cosas, el diálogo, el intercambio de ideas, la bondad intrínseca de las personas: el diálogo es lo único que puede romper la polarización y por eso es siempre tan importante impulsarlo.
Hablamos también de México, de nuestra polarización y de nuestra violencia. Comenzó recordando cómo crecen esos niños que no tienen nada, que no conocen lo que es el cariño, la ternura, esos niños que cuando se les quiere acariciar responden con un golpe. De esos niños que no saben qué es la ternura, me dijo, es de donde nacen los criminales, los sicarios. Habló del tejido social destruido. Tenía fe en México porque, me dijo, un poco en broma, mucho en serio, que unos mexicanos son católicos y otros son ateos, pero todos son guadalupanos, y ésa es una base de unión. Pidió, por último, que no olvidemos la alegría.
No hay que olvidarla. Medio siglo de aquella tragedia política y social obliga a reflexionar. En México hemos vivido muchas tragedias, pero ninguna desde el fin de la revolución, de la magnitud que significaron los golpes militares que asolaron Argentina, Chile, Uruguay, prácticamente toda Latinoamérica en los años 70 y hasta bien entrados los 80. Hemos tenido gobiernos autoritarios, hechos represivos durísimos, pero no hemos tenido una dictadura ni en las épocas del PRI ni tampoco en el crudo autoritarismo que se impone cada día más en la 4T.
Tampoco tuvimos militares dispuestos a todo con tal de detentar el poder político, económico, social, cultural. Nuestras fuerzas armadas, han sido, afortunadamente, diferentes, por origen y por composición social, de aquellas de los años 70 en el resto del continente. No perdamos esa esencia: quien no lo ha vivido no asimila la magnitud del daño que una dictadura genera, el daño irreparable que introduce en el tejido social.
Debemos conservar la memoria, rechazar el autoritarismo, la polarización, debemos exigir que la justicia sea independiente y para todos. No olvidemos que la polarización, sobre todo la sembrada desde ámbitos del poder, sólo tiene éxito cuando va de la mano de la ignorancia, la mentira, el olvido y la impunidad. No hemos vivido una tragedia como aquella de Argentina hace 50 años; no lo permitamos jamás. © 2025 Imagen – Excélsior. Todos los derechos reservados. El contenido de este sitio y de la edición impresa está protegido por la Ley Federal del Derecho de Autor. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización previa y por escrito. El material de terceros conserva sus propios derechos.
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