Por Horacio Cárdenas Zardoni
Como todo el mundo, hemos visto infinidad de películas, la mayoría de ellas realizadas en los Estados Unidos, por lo que la temática principalmente se refiere a la realidad actual e histórica de aquella nación, de la que nosotros somos, de grado o por fuerza, área de influencia.
De entre todos los géneros de películas que vimos desde la más tierna infancia, en que nos dejaban frente a la televisión prendida, hasta que ya pudimos moverle al selector, todavía no había controles remotos para cambiarle a los canales, tenemos presente uno que nos llamaba mucho la atención, el de las películas del viejo oeste, pero no tanto las de vaqueros, que como sabemos, siempre estaban en eterno pleito con los indios, ahora llamados pueblos originarios, o de los representantes de la ley en lucha contra los bandidos de todas las raleas, incluyendo también a los indios, sino una que podríamos denominar como de los pioneros, a falta de una clasificación mejor.
¿De qué trataban las películas de pioneros?, muy sencillo, reflejando lo que fue una realidad en alguna época de la historia estadounidense, el gobierno ofrecía entregar un número determinado de acres de terreno a las familias que primero llegaran a ese territorio nuevo al que se les estaba invitando a irse a vivir. Típico argumento de película, aunque a lo mejor sí fue así, se organizaban como si fueran carreras, y allí tiene a toda la familia, todos ellos güeritos, papá, mamá y varios escuincles, trepados en una carreta, que iba tirada por caballos o por bueyes, y se lanzaban a toda velocidad… a la que pudieran dar los animales, por caminos donde los hubiera, y en su defecto, a campo traviesa, con tal de hacerse del derecho de reclamar uno de los mejores terrenos de entre los ofrecidos. No se habla de mapas o de croquis, pero se suponía que los mejores campos eran aquellos que estaban al pie de un curso de agua, y que además estuvieran lo más planos posible. Aquello era una competencia descarnada por ganar, aunque luego en las noches las carretas se organizaban en campamentos, las alineaban en forma de círculo para mejor defenderse de los ataques de las tribus de indios, que los veían como amenaza de invasión, lo que realmente eran. La escena final era, no sabíamos si para reírse o llorar, luego de todas las vicisitudes del viaje, enfermos, heridos, muertos, se agarraban a correr por la verde pradera con tal de plantar un banderín con el nombre de la familia, y de allí en adelante todo era felicidad… la felicidad de sobarse de la mañana a la noche tratando de establecerse en un lugar donde no había nada de nada.
Bueno, hasta allí lo del género de películas de pioneros, que sin embargo algo tenía de razón de ser. Los Estados Unidos enfrentaban una realidad incontestable, tenían poca gente, y por otro lado tenían extensiones de tierra inmensas… hoy por hoy lo siguen siendo, y en muchos sitios se mantienen con muy escasa población ¿qué hacer entonces? Pues eso, ofrecer tierras, recursos, exenciones, oportunidades, concesiones, con tal de que la gente se animara a poblar un país que era enorme, haciéndola de desarrolladores, policías, soldados, ingenieros, lo que hiciera menester, y lo hicieron.
Mucho nos llamaba la atención que en medio de la gran nada del campo estadounidense, de repente se encontraba uno con empresas de grandes dimensiones. Agrícolas, químicas, mineras, de energía, del tipo que fuera, llegan y se instalan allí, pasando a ser el polo de atracción de los escasos habitantes del área, quienes encuentran trabajo fijo, un ingreso que no lograrían en otra actividad individual. Ya luego las regiones comienzan a crecer, pero manteniendo el modelo de la gran dispersión entre asentamientos humanos. Y es así como los Estados Unidos, país inmenso en extensión, se ha vuelto también grande en lo económico, cubriendo todo el territorio con empresas, y ahora hasta universidades, ubicadas en medio de la nada.
Eso que vemos en las películas, es sin embargo, el modelo estrictamente opuesto a como se han venido dando las cosas en México. Nosotros, a lo mejor por haber sido conquistados por europeos, y por europeos no innovadores, sino más bien tradicionalistas, vivimos apiñados en ciudades grandes, medias y pequeñas en las que, digamos, encontramos todos los satisfactores, mientras que en el área rural, todo es escasez.
No se si es por gusto o por costumbre, o por falta de ganas de examinar otras posibilidades, el caso es que vivimos los mexicanos en sitios abigarrados, en los que sí, hay mucha gente, muchas cosas que hacer y comprar, todo concentrado en un espacio limitado, al que queremos sacarle todo el jugo posible.
Hablando específicamente de Coahuila, si no nos equivocamos, el tercer estado más grande del país en extensión, con más de 151 mil kilómetros cuadrados, tiene una densidad poblacional de 21 habitantes por kilómetro cuadrado. Ah, pero a los coahuilenses nos gusta vivir en las ciudades, o ya de perdida en pueblos, no nos gusta demasiado el campo, el 80% vive en las primeras y solo 20% en el segundo, lo que inclina el indicador de densidad para tener amplísimas extensiones de territorio solas, y ciudades que sin bien no son de las más pobladas del país, sí de repente parecen asfixiantes.
En los últimos años se ha querido dar una orientación distinta a lo que siempre había sido la forma de vida de los coahuilenses, en casas unifamiliares, de un piso o dos cuando mucho, partiendo de que si algo hay en Coahuila es espacio, ahora se quiere cambiar a un modelo en el que lo que se privilegie es la vivienda vertical, aumentando la densidad poblacional ¿hasta qué punto?, hasta donde aguante. Obvio, los interesados no son necesariamente los propios coahuilenses, sino los desarrolladores de vivienda, a quienes les es más barato construir departamentos, que casas, por modestas que sean estas y por lujosos que sean aquellos.
Ahora que se ha dado a conocer que quieren hacer unos condominios verticales en Parras de la Fuente, afectando un predio en el que hay sembrados alrededor de ciento cincuenta nogales, para acabarla, en las inmediaciones del santo Madero, se nos ocurre preguntarnos, ¿ese es el modelo de desarrollo que más nos gusta, ojo, no más conviene, más nos agrada a los coahuilenses? Por muchas o pocas generaciones de su familia que hayan vivido aquí, algún apego ha de tener a la tierra debajo de los pies, a los espacios abiertos, a no tener que subir más que las escaleras indispensables, ¿edificios?, ¿condominios?, tierra que finalmente no es suya, sino de los condóminos, con los que hay que convivir a fuerzas.
Lo de Parras es desagradable, que hagan los departamentos que quieran, pero entre los nogales, aquí hay experiencias muy exitosas a imitar, antes veía uno puestas de sol o amaneceres, pájaros, murciélagos, el cielo, ahora un edificio que a lo mejor causa envidias, pero más desagrado. Antes la carrera era por la tierra, y la gente se dejaba el pellejo por ella, ¿ahora?, un hueco entre los de arriba, los de abajo, los de los lados, y no grite porque se quejan y le plantan una denuncia…
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
