Ciudad de México, 08/01/26 (Más).- Desde que Nicolás Maduro asumió la presidencia de Venezuela en 2013, México se ha convertido en un territorio cada vez más hostil para miles de ciudadanos venezolanos que huyen de la crisis política, económica y social de su país.
De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Migración (INM), más de 700 mil personas de esa nacionalidad han sido detenidas en territorio mexicano durante su tránsito irregular hacia Estados Unidos, un fenómeno migratorio que se intensificó a partir de 2021 y que alcanzó su punto más alto entre 2022 y 2024.
Según un reportaje del portal Animal Político, el 97% de las detenciones de venezolanos en México durante los últimos doce años ocurrió en ese periodo. Solo en 2024 se registraron 361 mil 203 detenciones, la cifra más alta hasta la fecha. Este pico coincide con el proceso electoral presidencial en Venezuela celebrado el 28 de julio de ese año, en el que el Consejo Nacional Electoral (CNE), bajo control del régimen chavista, declaró vencedor a Nicolás Maduro con un cuestionado 51.2% de los votos, frente al 44.2% obtenido por el opositor Edmundo González Urrutia. Los resultados fueron rechazados por partidos opositores y observadores independientes, que denunciaron la ausencia de garantías democráticas.
En contraste, las detenciones de migrantes venezolanos descendieron abruptamente en 2025 a 20 mil 973 casos, lo que representa una caída del 94%. Esta reducción coincide con la llegada de Donald Trump a una segunda presidencia en Estados Unidos y la puesta en marcha de una política migratoria más restrictiva.
A partir del 20 de enero de ese año, su gobierno canceló el programa CBP One y reforzó los operativos de detención mediante la agencia ICE, lo que provocó que muchas personas indocumentadas abandonaran voluntariamente territorio estadounidense por miedo a ser deportadas, fenómeno que ha sido descrito como una migración a la inversa.
El endurecimiento de las políticas migratorias en Estados Unidos y la represión creciente en Venezuela empujaron a miles de personas –en su mayoría jóvenes y familias– a transitar por México sin documentos, exponiéndose a detenciones masivas, abusos y deportaciones. Esto convirtió a México no solo en una vía de paso, sino en un verdadero cuello de botella migratorio, donde se concentran los efectos colaterales de una crisis que se originó al sur del continente.
El artículo también resalta que, aunque en 2013 apenas se detuvieron a 85 venezolanos en tránsito por México, en 2024 la cifra se multiplicó más de 4 mil veces. Este crecimiento se enmarca en una crisis migratoria regional provocada por la represión política del régimen de Maduro, la persecución de líderes opositores como María Corina Machado y Edmundo González, la censura a medios de comunicación, la criminalización de la protesta y un colapso económico sostenido.
En ese contexto, el éxodo venezolano alcanzó cifras alarmantes: se estima que más de 8 millones de personas han abandonado el país en la última década. México, lejos de ofrecer refugio o alternativas de protección, ha respondido con operativos de detención sistemáticos. Mientras tanto, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) no ha hecho públicos los datos de asilo otorgados a venezolanos, alegando que sus bases de datos están en proceso de actualización.
Las historias individuales detrás de estas cifras reflejan trayectorias de dolor, violencia y resistencia. Animal Político documentó en 2023 el caso de Guadalupe, una joven madre venezolana de 26 años, quien relató su travesía a través del Tapón del Darién –una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo– hasta llegar al municipio de Huehuetoca, en el Estado de México. Guadalupe viajó con su hija y un bebé, enfrentando lluvias, hambre, cadáveres en la selva y el miedo constante a morir. A pesar de haber sobrevivido al Darién, México representó para ella otro infierno: una espera incierta y el riesgo constante de ser deportada.
Otras voces narran experiencias similares. Michel Alejandro, de 24 años, detenido en México y posteriormente refugiado en Honduras, aseguró que “México me arrebató el sueño americano. Me agarraron como si fuera un delincuente, con un montón de soldados apuntándome con armas largas”. Otro migrante declaró que en México “te ponen a caminar para que tú mismo te regreses a tu país”.
Estas vivencias reflejan cómo la migración venezolana ha dejado de ser una decisión voluntaria y se ha convertido en una estrategia de supervivencia. A medida que las opciones legales de regularización y refugio se cierran en México y en Estados Unidos, las personas migrantes se ven empujadas a rutas cada vez más peligrosas, en un contexto de criminalización, estigmatización y abandono institucional.
A pesar del endurecimiento de las fronteras y de las políticas de disuasión migratoria, el flujo de venezolanos no cesa. La conexión directa con la ruta del Tapón del Darién –puerta de entrada desde Sudamérica– y la falta de mecanismos efectivos de protección humanitaria en México agravan una crisis que aún no encuentra una respuesta regional coordinada.
Mientras tanto, las cifras siguen creciendo, los caminos se hacen más riesgosos y México continúa reforzando su papel como muro de contención para cientos de miles de personas que huyen de una dictadura, pero que en su paso por territorio mexicano solo encuentran detención, rechazo y una nueva forma de exclusión.
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