Por Enrique Abasolo
El tal Marx Arriaga resultó ser el discípulo más aventajado del lopezobradorismo, el alumno sobresaliente, el pupilo más distinguido de toda su generación y el único realmente digno de continuar con el valioso legado que se les infundió por vía ósea.
Es casi una pena que el tiempo de las corcholatas haya quedado tan atrás en nuestro trepidante calendario político, que de haberse destacado Arriaga, como hizo por estos días recientes, nuestro viejo y sabio Tata AMLO, en su infalible criterio, habría despojado a la delfina ungida del fálico tótem, el Bastón de Mando, para entregárselo sin reservas a un aprendiz verdaderamente merecedor de tal honor y encomienda.
¡Y querían contentarlo con una embajadita o consulado pinche!
Si alguien debería ser hoy el titular del Ejecutivo, Comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, anfitrión de las Mañaneras, Espada del Augurio, Rosa Mística, Casa de Oro, Símbolo de la Unidad de nuestros padres y nuestros hermanos, es sin duda el camarada Arriaga.
No exagero: nadie como él aplicó los principios y fundamentos del movimiento tan apegado al manual y tan fiel al ejemplo del Altísimo de Macuspana.
Es cierto que a Arriaga Navarro le quisieron aplicar su dosis de 4T, desechándolo cuando les resultó prescindible y ofreciéndole un premio de consolación.
Pero estaban tratando con el mejor Padawan del mero mero de los Jedi, y éste les reviró con la mejor lección de morenismo que jamás recibirán en su cuatritransformada existencia.
Respondiéndose a la pregunta: ¿Qué habría hecho AMLO en mi lugar? Arriaga recordó aquella elección de 2006 en la que el resultado le fue desfavorable al Mesías de los afligidos. Éste, en vez de retirarse con dignidad y reconocer su derrota (no, amigo chairo, no ganó), se amachó.
Inició lo que hoy conocemos como el Plantón de Reforma, una ocupación de 47 días de la principal avenida capitalina. Una protesta pacífica que, sin embargo, costó millones en pérdidas para los comerciantes del centro de la CDMX.
El Estado mexicano cayó en esa zona gris de su habitual ambigüedad, prefiriendo respetar el derecho de los manifestantes que proteger el derecho del resto de los ciudadanos frente a un bloqueo de las vías de tránsito y comunicación. Privilegiando la libre expresión de los inconformes no por buena ondez, sino porque ningún gobierno quiere asumir el impopular costo de ejercer su legítimo uso de “La Fuerza” (hablando de los Jedi) en contra de una causa popular, aunque sea antagónica.
Así que el Gobierno, rehén de la corrección y de la civilidad, respetó el plantón entre el 30 de julio y el 15 de septiembre (supongo que, previo a la celebración del Grito, fueron convencidos “por las buenas” de que desalojaran o de lo contrario el Ejército les iba a desfilar por encima).
El 6 de septiembre, sin embargo, el Tribunal Electoral ratificó a Felipe Calderón como el próximo Presidente de México, tras lo cual AMLOVE lanzó una máxima que para muchos fue su rompimiento con la legalidad: “¡Al diablo con sus instituciones!”, refiriéndose al INE, al TEPJF y al gobierno en general.
Más tarde, se sacó una jugada maestra, criticada por muchos, aplaudida por otros, aunque seguramente no concebida por esa blanca cabecita que, más que de algodón, resultó ser de pura piedra.
El 20 de noviembre de ese mismo año juró en el Zócalo como Presidente Legítimo de México, una chorada para la cual se confeccionó una banda presidencial pirata y se armó un gabinetazo (patito también) con puras luminarias.
Tanto el plantón como su “presidencia legítima” fueron la plataforma para consolidarse como líder político y para terminar de dar forma a su movimiento, a la postre el narcopartido hegemónico de hoy.
El ABC del caudillo es muy elemental:
A) ¡Plántate, apoltrónate, ánclate…! ¡Que te muevan, si pueden! ¡Que te saquen por la fuerza, si es que se atreven!
Ocupa ese espacio, aunque no sea tuyo, aunque lo tenga que usar el resto de los mexicanos. Ni modo, tu causa es primero. Nunca lo olvides: tus derechos e ideología están por encima de los de los demás. ¿Que existen vías legales para dirimir tu conflicto? Vamos al siguiente punto:
B) Manda al diablo las instituciones, las vías legales, los canales adecuados. Desconócelos, capaz que fallan en tu contra. ¡No, señor! Se trata de imponerte por vía de la fuerza, de la resistencia y de la heroica renuencia a bañarse.
Acusa a todos de traición, de traición a la patria o al movimiento. Se infiere automáticamente que, por oposición, tú permaneces leal a los principios y a los ideales.
C) Erígete como el auténtico defensor de los intereses del pueblo y como el único capacitado para dicha tarea. Con esa autoridad tú puedes llamarte legítimo y así cualquier otro que venga a reemplazarte será un espurio.
Funda tu propio partido, tu propia secretaría, tu propio gobierno, tu propio país. Mientras más gente te siga la corriente, mejor, pero con 50 gatos que convenzas basta y sobra para ser un dolor de cabeza para las instituciones reales.
El buen Marx Arriaga siguió al dedillo el manualillo del caudillo.
Se plantó en sus oficinas pese a que se le comunicó que su presencia ya no era más requerida en el área en la cual tuvimos la desgracia de padecerlo, y allí se atrincheró cuatro o cinco días (todavía deben estar quemando pachulí e inciensos para que se vaya el olor a chairo sin duchar de casi una semana).
Luego acusó al titular de Educación Pública y a la misma Presidenta de la República de traicionar los principios y el legado del camarada AMLO, y aseguró que no es que le tuviera mucho amor al hueso, sino que los infames bodrios de texto que él diseñó (90 por ciento doctrina, 10 por ciento conocimiento) eran como sus hijos y que no iba a permitir que les movieran una sola coma.
Finalmente, convocó a “refundar la SEP” (¡¿?!) con juegos de azar y mujerzuelas y con él como secretario legítimo, me supongo.
Es por ello que Arriaga encarna los más altos valores del movimiento: necedad, berrinche y nula tolerancia a la frustración, habiendo aplicado como nadie las enseñanzas de su mentor, guía y su profeta: se plantó, acusó y se erigió a sí mismo como única autoridad verdadera, legítima, emanada del pueblo.
¿Hay algo más AMLO que eso?
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