Los Weekend. El fin de semana perdido del Obispo Rangel Mendoza

Por Enrique Abasolo

Quizás la Iglesia Católica atraviese por su peor momento histórico.

La revelación de los abusos sexuales cometidos por sus ministros alrededor del mundo (especialmente los casos de pederastia), sobre los cuales Juan Pablo II y sucesores fueron más bien blandengues cuando no de plano encubridores, manchó para siempre a la institución religiosa.

La figura del sacerdote perdió su aire de santidad y ahora se les percibe más bien como aberrados, pues hay que estar muy loco para renunciar a una de las exigencias más apremiantes de la naturaleza y finalmente encontrar el desahogo en actos abominables contra gente inocente.

Si sumamos lo anterior al hecho de que hoy, como en ninguna otra época de la humanidad, tenemos más respuestas, conocimientos y recursos a nuestra disposición para solventar nuestras dudas y nuestras crisis, es bien poco lo que un sacerdote realmente puede hacer por el individuo promedio.

No es psicólogo (ni psiquiatra mucho menos); no tiene credenciales como consejero matrimonial o de pareja (ni se supone que posea ninguna experiencia en el tema); no es sexólogo. A lo sumo es una especie de filósofo con un área de pensamiento muy acotada por los márgenes de su propia fe.

Quiero decir con todo esto que aunque siguen siendo relevante en zonas geográficas muy específicas, la investidura sacerdotal no deja de perder prestigio y autoridad en una cuesta abajo que muy probablemente se prolongue hasta su desaparición o su más completa y total transformación.

Los “curitas”, de figuras destacadas de la comunidad, pasaron a ser percibidos como un chiste, un gag cómico, un meme, casi invariablemente de índole depravada.

Yo no tengo problema con esto, el sacerdocio como gremio se ganó a pulso tal reputación, dada su falta de aseo, de transparencia y de medidas disciplinarias en su jerarquía.

Pero en lo individual es otra cosa. La reputación colectiva no puede ser un elemento que pese en nuestro juicio sobre uno de sus miembros y mucho menos en el juicio de la autoridad.

Las redes sociales y medios diversos se están cebando con el caso del Obispo Emérito de Chilpancingo, Salvador Rangel Mendoza.

Y aunque no podría meter las manos en el fuego por nadie -menos por un ministro religioso-, sí me parece que le debemos el beneficio de la duda y algunos aspectos a considerar:

La alarma tras su desaparición quedó reducida a chiste de redes y comentario humorístico porque, ¡mire que reaparecer intoxicado, desvalijado y en un motel, en posesión de estupefacientes, juguetes sexuales y medicamento para la disfunción eréctil!

Se hizo correr la versión de que, previo a su desaparición de tres días, se le vio entrar a un motel de paso en compañía de otro hombre.

Tras un fin de semana de excesos el Obispo guerrerense habría reaparecido en el hospital recuperándose de la madre de todas las resacas, con lo que la autoridad del Estado de Morelos en donde ocurrieron los hechos (Gobernador y Fiscal del Estado) se sacuden de toda responsabilidad.

Se establece la narrativa implícita de que Rangel Mendoza es un viejo juerguista aficionado a las encerronas, cocainómano, muy probablemente homosexual y con un vigor amatorio disminuido aunque bien apoyado por la farmacología.

Cualquier alegato, demanda, o reclamo de justicia por parte del Obispo Emérito, ante el posible secuestro del cual fue víctima, será siempre desacreditado, primero por la autoridad y luego por la opinión pública.

“Sólo se trata de otro cura depravado que busca justificarse porque su última bacanal se salió de control y acabó mal”.

Pudiera ser. Dentro del abanico de posibilidades, desde luego que esa posibilidad tiene cabida. No sería, ya le digo, ni el primero ni el último sacerdote aficionado a los placeres de la carne (y no, no estoy hablando de comer en la churrasquería).

Pero yo advierto algunas señales de alerta que me hacen poner en reserva la versión del curita reventado. Concretamente tres cosas me vuelven difícil aceptar esta versión:

Primero están las inconsistencias de la Fiscalía, que afirma tener evidencia de que el obispo ingresó acompañado al motel, pero no ha establecido cuánto tiempo permaneció allí, ni quién lo encontró, ni siquiera la hora del supuesto ingreso por su propio pie. Incluso, el relato oficial afirmaba que la Cruz Roja habría trasladado al intoxicado sacerdote al nosocomio, pero la Benemérita institución ya negó que ninguna de sus unidades o elementos haya estado involucrados en dicho traslado. Por lo que, sin mucho esfuerzo, huele a montaje por parte del Gobierno del Estado de Morelos.

Ello, aunado a la insistencia de que sepamos que el cura estaba en posesión de unas pastillas de Sildenafil (Viagra), parece un acto demasiado deliberado para tratar de pintarnos al sacerdote como un libertino tratando de victimizarse.

Mi segunda sospecha es de índole estrictamente personal: Vamos a suponer que en efecto, el Obispo Rangel Mendoza es un consumado pachanguero y, sobre todo, un fornicador en serie.

¿En serio su mejor opción es visitar un motelucho de mala muerte? ¿No tiene con sus años y recursos otras mejores y más discretas locaciones donde celebrar sus encuentros carnales? Ahora bien: Tratándose de un hombre casi octogenario aficionado a las sustancias ilícitas, ¿me van a decir que a sus 78 años no ha aprendido a controlarla? ¿Que se pone hasta la madre como si fuera un chamaco de 20 años?

Yo ya no me pongo como en mis tiempos de estudiante porque me dan miedo las crudas… Pero un anciano consume todo tipo de drogas como rockstar hasta perder conocimiento de sí durante tres días. Como ya dijimos, es posible, desde luego, pero mi intuición me dice que no es el escenario más plausible.

Por último, no olvidemos que el Obispo Rangel Mendoza entró a la larga lista de gente incómoda para la 4T, luego de exhibir la incapacidad del Gobierno Federal para pacificar la zona de Guerrero. El obispo en retiro trató personalmente de mediar entre las bandas criminales, dialogando con sus cabecillas, a lo que el Presidente López Obrador afirmó no verle nada de objetable, lo que le generó un aluvión de críticas.

Desde entonces, el sacerdote afirmó temer por su vida y por su seguridad.

Vaya que es fácil hacer chistes sobre un curita que reaparece tras un fin de semana de incertidumbre, en condiciones deplorables, como si hubiera cometido toda clase de excesos. Pero para que el chiste funcione, deben despejarse primerotodas las dudas sobre el caso, de lo contrario, sólo es hacerle el caldo gordo a la narrativa de este Gobierno, avivando el fuego en el que busca quemar vivo a quienes lo cuestionan y así el chiste pierde toda su gracia.


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