Por Marco Campos Mena
Muchos ya anticipaban lo que ocurriría con la llegada de Morena al poder. El problema nunca fue la sorpresa, sino el descaro. No sorprendió el rumbo; sorprendió la falta absoluta de congruencia y la naturalidad con la que hoy se ejerce el poder bajo un discurso que prometía exactamente lo contrario.
Esta mañana escuché una frase que resume con crudeza lo que vive el país: “No fracasó la Revolución, fracasaron los revolucionarios”. México sigue necesitando un cambio profundo que impulse una nueva cultura de trabajo, responsabilidad y desarrollo. Lo que hemos visto, sin embargo, no es la transformación prometida, sino la repetición de los peores vicios del pasado, ahora justificados en nombre de la esperanza.
Los nuevos caudillos (muchos de ellos formados en el viejo sistema que hoy dicen repudiar) construyeron su poder vendiendo esperanza. Y la esperanza, cuando se convierte en consigna política, es una herramienta peligrosa: hace que la gente soporte abusos, defienda contradicciones y tolere fracasos evidentes, aun cuando los resultados no impacten positivamente su vida cotidiana. La verdad suele llegar tarde, cuando el daño ya está hecho.
¿Qué podía esperarse de un movimiento integrado en gran medida por cuadros provenientes del priismo más cuestionado? Decir que son “diferentes” resulta, cuando menos, paradójico. Diferentes, ¿de quiénes?, ¿de ellos mismos? La incongruencia es difícil de reconocer cuando se mira la realidad con la venda de la fe política.
Durante el primer año del gobierno de López Obrador se vivió una euforia alimentada por la idea de cambio. Se celebraba la demolición de la infraestructura del pasado sin detenerse a analizar qué se estaba destruyendo realmente. Con el tiempo, quedó claro que no se desmontaban privilegios, sino capacidades institucionales y competitividad, para sustituirlas por un nuevo andamiaje de alianzas políticas, liderazgos clientelares y control de masas.
En ese sentido, quizá Morena tenga razón cuando afirma que no es igual a sus antecesores. Basta recordar una respuesta de Enrique Peña Nieto cuando se le cuestionó sobre los ataques y burlas que recibía en redes sociales: reconoció que no estaba para agradar a todos, pero que su responsabilidad era cumplir los objetivos por los cuales había sido electo. El contraste con el régimen actual es evidente: hoy se responde con descalificación, ataque, victimización, censura y, en algunos casos, intimidación abierta incluso contra ciudadanos comunes que expresan su inconformidad. En efecto, no son iguales.
Uno de los temas que más peso tiene hoy entre ciudadanos cada vez mejor informados es la congruencia entre el discurso y los hechos. Casos como el del senador Gerardo Fernández Noroña (quien nunca fue electo directamente por el voto popular) ilustran esta contradicción. Desde una posición de poder, se exhibe una vida de privilegios y excesos mientras se ataca o amenaza a quienes se atreven a cuestionarla. La percepción pública es inevitable: el discurso de austeridad no aplica para todos.
A esto se suman otros episodios que refuerzan la misma narrativa. Exhibiciones de lujos injustificables, viajes excesivos, gastos desproporcionados y expresiones de abierto cinismo frente a una población que enfrenta carencias reales. Incluso desde el propio oficialismo han surgido señalamientos, lo que confirma que el problema no es una crítica externa, sino una realidad incómoda.
Particularmente grave resulta el mensaje que se ha enviado en materia de seguridad. Declaraciones que minimizan el impacto del crimen organizado, el rechazo a apoyos internacionales y frases que sugieren una normalización de estas estructuras como parte de la economía nacional generan una lectura peligrosa. Más allá de la intención, el mensaje implícito es devastador para un país que ha pagado con vidas el costo de la violencia.
Quisiera decir que aún queda algo por descubrir, pero la realidad es que la verdadera cara ya ha sido mostrada. No porque haya sido ocultada, sino porque durante años se negó sistemáticamente, se justificó y se culpó al pasado para sostener una narrativa que hoy se cae por su propio peso.
Lo más lamentable es que dentro del movimiento existen personas valiosas que, cuando intentan corregir o señalar lo que está mal, son rápidamente marginadas o silenciadas. El problema no es que Morena haya cambiado; el problema es que muchos se resisten a aceptar que nunca fue lo que prometió ser.
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