Por Enrique Abasolo
En los últimos años, meses e incluso días, he sufrido más pérdidas de las que pensé que podría soportar.
Entre amigos, parentela y familia he visto mi mundo achicarse a una tasa desoladora.
Pero de toda esa gente y criaturas amadas, ninguna ha partido de mi vida de manera tan estúpida como aquellas que escogieron alejarse por diferencias “políticas” o “ideológicas”: Esas que decidieron poner distancia sólo porque mi criterio periodístico (que antes celebraban, por cierto) me indica, basado en evidencia, que el “nuevo régimen”, la llamada Cuatro-Te, nos sigue estafando, robando, saqueando y sangrando en la misma medida y proporción en que solía hacer el mejor PRI (o sea, el peor). Son esas que aseguran todo lo contrario, que la Cuarta Transformación hasta peca de honesta y bienintencionada, que cualquier falla, omisión o fracaso está dentro del rango de la normalidad y que el estado catastrófico de las cosas es consecuencia de una vieja dictadura de partido, al tiempo que celebran que se instaure otra igual compuesta básicamente por la misma gente de la anterior.
De alguna manera (y sólo pasa en su cerebro), acusar corrupción y negligencia en el lopezobradorato significa celebrar al viejo régimen, aplaudir el salinato, la imbecilidad de Fox, la imprudencia criminal de Calderón.
¿Y sabe qué? Sí que extraño al viejo PRI (o si prefiere, al PRIÁN).
Al menos entonces todos los mexicanos teníamos bien identificado al enemigo y celebrabamos al periodismo que exhibía la miserias del régimen, a los organismo que obligaban al gobierno a transparentarse, las conquistas en derechos civiles como la autonomía del órgano electoral que antes de su ciudadanización dependía de ¡la Segob! (Dirección: Enrique Segob-iano… ¡Ay, qué mamón! Ya sé).
Al menos entonces teníamos una causa común y nadie (excepto los zánganos que vivían directamente de su relación con el gobierno, cualquiera que fuese, de cualquier partido, orden o nivel), nadie lo defendía. El ciudadano promedio, en cambio, estaba siempre receloso, en guardia, a la defensiva.
En mala hora, ya le digo, llegó el embaucador que ha convencido a sus votantes de que la corrupción no ocurre más en el gobierno; que la actividad criminal está bajo control (y que la militarización, pese a ser la estrategia de los últimos cuatro sexenios, es la mejor manera de combatirla); que las obras ejecutadas eran necesarias y son paradigma de transparencia administrativa y de que la forma correcta de paliar la pobreza y la desigualdad es repartiendo dinero en programas sociales dudosamente estructurados y sin objetivos claros (como no sean electorales).
Como dijo el gato: “No, pos… ¡Miau!”.
Si alguien con quien solía usted tener una cálida relación ahora le trata con gélida cortesía, o de plano ya se agarraron a mentadas de madre, ¡pues qué se le va a hacer! Es triste, pero hay que aceptar cuando una idea sectaria nos secuestra a un ser querido. Ni modo que le hagamos una intervención.
Pero no tendría qué ser así. Por muy amplia que fuese la brecha ideológica entre los pro-gobierno y la oposición, deberían existir puntos de convergencia, reclamos en común, algún débito que ambas partes echen en falta. Y si no los hay, sólo hay dos posibles explicaciones: O este gobierno es perfecto (y un grupo de resentidos se niega a reconocerlo); o bien, este gobierno es tan falible y corrompible como el que más, pero sus entusiastas están indoctrinados.
¿Qué le suena más plausible? ¿El gobierno perfecto? ¡Ya, claro! ¡Desde luego que sí!
Lo cierto es que estoy francamente cansado de seguir perdiendo gente por una cuestión tan estúpida y es consecuencia de la merolico-cracia por la que votamos en 2018.
Le juro que no veo la hora de que el viejo sea relevado por la doctora Ivermectina.
Por más que digan que es ella el fruto de su dedazo, que es su marioneta, que es la calca, que el bastón de mando es un bastón de comando, estoy seguro -porque la Historia nos lo ha enseñado así- que eventualmente se tendrá que dar el divorcio entre este gobierno y el sucesor.
Y por más que uno y otra defiendan la misma agenda, finalmente la gobernante entrante (¿o quieren que diga “la gobernanta entranta”, aliades?)… La gobernante entrante, decía, tendrá que buscar su propio estilo, herramientas y tácticas de persuasión, negociación, conciliación y comunicación.
Y eso de contrapuntear a los distintos sectores, pues le sale bien al viejo porque es un demagogo populista consumado. Pero a la doctora no necesariamente. Y es que no supo ella construirse un personaje político a lo “amlito”; y cuando lo trata de imitar es francamente patética.
Ojalá Sheinbaum prescinda de las tácticas de encantador (que no domina) y ya, con que sea institucional, parca, gris, burocrática, aburrida, me conformo. Con tal de que no siga avivando enconos entre las diferentes clases y sectores del país. Entiendo que echar mano de esta herramienta es tentador, pero tiene un costo demasiado alto en nuestra calidad de vida.
Yo puedo entender que un gobierno impulse una agenda política que me disgusta y hasta me da miedo (son los riesgos de la democracia). Pero otros seis años de un cabrón (o cabrona) calentándole la cabeza a la gente, podrían ser demasiados para México.
Para mí al menos, sí lo serían, con toda seguridad.
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