por Horacio Cárdenas Zardoni
Lo hemos venido comentando a lo largo de los últimos años, y nos da la impresión de que será tema de interés de las generaciones por venir, si es que tienen la opción de hablar sobre eso y sobre cualquier cosa, y sobre todo, la de incidir en el devenir de su sociedad, que muy probablemente ya no será la nuestra, el mundo solía ser muy grande, y se ha tornado chiquito.
De vez en cuando nos caen en las benditas redes sociales imágenes y hasta videos de cómo era, hablando en específico, la ciudad de México. Oiga, aquellas imágenes de lo que era el Paseo de la Reforma, antes Paseo de la Emperatriz nos dejan con el ojo cuadrado, aquello era algo verdaderamente espectacular. El trazo no ha cambiado mayormente, o bueno, lo que sabemos, es que el trazo original se ha mantenido, desde el Bosque de Chapultepec, y lo que es todavía el Castillo del mismo nombre, donde vivía el emperador Maximiliano y su esposa Carlota, hasta Avenida Juárez, eso en cuanto a la longitud, y en cuanto al ancho, siguen los mismos dos cuerpos de tránsito, más sus dos laterales de dos carriles adicionales. Las proporciones eran literalmente majestuosas, para una época en la que buena parte de la ciudad de México era terreno deshabitado, y aun así, se proyectó como algo grandioso.
Luego habrá venido la prolongación del ahora llamado Paseo de la Reforma hasta cruzar el periférico y subir hacia las Lomas de Chapultepec, desde donde todavía se siguió más y más, hasta convertirse en lo que era la primera carretera a Toluca. En el sentido contrario, Chava Flores da cuenta de la ampliación de la avenida en su chacotera canción Vino la Reforma a Peralvillo, que en una de sus estrofas pone las cosas en su justa dimensión, al decir Ora sí mamón, ya sabrás lo que es bolillo… Y no es que aquel lado de Reforma se parezca a Las Lomas, o a la parte de Chapultepec, creo que nunca fue esa la intención, acá es más la parte de vialidad la que importaba, una vialidad que había crecido ya bastante respecto de la del imperio, el porfiriato la revolución y después.
Reforma era un lugar para desfiles, para paseos de los elegantes, ahora ya no lo es, por la cantidad de vehículos que circulan por ella a todas horas. Si acaso los domingos recupera algo su antiguo esplendor, con la ruta recreativa, pues se cierra el tránsito de automotores, para dejárselo a los ciudadanos de a pie, de bicicleta, patín o patines cuando mucho.
Toda proporción guardada, cuando se construyeron los bulevares en la ciudad de Saltillo, en la administración de Oscar Flores Tapia, igual, las avenidas eran un auténtico lujo para recorrerlas para arriba y para abajo incontables ocasiones, y así por años y años. Nazario Ortiz, Jesús Valdés Sánchez, Antonio Cárdenas, Venustiano Carranza, fueron vialidades innovadoras, sobradas, sobradísimas para el volumen de tráfico de la época, los años setenta, como más de un siglo antes lo fue Reforma para los habitantes de la capital del país. La gente se preguntaba ¿para qué tanto? Saltillo no necesita avenidas tan amplias, es un desperdicio de dinero, y mire lo que son las cosas: cincuenta años después, esas mismas avenidas, a las que se les han tenido que hacer adecuaciones para mejorar la circulación, están saturadas hasta el borde del colapso.
Un ejemplo adicional, por si hiciera falta. El aeropuerto internacional de la Ciudad de México, que antes se llamaba Benito Juárez y ahora se obvia el nombre vaya a saber usted porqué razones. Ir al aeropuerto a tomar un avión, a recibir un pasajero o a lo que fuera, era un auténtico paseo, aquello era una pasarela de gente bien vestida y mejor peinada, los espacios eran amplísimos, y mire que luego ha sufrido adecuaciones que quizá tripliquen o cuadripliquen la capacidad que en su momento conocimos, no era raro encontrarse con políticos, gente importante, artistas, todo el que era alguien pasaba tarde o temprano por el AICM. ¿hoy?, hoy el aeropuerto es una romería, citando otra vez a Chava Flores con su otra canción, aquella del Metro: Aquí no admiten guajolotes, Ni tamarindos, zopilotes, Ni huacales con elotes, Ni costales con carbón… y ahora parece cualquier central camionera: no hay sillones o sillas para sentarse, no hay baños suficientes, ve a la gente tirada en el piso esperando tomar su vuelo, eso en un mar de humanidad.
Todo esto nos lleva a reflexionar, no la simplona de decir que todo tiempo pasado fue mejor, o que estábamos mejor antes con ese o con aquel, sino a contemplar que hace no demasiados años, se creaba infraestructura con unas dimensiones muy superiores a las actuales, que cuando se construía el Metro, o el Museo de Antropología, o lo que fuera, se pensaba que los seres humanos tenían que sentirse pequeños ante el tamaño, si no la majestuosidad de las obras que realizaba el gobierno. Hoy las dimensiones son mucho más estrechas y chaparras, o será que simplemente somos cada vez más seres humanos, o que se hace insostenible seguir pensando en aquellas estructuras tan grandes, que si se tuvieran que reproducir para la cantidad que somos actualmente, simplemente no cabrían en el mundo.
¿Será esto cierto?, algo debe haber, en cuanto que las casas que uno puede comprar se han ido reduciendo de tamaño, los terrenos mismos que promueven los fraccionadores se han ido encogiendo, hoy nos venden como privanzas de clase alta lo que antes no hubiera logrado pasar de hogares de clase media, media, con muchos trabajos y por una cantidad proporcional de dinero mucho más elevada.
Las nuevas generaciones no vivieron lo que las anteriores, hablando de obviedades, no conocieron esa grandiosidad de ver la plaza de armas de la ciudad de México tan grande que en los amaneceres con neblina parecía no tener otro lado. Lo que nos está definiendo en estos tiempos, y más lo hará en el futuro cercano, es la carencia de espacios suficientes, ya no hablemos de privacidad, sino siquiera de sitios donde uno pueda estar sólo y en paz.
Cada vez más estamos obligados a una incomodidad colectiva, por el simple hecho de que no parece haber espacio para todos. Los gobiernos ni los particulares procuran proveer espacio para todos, y no que no haya miles de kilómetros de despoblado a nuestro alrededor, es que ya a nadie se le ocurre pensar en grandes dimensiones. Salvo que cambien las cosas, que nos hagamos menos, o que regresemos a una mentalidad como la anterior, estaremos en sitios más abigarrados, compartiendo incomodidades de todo tipo, a las que al parecer nos hemos acostumbrado, si no por otra cosa, por no haber conocido otro estado de cosas más humano, más a nuestro gusto.
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