Lejos del centro turístico y de los barrios acomodados de Madrid, en una de las zonas más empobrecidas y peligrosas de la ciudad, este lugar se levanta como un refugio improvisado para migrantes latinoamericanos que llegan sin papeles ni recursos. Fundada por Roselin, una colombiana de 62 años, esta pensión sin registro oficial ni presencia en internet se ha convertido en un punto de llegada para quienes buscan empezar de nuevo
Redacción Más
Enclavada entre el polvo, las chabolas y los clanes del narcomenudeo de la Cañada Real, Casa Mariano es una pensión de bajo costo que se ha convertido en refugio para migrantes latinoamericanos recién llegados a España. Dirigida por Roselin –una mujer colombiana de 62 años a quien todos conocen como Ros–, el sitio funciona como restaurante y hospedaje, aunque su presencia no figure en Google ni en mapas digitales. Aun así, quienes llegan desde el aeropuerto de Barajas saben exactamente cómo llegar. Allí encuentran cobijo, trabajo informal, y una comunidad de compatriotas que comparten la misma búsqueda: empezar de nuevo.
La historia fue relatada por el El País, que documentó cómo esta pequeña pensión se ha transformado en un microcosmos latinoamericano incrustado en una de las zonas más empobrecidas y conflictivas de la capital española. Casa Mariano se ubica muy cerca del epicentro donde viven los clanes de la droga que fueron desplazados de Las Barranquillas, y que hoy controlan buena parte de la Cañada Real.
A pesar de su entorno adverso, el lugar ha ganado fama entre migrantes que, alertados por iglesias evangélicas o por el boca a boca, llegan a sus puertas sin saber que están a escasos metros de uno de los focos más delicados de exclusión social en Europa.
Roselin fundó el sitio junto a su esposo, Mariano, un español con quien montó en su momento un restaurante de carretera para camioneros. La bonanza duró poco: al crecer el asentamiento ilegal de la Cañada y llegar los clanes narcos como Los Gordos o Los Kikos, su entorno cambió radicalmente. Aun así, decidieron quedarse. Con la pandemia de 2020, la crisis se agudizó y Ros, motivada por su hermana evangélica, comenzó a acoger migrantes latinoamericanos que no podían pagar un alquiler en Madrid. Así nació la nueva versión de Casa Mariano: una pensión comunitaria, con habitaciones por 250 euros mensuales, donde los huéspedes comparten techo, experiencias y también miedos.
Los residentes son principalmente mujeres solas con hijos, trabajadores informales y adultos mayores. Catherine, una madre colombiana de 30 años, llegó en enero con sus dos hijas. “Esto no era lo esperado. Es horrible donde estamos”, recuerda sobre su primer día en Casa Mariano. Hoy, sus hijas están escolarizadas y ella trabaja por las tardes en el bar del lugar; por las madrugadas ofrece servicios de belleza a mujeres gitanas de las chabolas. “Viven de noche y duermen de día”, cuenta, acostumbrada ya a un ritmo ajeno a su antigua vida en Colombia.
La vida en Casa Mariano se divide en dos espacios, separados por barrotes: una zona para los clientes del bar –habitualmente los clanes locales o sus emisarios– y otra para los residentes latinos.

Los robos han obligado a reforzar las divisiones internas, y Ros no se fía de nadie que no pague por adelantado. La clientela habitual se reduce a politoxicómanos que, con el dinero exacto, acuden a comprar comida que luego reparten a las familias narcos como muestra de lealtad.
Miriam Ordóñez, una venezolana de 68 años, vive en la planta superior con sus dos hijos. Llegaron en 2022 y desde entonces no han podido mudarse. “Hemos arrancado desde el barro”, afirma Miriam, quien apenas sale sola de la vivienda. Sus días transcurren entre el Evangelio de Mateo y la compañía de un gato callejero llamado Don Gambino. Ros es su único vínculo con el exterior: la lleva al médico y a hacer la compra. “Acá dentro estamos bien acogidos. Nos relacionamos solo entre nosotros y así conservamos las costumbres, los festejos”, explica, aunque confiesa que hace poco su ventana fue apedreada por adolescentes del barrio.
Otro huésped, José Villamizar Cacúa, de 39 años, exmilitar colombiano, sobrevive gracias a trabajos temporales en la construcción. En ocasiones, afirma, vuelve sin haber cobrado un euro. Los días que está desempleado se sienta en la zona de huéspedes y vigila, silencioso, el otro lado de los barrotes. Con ojos que, dice, “ya no le temen a nada”, observa cómo confluyen los dos mundos de Casa Mariano: el de la comunidad migrante que se aferra a una nueva vida, y el de una realidad marginal y peligrosa que los rodea.
A las 15:15 horas, cuando las hijas de Catherine regresan del colegio, la casa cobra vida. Pero no todo es armonía. Entre discusiones con niños de la zona –como Isaac y Rafa, de apenas 9 y 10 años, que consumen marihuana y piden comida gratis– Catherine impone límites. “Conmigo no jueguen, no les tolero una falta de respeto”, les dice antes de expulsarlos. Luego, los niños regresan arrepentidos. “Es un vicio, Catherine. No podemos parar”, le dice uno. “¿Y dónde están sus papás?”, pregunta ella, sabiendo que la respuesta está en las sombras de la Cañada.
El acceso a Casa Mariano solo es posible a través del autobús 339, el único que conecta Madrid con este poblado marginal. Más allá del último paradero del transporte, el paisaje se transforma: hogueras, oscuridad, y figuras errantes entre chabolas y calles sin alumbrado. La electricidad, cortada desde octubre de 2020 en muchas zonas de la Cañada, aún es un problema. Casa Mariano cuenta con conexión legal, pero los cortes nocturnos son frecuentes.
En medio de este entorno, Ros mantiene a flote un lugar que, aunque parezca improbable, representa una red de apoyo para quienes llegan con poco más que una maleta y la esperanza de una vida mejor. “Aquí se quedan hasta que consiguen los papeles”, dice, mientras la lista de nuevos huéspedes no deja de crecer. Casa Mariano no es un refugio cualquiera. Es, para muchos, la primera prueba de que Europa no era como la soñaban, pero también el primer peldaño hacia un porvenir posible.
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