ENRIQUE ABASOLO
Si está empeñado en sumar su opinión a los cientos, tal vez miles, de millones que ya se han vertido en redes sociales con respecto al conflicto Rusia – Ucrania (creo que debería ser más bien Ucrania – Rusia, porque los ucranianos juegan de local) le conmino, le exhorto y le invito a que sea especialmente cuidadoso de no externar una rotunda babosada.
Sé bien que el ciudadano promedio publica 3.7 estupideces todos los días en alguna de las diferentes plataformas cibernéticas en que interactuamos, así que en una primera instancia mi llamado a la prudencia puede parecerle absurdo: ¿Por qué, si diariamente vomitamos sandeces como para cubrir la superficie del planeta, tenemos que ser esta vez cautos con lo que expresamos?
Mucho me temo que este evento marca un verdadero parteaguas en la geopolítica. Quizás sea Putin el último gran dictador expansionista de la Historia (y por “gran” aludo a los alcances de sus acciones, no a su estatura moral desde luego).
Creo que independientemente de la resulta de su campaña, don Vladimir está destinado a ocupar un lugar entre los más ignominiosos y sanguinarios tiranos de todos los tiempos y sí, adivinó usted, ocupando un sitio junto al señor alemán del bigotito chistoso.
Y muy a propósito del Tío Adolph recordé que, en el apogeo del Tercer Reich, hubo un selecto grupo de mexicanos que miraban con buenos ojos las travesuras del Führer.
Quizás haya una nutrida lista de nombres que no nos dicen nada, pero entre los connacionales que simpatizaban con las políticas y acciones del nazismo, se destaca al muy celebrado José Vasconcelos, al político y militar Juan Andreu Almazán y -para sorpresa de nadie- a algunos miembros fundadores de Acción Nacional.
¡Momento! No estoy sugiriendo que estos u otros mexicanos que entonces se sintieron afines al régimen nazi hayan celebrado el Holocausto (aunque tampoco ha de haber faltado el malparido que sí). Sólo creo que en su debido momento y sin contar con toda la información, se identificaron con el discurso y política híper nacionalistas de don ‘Gustavo’ Adolfo Hitler, y ello con el paso del tiempo se convierte, de peccata minuta a mácula mayúscula, pues la Historia le adosó al nazismo un hedor inigualable tras conocerse las atrocidades y la magnitud del exterminio.
Así que, si no quiere acabar, al cabo de unas pocas décadas, como un vergonzoso secreto familiar, le sugiero que se la piense muy bien y varias veces antes de salir en defensa de las acciones del señor Putin.
Si no lo hace por todo lo que es bueno y decente, por el imperio de la razón y la cordura, hágalo entonces por preservar su decoro. No defienda a Putin, que tampoco es como que se lo vaya a venir a agradecer, créame.
Hay apenas un manojo de cuatro o cinco argumentos con que algunos trasnochados que se creen “únicos y detergentes” esgrimen una paliducha apología de la invasión rusa a la vecina Ucrania (o sea, vecina de Rusia, no de nosotros) y ninguna soporta el más leve peso de la argumentación.
Rusia y su oligarquía están perdidas (¡perdidas, perdidas), independientemente de que se anexen Ucrania con una mano en la cintura y otra en el botón rojo.
Y es que, pese a que las amenazas de orden económico y comercial parecen ridículas frente al avance de tropas, tanques y fuerza aérea, están realmente haciendo toda la diferencia.
Sí, Rusia puede quizás apoderarse de Ucrania y de sus riquezas (ucranianas aparte), pero comercialmente aislados, vetados de la comunidad internacional y francamente apestados a nivel mundial, será muy difícil que los rusos puedan ejercer dicha riqueza, como una analogía política del mito del Rey Midas quien finalmente sucumbió de inanición.
En opinión de algunos analistas serios, los actuales eventos podrían redefinir los conflictos a gran escala, pues están poniendo en evidencia la obsolescencia de la guerra, al menos la de las guerras de esta índole y magnitud.
Y todos esos pesimistas que siempre han plañido por la supuesta incompetencia de la ONU o la futilidad de la Comunidad Europea, hoy pueden atestiguar que si bien, no son capaces de impedir en un momento dado que un loco inicie una conflagración, sí han trabajado para que en el mundo actual carezca de sentido el tomar una región sin razones legítimas.
Los rusos se apoderan de Ucrania sin encontrar apenas resistencia, pero afrontará sanciones económicas y comerciales catastróficas. “De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si no puede ni ver Netflix”, piensa un Putin muy encabronado en su despacho en el Kremlin.
Comunicaciones, interacciones bancarias, movilidad aérea, Rusia está sitiada con las armas más efectivas del siglo 21 y eso es para celebrarse. Punto para la globalización.
Hacemos votos porque la frustración de don Vladimir no haga eco de sus palabras, de que un mundo sin su añorada Gran Rusia de vuelta, carece de sentido y no merece existir.
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