Por Enrique Abasolo
Las falacias del populismo son muy seductoras y difíciles de desmentir, como que apelan al razonamiento simplista de la muchedumbre y a la pueril ignorancia de la colectividad.
Hay toda una colección de mentiras recurrentes en el manual del líder populista y casi todas plantean un escenario en el que el pueblo es una entidad homogénea, virtuosa y sabia.
¡El pueblo manda! Es una de las mentiras primordiales populistas.
Pero lo cierto es que el pueblo tiene limitadas facultades para nombrar representantes y para promover algunas iniciativas que considere necesarias para mejorar la forma en que vivimos. Pero no es como que pueda decidir sobre cada acción o decisión en un gobierno, por más que un mandatario asegure o quiera genuinamente acatar la voluntad popular.
Los países, por citar algo, están adheridos a acuerdos internacionales que los obligan a respetar ciertos principios. Así que por más soberanía que aleguemos y por masiva que fuese una petición popular, hay decisiones que son imposibles de ejecutar.
El pueblo siempre tiene la razón. ¡Mentira podrida! Aunque ésta es de las favoritas del señor guapachoso que habita el Palacio, está demostrado que el pueblo una y otra vez no se cansa de cagarla. Estamos en un proceso interminable de prueba y error y la elección de ciertos gobernantes -nombre usted aquí al que peor le caiga- es una prueba irrefutable de que infalibilidad no es precisamente lo que mejor define a una sociedad… a ninguna
Otra falacia: “Hay un enemigo común responsable de todas las desgracias del pueblo…” Los inmigrantes, los neoliberales, los judíos… A la hora de señalar culpables del estado de las cosas, cualquier minoría es buena.
Pero hay algunas mentiras muy específicas y recurrentes dado nuestro contexto nacional y me gustaría hoy analizar una en concreto:
“Los funcionarios ganan mucho”.
¿Ganan en verdad mucho nuestros funcionarios y servidores, gobernantes y representantes? Bueno, eso realmente no está en función de la cifra impresa en su cheque, sino en función de su capacidad, desempeño y resultados.
Aunque bien es sabido que desde el poder hay quienes se despachan con la cuchara del “no hay mañana”, en realidad la nómina no es el gran problema de nuestras instituciones, sino su pobre desempeño, muchas veces derivado de la incompetencia a cualquier nivel.
Y ese es el quid de todo el asunto: No es el costo de nuestros funcionarios, sino la relación costo-beneficio que deriva de su salario vs. su desempeño y/o capacidad.
¿Sería deseable abatir los sueldos de nuestros servidores públicos?
Sólo hasta cierto punto, pues el servicio público debe resultar lo bastante atractivo para atraer a lo mejor de la demanda del mercado laboral.
Un gobierno, en teoría, necesita contar con el mejor ingeniero, el mejor economista, el mejor docente. Y tiene que remunerarles efectivamente como a lo mejores o estos buscarán al empleador que le ofrezca lo que su preparación vale, ya sea en el País o en el extranjero y ello es perfectamente legítimo.
Ninguna eminencia estaría obligada a ser infravalorado por amor a la Patria. La bolsa laboral del Estado tiene que competir en el mercado como la de cualquier otra organización. Y salarios mediocres sólo garantizan resultados mediocres. Y es cierto que los súper salarios no han dado resultados correspondientes, pero es debido a los problemas inherentes a la corrupción y eso no se discute.
Pero lo cierto es que bajar los emolumentos de la plantilla burocrática de un gobierno deficiente, quizás los ponga en correspondencia con sus resultados, pero no resuelve nada. Es decir, no contribuye a eficientar el desempeño de nuestros servidores y dependencias. Sólo abarata la ineficiencia.
¿Entonces? ¿Seguimos consintiendo los megasueldazos de funcionarios y representantes hasta que un día los embargue la vergüenza y se pongan a trabajar?
Aunque es obvio que tendríamos que manejar algunos casos oprobiosos por aparte y con pinzas; y que es bueno contar con topes salariales en el servicio público, dicho servicio público tiene que ser muy competitivo y hasta atractivo para que los mejores perfiles tengan interés en desempeñarse en alguna dependencia gubernamental. Y nuevamente: el problema está en los resultados que obtenemos, no son los salarios lo que deberíamos estar discutiendo realmente.
Pero de allí que es uno de los grandes hitos de la demagogia el enardecer al pueblo con la nómina del Estado y exhibir “lo que ganan”, cuando el meollo es “lo que a cambio nos dan”.
Es mucho más fácil y efectivo plantear el asunto de manera cuantitativa, anunciando un recorte de la nómina (que todo el vulgo va a aplaudir), en lugar de ofrecer mejores resultados, que es mucho más complejo de alcanzar y de demostrar.
Como analogía: Si estábamos comprando baratijas a sobreprecio, no es ningún logro que ahora nos den las baratijas a un precio módico, porque no requerimos baratijas sino artículos de calidad. Comprar baratijas siempre será caro, por económicas que sean.
Y de baratijas hablando, uno de los primeros pronunciamientos y alardes vociferados por la gestión de López Obrador, fue la reducción de su salario y prestaciones como Presidente con respecto a sus predecesores, lo que habría de servir como tope para cualquier otro funcionario público de cualquier rango o esfera de competencia en su gestión.
Muy bien, eso siempre provoca una reacción muy positiva en el electorado, pues se le percibe como un hombre sencillo, sin ambiciones mezquinas.
Y vamos a suponer, vamos a concederle que su salario, prestaciones y la nómina de su gabinete es la más esbelta de la historia; obviemos los privilegios inherentes al puesto e ignoremos que maneja a discreción el presupuesto de la economía 16 del mundo y que tiene varias partidas secretas multimillonarias sobre las que ni siquiera está obligado a rendir cuentas.
¿Qué nos da AMLO a cambio de un sueldo tan modesto que piensa incluso -según su propia declaración- solicitar su pensión del ISSSTE?
Pues, de acuerdo con los filtrajes de Guacamaya, que dejaron al descubierto las bitácoras del Ejército y, en sintonía con la percepción generalizada de un sector de la población extrañadísimo porque al Mandatario rara vez se le ve haciendo algo, como no sea largar sandeces en su cada vez más vacuo show matinal: Nada.
Bien poca cosa, básicamente nada, es lo que López Obrador devuelve a esta nación a cambio de cualesquiera que sea la cantidad de dinero, neto o bruto, que perciba por ceñirse una imaginaria corona como Rey de México.
Documentado está que en los días hábiles madruga en efecto para sostener reunión con el Gabinete de Seguridad, antes de encaminarse al Estudio C de Palacio Nacional para llevar de costa a costa y de frontera a frontera, su programa matinal.
Et c’est fini… o, como decimos en buen mexicano: ¡Y Sansechingó!
No es que no lo veamos hacer nada, más allá de una visita de compromiso a Badiraguato; de placer a Nayarit, o algún anodino corte de listón. Es que los registros de la propia milicia que por Seguridad Nacional tienen que ubicar al Presidente en tiempo y lugar cada minuto de su gestión, no reportan actividad cual ninguna.
Por más que le duela a la chairiza, es un hecho consumado que AMLO sencillamente no hace nada, porque está extraviado en un cargo que lo rebasa; porque es un perezoso silvestre de la selva tabasqueña, acostumbrado a largas siestas de hamaca. Lo discutiremos luego quizás.
El hecho consumado sin embargo es que la actividad del Presidente es nula siendo que -como ya dijimos en otro momento-, hasta un alcalde de pueblo mágico tiene su agenda al tope de sol a sol. Pero no el Mandatario de la Nación quien sólo tiene de fijo dos eventos diarios: Uno de seguridad y otro de comunicación, mismos cuyos resultados son tan deplorables que se anulan por sí solos.
Madrugar a diario parece un buen hábito de productividad, pero es totalmente baladí si se ocupa ese tiempo en meras ocurrencias.
Y caro, AMLO nos sale además carísimo en la relación costo beneficio. Y no importaría que se le pagase el salario mínimo o cobrase sólo cinco pesitos. La gestión de AMLO está resultando la más onerosa para el País, no importa que en su perorata de falacias demagógicas no se canse de repetir que el problema es “lo que cobran los funcionarios”.
Pagar por un saco lleno de nada, es siempre un mal negocio, ya sea que paguemos mucho o que nos digan que está a precio de ganga.
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