ENRIQUE ABASOLO
A mí no se me da muy bien lo de celebrar mis cumpleaños.
No es el tema de la edad lo que me inhibe, como siempre digo, lo único peor que cumplir años es no cumplirlos ya. Es sólo que me agobia mucho recibir demasiada atención en un mismo día, por eso mantengo la fecha en reserva tanto como me es posible.
Tampoco es mamonería. Agradezco las muestras de cariño y afecto, pero luego es muy arduo responder todas y cada una de estas como se merece.
Pero, sobre todo, los cumpleaños me parecen reverendamente ociosos; es la ocasión perfecta para felicitar a alguien por haber hecho nada en absoluto, nada meritorio o digno de ese júbilo desmesurado. De hecho, usted sólo tiene que sentarse a esperar como ostra 364 días para que, una vez transcurridos, su gente cercana al menos le llame para decirle que lo quiere y quizás hasta le lleven un obsequio o le horneen un pastel.
Pero hay una cumpleañera que sí piensa celebrarse a lo grande, con un evento masivo lleno de luz, sonido y fritanga, como le gusta a nuestra Prima Donna tabasqueña.
La Cuarta Transformación, esa excusa de régimen de risa y de terror que ha reinventado con mucha malevolencia y escasa imaginación los viejos vicios de los regímenes anteriores (de los que se supone nos venía a rescatar), celebrará tres añitos, tres, de haber hecho absoluta-pinches-mente nada.
Tres años de nadería total, tres años de la más completa ausencia del más pálido atisbo del más tímido de los logros, tres años de un vacío gubernamental sin precedentes, y vamos que hemos tenido sexenios anodinos.
Pero AMLO necesita, como el aire que respira, dos cosas: garnachas y aclamación popular. Es por eso que como candidato era perfecto y como presidente es una desgracia que piensa que gobernar es darles continuidad a sus 18 años de proselitismo.
Y es por ello también que el siguiente gran evento marcado en su agenda es la celebración de su ascenso al ejecutivo trono como jefe de la Nación, por lo que ha invitado a “el pueblo bueno” (exclusivamente sus bienquerientes) a que lo aplaudan, lo vitoreen y le hagan sentir el cariño que tan desesperadamente necesita inyectarse de manera periódica, sin riesgo de perecer.
La invitación es para una congragación masiva en el Zócalo capitalino y la consigna será sin duda abarrotarlo. ¿Qué le caben? ¿Cien, doscientas mil almas? ¡Usted muy bien, don AMLO! Claro, no es como que se haya declarado el fin de la pandemia, ni nada por el estilo. De hecho, la comunidad científica está preocupada por una nueva variante y los especialistas se temen un repunte de contagios que podría ir de moderado a muy cabrón.
¿Y qué previsiones tomó AMLO al respecto? ¿Decidió ya vacunar a los niños? ¿Ordenó una tercera dosis para los grupos vulnerables, al menos? ¿Implementó ya de perdis protocolos para una nueva normalidad razonable que permita llevar a cabo actividades no estrictamente esenciales, para que la economía y los ánimos respiren? No, lo que hizo fue declarar algo así como que “OJALÁ no nos golpease la cuarta ola”, como dejándoselo a la suerte.
¡Y fiesta! ¡Sí, señor, cómo de que no! ¡Fiesta a tope y hasta que ruede la calavera! ¡Fondo, fondo, fondo, fondo…! ¡Nos vemos en el Zócalo!
Con todo lo grave, lo absurdamente irresponsable y lo incongruente que resulta este proceder de nuestro Mr. Magoo tropical, concerniente a los más delicados asuntos de salud pública, en realidad quería yo hablar de otro aspecto de su gestión manejado de igual forma con las macuspanas nalgas que ya le caracterizan.
Como ya hemos dicho, AMLO no tiene un proyecto de nación, lo que tiene es un proyecto político. Quiere instaurar un partido de estado que controle todo y, siendo él el gran único activo de dicho partido, la figura en torno a la cuál se adhiere toda su militancia y feligresía, tendría garantizado así el ejercicio del poder más allá de su sexenio y lo que la vida le alcance.
Pero ese es un proyecto costoso – ¡qué digo costoso! -. costosísimo. El clientelismo no es barato y menos en la escala a la que AMLO lo quiere practicar. Por eso el cierre de fideicomisos y programas; la anulación de estímulos fiscales, la cancelación de proyectos y la precarización de sistemas completos como el de salud que están seriamente comprometidos por la “política de austeridad” del presidente, quien no busca erradicar la corrupción sino tener control absoluto y discrecional de cada peso de las arcas nacionales.
Luego entonces la recaudación fiscal es harto importante para la visión amloísta. Tan es así que uno de los legados de esta administración será tener a todos los mexicanos mayores de 18 años -tengan ingresos o no- fichados en el registro federal de contribuyentes (porque hoy son unos mocosos sin oficio ni beneficio, pero mañana pueden ganar algunos pesitos y hay que gravarlos para la causa).
AMLO incluso ha hecho un clásico de su administración el otorgar el perdón a algunos delincuentes de alto perfil, en tanto restauren el daño que hayan hecho al patrimonio.
Pero, pero, pero… Muy ad hoc también con el estilo de nuestro mandatario con ansias de quinceañera, es el que sus cuates no se midan por el mismo rasero.
Epigmenio Ibarra, por ejemplo, uno de los grandes apologistas del Peje, ha sido beneficiado con créditos de hasta 150 millones de pesos para su casa productora Argos. Y en otra liga, pero en la misma línea, John Ackerman, ideólogo de la 4T se embolsa cinco milloncitos del conacyt para hacer “investigación”.
Le cuento todo lo anterior como antecedente al hecho de que el SAT (que está en plan perrísimo con los ciudadanos de a pie) condonó recientemente al empresario y senador coahuilense, Armando Guadiana, un adeudo de 2.6 millones de pesos en puras multas.
Sé que 2.6 millones de pesos son poco menos que quitarle un bigote al viejo rico de esta polvorienta entidad, pero no deja de ser toda una lindura como evidencia sobre el criterio de justicia y legalidad de la 4T.
Guadiana ni siquiera le valió una discreta mención a AMLO en sus inmamables peroratas matutinas cuando el coahuilense salió embarrado en los Pandora Papers, y es que si algo hay que reconocerle a nuestro presidente es su lealtad con los amigos. “¡Con los compadres no!”, parece decir AMLO. Y menos cuando fueron tan leales durante la campaña que condujo a su tabasqueña eminencia a la Presidencia.
Protección a todos los que participaron en la “polla presidencial” fue lo mismo que brindó EPN a todos los que se sumaron a su causa con millones de dudosa procedencia.
Es el mismo cobijo que López Obrador le está procurando a sus más leales y cercanos amigos, aunque AMLO es totalmente incapaz de reconocerse en el espejo de la corrupción, lo que es grave y digno de azoro, aunque ya no debería extrañarnos en absoluto, como tampoco su asesina irresponsabilidad invitando a todos los mexicanos al Zócalo a celebrar la fiesta de su enfermizo ego.
