LA DESESPERACIÓN DE UN POLICÍA


Por Horacio Cárdenas Zardoni

La escena es una de esas que uno quisiera olvidar, o todavía mejor aún, una que preferiría no haber visto. Ya ve como somos de morbosos los mexicanos, no sabemos si es condición igual para todos los seres humanos, pero a los habitantes de este país se nos da particularmente mal eso de respetar el dolor ajeno. Y si para colmo se dedica uno al oficio, siempre interesante pero no de lo más edificante del periodismo, se siente uno que está preparado para todo y para lo que sea, que al fin de cuentas nuestra coraza de experiencia, de trancazos, de ver, de oír, de compartir, nos hacen inmunes a todo, pero resulta que no es así, ni de lejos.
La escena fue más o menos esta, totalmente casual que nos hay tocado estar en ese sitio en ese instante en particular, y no media hora después que todo hubiera ocurrido ya, o peor, cuatro minutos antes, en que en vez de meros observadores haciéndonos los fuertes, nos hubiera tocado ser participantes involuntarios, o hasta víctimas. Había un tráfico del cocol en el periférico Luis Echeverría, lo normal, aquellos puentes que Humberto Moreira vaticinó que tendrían una vida útil de veinte años, se acercan a su mayoría de edad, completamente saturados en horas pico, pero no era el congestionamiento de siempre, había algo fuera de lugar.
A lo lejos, precisamente debajo del puente de La Lechera, se veían las luces de una o varias patrullas, lo que anticipaba que sí, había ocurrido un accidente. Los conductores del carril “de baja” se iban incorporando al carril central para librar el primer vehículo, una camioneta a la que no se le veían golpes ni aparente descompostura, y cuyo propietario estaba haciendo señas, a falta de más personal policiaco, que estaban más adelante. Y allí fue donde ni cómo evitar voltear a ver lo que estaba sucediendo en ese instante.
Un hombre, delgado, aparentemente joven, estaba intentando ponerse en pie, el asfalto estaba cubierto de su propia sangre, demasiada sangre, que lo hacía resbalar, o sería que la gravedad de sus lesiones en la cabeza le impedían recuperar el equilibrio.
Entre tanto dos elementos de la policía municipal, con la desesperación pintada en la cara, intentaban convencer al herido de que guardara la calma, que se recostara en el pavimento, sabedores que cualquier movimiento en esas circunstancias puede resultar en un innecesario agravamiento de su estado de salud, y en cambio el mantenerse en calma es un principio de la indispensable estabilización que permita comenzar el tratamiento.
Como el resto de los que pasábamos por allí, comenzamos a tratar de explicar lo ocurrido, no había una motocicleta a la vista, que nos hiciera pensar en un atropellamiento, cabía la posibilidad de que hubiera caído de alguna camioneta en movimiento, ya ve que a pesar de estar prohibido, cientos de personas viajan a diario en la caja de las camionetas y en las plataformas de camiones de redilas, comenzando por personal del ayuntamiento, que así los llevan a todos lados donde van a laborar ese día, pero no había ningún otro vehículo aparte del que abanderaba y las patrullas, así que la alternativa es que hubiera caído o se hubiera lanzado desde arriba del puente, que fue lo que confirmaron luego testigos del hecho, que infortunadamente terminó con el fallecimiento de quien cometió un acto de suicidio, mientras era trasladado al hospital.
Lo que nos interesa a nosotros resaltar es la labor casi imposible que tenían a su cargo los agentes policiacos. A lo largo de nuestra vida hemos tenido oportunidad de ver a cientos, quizá miles de policías, en las situaciones más diversas, desde las más aburridas hasta las más peligrosas para su vida y la de otra gente, hemos visto policías asustados y hemos visto policías cínicos, que son la mayoría, hemos conocido policías “quemados” que no soportan un solo día más en el trabajo y son un riesgo para sí mismos, y otros que se sienten invencibles al grado de la estupidez, pero no recordamos haber visto en todos esos años la cara de desesperación de un policía que luchaba por evitar que la vida se le escapara al cuerpo de alguien que quizá en una reacción inconsciente, estaba apegándose a su vida, ni más ni menos que aquella contra la que acababa de atentar.
¿Tocar a un herido que sangraba con una profusión de espanto?, ¿y si tenía SIDA, hepatitis o alguna otra enfermedad que viaja por el flujo sanguíneo?, ¿dejar que se levantara cuando tal vez tuviera fracturada una pierna, o peor, la columna, solo para que cayera y se lesionara todavía más de lo que ya estaba?, ¿contenerlo en el carril que estaba cerrado, por si trataba de lanzarse al paso de otro vehículo, o simplemente huir? Y entre tanto decenas de curiosos que desde dentro de sus vehículos presenciaban algunos horrorizados, otros sarcásticos, otros deprimidos, uno que otro afectado, pero solo uno se había detenido a auxiliar, y solo con el abanderamiento.
Ser policía no es fácil en ningún sitio del mundo. Serlo en la ciudad que presume la estadística del INEGI de ser la capital más segura del país, lo es todavía menos, cualquier cosa que hagan puede contribuir a que la percepción ciudadana varíe y nos mande al sótano de la comparación de las ciudades en las que se puede vivir y en las que apenas y con trabajos se puede sobrevivir.
Los policías en Saltillo este año, y el anterior, y el anterior, han auxiliado a mujeres parturientas en una proporción realmente extraña, si hasta pareciera que aquí en Saltillo se esperan hasta el último, último minuto que les alcanza apenas para llegar a la estación de bomberos, o a pararse donde ven una patrulla, el último caso el domingo durante la ruta recreativa, en que no parió, pero sí le tuvieron que abrir camino en las calles cerradas para llevarla al Seguro 2. Esa es la parte bonita, difícil, desafiante, pero satisfactoria, afortunadamente les han tocado puros partos normales, que si no… pero está la parte fea, la de los suicidios que no pudieron evitar, la de los suicidas que no pudieron salvar.
¿qué preparación se da, qué formación necesita, qué actitud debe de tener un policía de Saltillo, o para el caso, de Coahuila y de México? Y la pregunta ¿la reciben?, aun con las mejores intenciones, es casi imposible prever todo lo que puede ocurrir en un turno de trabajo.
No sabemos cómo haya llegado el policía, los policías que atendieron este suicidio, a sus respectivas casas, qué le hayan dicho a sus parejas, a sus padres, a sus hijos, cómo estén manejando una situación que, ni modo, es lo que les tocó atender, pero de que para esa desesperación de que se les muera sin poder meter la mano, no los prepara nadie, de eso estamos seguros, y que esto no los dañe, tampoco eso lo podemos dar por un hecho.
Es la vida, es el servicio, y a seguirle dando.


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