Por Francisco Ortiz Pinchetti
La imagen es, por decir lo menos, un monumento a la capitulación ideológica. Ahí está ella, la presidenta de México, sonriente y triunfal, levantando entre sus manos la Copa del Mundo de la FIFA. Pero el trofeo dorado es apenas un accesorio en la composición fotográfica; lo que realmente llena el encuadre, lo que sirve de fondo ineludible y triunfante, es el logotipo de Coca-Cola: ese rojo encendido con letras blancas que hoy parece ser el verdadero color oficial de la transformación.
Es la escena de la victoria definitiva del mercado sobre el púlpito.
Y es que no hay nada más flexible en este país que la congruencia de la autollamada Cuarta Transformación. Especialmente cuando se trata de burbujas, azúcar y el color oscuro. Hemos pasado siete, ocho años escuchando una letanía casi religiosa, un exorcismo nacional contra la refresquera de Atlanta. Que si es “veneno embotellado”, que si sirve para desmanchar rines y monedas, que si es la culpable única de que México sea un cementerio de diabéticos. Pero ah, cómo cambian las cosas cuando hay una pelota de por medio y, sobre todo, cuando los dólares aceitan la maquinaria del “bienestar”.
Para entender este romance de conveniencia, hay que precisar los tiempos de la entrega. El primer gran hito ocurrió el pasado 26 de febrero, cuando el mandamás global de la compañía, Henrique Braun, presidente de Desarrollo Internacional de Coca-Cola, entró a Palacio Nacional no para ser reprendido por la crisis de salud pública que a sus aguas negras se ha atribuido, sino para anunciar ante el júbilo presidencial una inversión de tres mil millones de dólares en nuestro país.
Lo que antes era “alimentación tóxica” ahora es, por arte de magia financiera, “motor de crecimiento”. El milagro de la 4T: convertir el jarabe de alta fructosa en bálsamo para la economía nacional.
Pero el clímax del surrealismo cinematográfico estaba reservado para la mañanera de este martes 3 de marzo. En este segundo acto, Roberto Mercadé, presidente de Coca-Cola México, presentó formalmente el trofeo que se disputará próximamente. Fue ahí donde la presidenta, flanqueada por la marca que su propio gobierno etiqueta como un riesgo para la infancia, posó para la posteridad. El mismo bienestar que se erosiona con cada trago de ese líquido oscuro se convirtió en una fiesta de hospitalidad futbolera.
La contradicción se mete hasta la cocina, literalmente. Gracias a una puntual información del portal Libre en el Sur, basada en reportes de Emeequis, sabemos que la austeridad republicana y el purismo sanitario se detienen justo en la puerta de la despensa presidencial: el 18 de agosto de 2025, la Oficina de la Presidencia adquirió un millar de latas del refresco que refresca en grande por 15 mil 750 pesos más IVA.
Lo amargo es que el contrato se firmó apenas un día antes de lanzarse una campaña nacional contra las bebidas azucaradas. Es la esquizofrenia del poder: te receto el impuesto aumentado y el sello de “exceso de azúcares”, pero pásame una lata bien fría para la reunión de gabinete.
La propia Claudia Sheinbaum Pardo ha sido pieza clave en este doble discurso. Apenas en enero de 2026, defendía el aumento al IEPS a los refrescos embotellados asegurando que el objetivo era “proteger la salud de las y los mexicanos2. Sin embargo, la firmeza se ablanda ante los anuncios de inversión y el brillo de la Copa. El negocio, al parecer, sólo está por encima de la salud cuando trae muchos ceros a la derecha… y una foto frente al logo rojo y blanco.
La realidad científica, sin embargo, es devastadora. De acuerdo con el estudio publicado en febrero de 2025 en la revista Nature Medicine, recogido hace unos días por Alejandro Calvillo en SinEmbargo, el consumo de estas bebidas en México provoca cada año 169 mil 425 nuevos casos de diabetes. Es decir, el producto que más daño hace a la salud es el que hoy recibe las llaves de la ciudad y el abrazo presidencial.
Recordemos al doctor Hugo López-Gatell, ese adalid de la salud pública responsable de más de 400 mil muertes evitables durante la pandemia, que el 17 de julio de 2020 soltó en Chiapas en referencia a la Coca-Cola: “A quienes hoy todavía siguen consumiendo estos productos, que son veneno embotellado, les pedimos que ya no lo hagan”. El mismo “doctor muerte” que hoy observa en un silencio cómplice desde su cómodo refugio en la OMS –y disfrutando un sueldo superior al de la presidenta de México–, cómo el Gobierno que ayer lo encumbró y utilizó su retórica incendiaria para criminalizar a la industria, hoy le tiende la alfombra roja al “envenenador” en jefe. Resulta que ese veneno se vuelve ahora antídoto si ayuda a cuadrar las cuentas del segundo piso de la transformación.
Incluso la entonces senadora Jesusa Rodríguez llevó la narrativa al extremo el 20 de julio de 2020, cuando propuso de plano expulsar a la empresa refresquera por ser el “gran veneno de nuestro tiempo”. Y ni hablar del expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien el 21 de diciembre de 2022 se puso en plan de guía espiritual: “Ya no hay que consumir Coca-Cola, porque además de que hace daño, aumentó el precio. Hay que tomar agua, hay que tomar pozol… no estas bebidas que son pura chatarra”. La chatarra, hoy, tiene pase VIP en el mismo recinto donde se dictó su sentencia.
Al final, resulta que la “transformación” ha descubierto que el gas de las burbujas es muy útil para inflar expectativas económicas. En la política mexicana, como en el refresco, todo es cuestión de jarabe y gas: mucho ruido, mucha espuma, pero al fondo, sólo queda el sabor amargo de la incongruencia. ¡Salud, presidenta! Válgame.
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