Inquietante, revolucionario y genial, hace cien años, el 3 de junio de 1924, moría de tuberculosis de laringe Franz Kafka, uno de esos pocos escritores capaces de definir con el mundo que creó todo un siglo, el kafkiano siglo XX, un adjetivo ya habitual en el habla. Su vida fue ciertamente gris, murió a los 40 años sin tiempo de disfrutar del enorme éxito de sus novelas y relatos.
EFE REPORTAJES. – No es fácil entrar en los entresijos, extraños muchos, de la vida de Franz Kafka de la cual sabemos bastante porque él mismo la plasmó en sus diarios y en una abundante correspondencia. Sin embargo, nada de eso explica del todo a Kafka ni su obra literaria que parece sumergirse de una profundidad abisal de una psique complicada, herida, fría, incluso contradictoria, tal y como él dijo: «Vine al mundo con una hermosa herida; con eso y nada más».
Se han escrito muchos estudios sobre las posibles interpretaciones, la fuerza y hondura de su obra, difícil de definir, pero en lo que todos coinciden es en señalar la inabarcable complejidad que ha dejado el término de “kafkiano”, calificativo para referirse a algo incomprensible, tal vez absurdo, pero sin duda algo más porque en el mundo de Kafka todo está medido, todo tiene su lógica, difícil de desentrañar.

Y es que si alguien ha creado un mundo radicalmente suyo, personal, original, revolucionario e intransferible, ese fue Kafka, referencia para tantas emociones o sentimientos, un ser contradictorio que escribió pocas obras completas y que dejó -en su testamento- que su obra fuera quemada. Afortunadamente, Max Brod, su amigo y albacea, no respetó su voluntad.
No sabemos si los seres humanos pueden llegar a sentir demonios como los de Kafka, pero el hecho de que los suyos encontraran tan buena canalización supuso toda una revelación creativa. Su potencia literaria no solo es abrumadora, sino que nos sumerge en el mayor de los desconciertos.
Todo surgió de la imaginación de un empleado de seguros que se tenía que pasar las noches sin dormir para poder escribir, momento en el que se liberaba de ese empleo de elaborar informes administrativos de demandas etc. pero que también le sirvió para sus tramas literarias. En algún momento se da cuenta de que él solo podía vivir -en- la Literatura.

«NO SOY NADA MÁS QUE LITERATURA».
En una ocasión confesó a su entonces prometida, Felice Bauer : «No soy nada más que literatura».
El autor de La metamorfosis, El Proceso, El castillo, La condena, Cartas a Milena… empezó muchas carreras, pero finalmente accedió a los deseos de su padre y estudió Derecho, y se doctoró. Después entró en una empresa de seguros de accidentes laborales, trabajo que le daba seguridad, pero que detestaba profundamente.
Vivió toda su vida en la misma ciudad, Praga, y con sus padres – era el mayor de los hermanos- hasta pasados los treinta. Su familia, judíos afincados en Praga, fueron después víctima de la persecución nazi durante la II G.M., sus hermanas llevadas a los campos de concentración del Holocausto.
El joven Franz vivió obsesionado por la mala relación que mantenida con su padre por el que se sentía humillado. ‘Carta al padre’, quizás la carta más famosa del siglo XX, jamás llegó a su destinatario. La escribió Kafka a su progenitor de un tirón, del 4 al 20 de noviembre de 1919.

También redactó, este hombre obsesivo y compulsivo, La condena de un tirón, en la noche del 22 al 23 de septiembre de 1912, y publicada como libro independiente en 1916.
A Kafka se le percibe como un ser frágil y aislado, aquejado de profundas depresiones y estados enfermizos y angustiosos que murió por tuberculosis de laringe, con fuertes dolores, escuálido y sin poder tragar. Una corta vida, que terminó a los 40 años, marcada por el fracaso vital. Fracasó en su intento de abandonar su opresivo empleo que tanto le amargaba, fracasó en sus relaciones amorosas, por cuestiones que él mismo dejó escritas, no le gustaba el trato físico con la gente, un hombre que les decía a sus prometidas que no vivirían con un ser como él…. Que incluso no vivió -apuntan algunas biografías- plenamente su sexualidad, complicada o distinta, pues hablaba del dolor del erotismo… y que en cualquier caso trataba de posponerlo todo lo posible.
Una austeridad radical y su ansia de pureza interior que plasma en su vida y en su obra, considerada una de las más influyentes de la literatura de todos los tiempos y está llena de temas y arquetipos sobre la alienación, la brutalidad física y psicológica, los conflictos familiares, personajes en aventuras terroríficas, los laberintos absurdos e injustos de burocracia, de la que tanto sabía por sus tediosas gestiones para elaborar su informes … Todo un mundo interior complejo, que él va tejiendo como una tela de araña, una experiencia vital que engendran una obra brillante y única.

EL DOLOR Y LA EXTRAÑEZA DE VIVIR
Era un ser enigmático y frágil del que es imposible conocer bien porque por mucho que se ahonde, y se ha ahondado mucho en todos los aspectos, Kafka y su literatura parece escaparse, pese a que hayamos penetrado en su universo. Cuando nos acercamos a él no dejamos de sentir algo que es fruto del dolor y de la extrañeza de vivir.
Tuvo relaciones fundamentalmente por carta con diferentes mujeres como Felice, que vendió su correspondencia después de su muerte, una aquella mujer gris a la que escribía dos y tres veces al día cartas de muchas páginas explicándole «lo imposible que sería tu vida conmigo». Estuvo comprometido también con otra empleada berlinesa cuyos dientes deteriorados le repelían, pero que fue ella finalmente quien rompió el compromiso harta de aquel hombre tan incompresible. Al final de su vida, ya muy enfermo conoce, en 1923, a Dora Diamant que queda enamorada «por su finura, intensidad y delicadeza».
Aquella inmensa capacidad literaria, Kafka convivir con una inmensa vida interior bajo una vida «real» miserable, de oficinista, que le amargó la vida, similar al caso del escritor lisboeta, Fernando Pessoa, que se sentía vivir solo cuando escribía. Kafka, dicen sus biógrafos, como Reiner Stach, pasó gran parte de su existencia preso de contradicciones y ansiedades.

Su literatura, que ha influido en el expresionismo de Sartre, Camus, Borges, y García Márquez, no puede ser más expresiva del sinsentido que atravesaba la Europa a primeros del siglo XX que se abría a la masacre de la Primera Guerra Mundial y el anuncio del nazismo y el estalinismo. Tanto, fue así como su obra fue prohibida en la Checoslovaquia comunista. Dado su carácter visionario, fue el escritor emblema del siglo XX, kafkiano, sus burocracias, sus abusos de poder y sus absurdos inhumanos…
Todo da como resultado una literatura cruel, pero a la vez divertida por lo ocurrente, al menos, él se reía mucho cuando les leía a sus amigos el lúgubre comienzo de El Proceso. Es inútil -dicen- buscarle un sentido a su mundo, al igual que el mundo carece de él, pero resulta consolador querer hallarle algo que tranquilice. El mundo de Kafka, frío y cruel, resulta imposible de aceptar.
NO HAY UNA LECTURA TRANQUILIZADORA EN KAFKA.

Su universo puede llegar a no ser cómodo, no es una lectura que se pueda calificar de placentera, a pesar del humor subyacente que encontraba el autor en sus relatos. «Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto». ¿Puede haber algo peor? Así comienza la célebre novela de Franz Kafka. Alguien que es capaz de desvelar esto en la primera línea, y sujetar después todo un relato y un mundo de pesadilla, es un genio.
Sus relatos son de una precisión asombrosa, no sobra nada, pura exactitud que recrean un mundo inhabitable al que el lector tarda en acostumbrarse. Como le definió Hermann Hesse: «Etéreo como un sueño y exacto como un logaritmo» Kafka tiene todo el poder de la síntesis y la precisión que define a un escritor que nos sigue atrapando a todo tipo de lectores en su perturbador, y perturbado, laberinto literario, que permanece en constante actualidad, sea cumpla – o no-, efeméride alguna.
Por Amalia González Manjavacas

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