Hay agua en campos de golf, pero no para beber

Cabo San Lucas, 30/12/24 (Más / IA).- En Los Cabos, el agua no es solo un recurso escaso, sino una línea divisoria entre dos realidades contrastantes: una de lujo y abundancia para los turistas y otra de carencias extremas para los trabajadores que sostienen la economía de la región. Mientras las piscinas infinity y los campos de golf resplandecen bajo el sol sudcaliforniano, miles de familias sobreviven sin acceso constante al agua potable, forzadas a comprarla a precios exorbitantes.

En las lujosas haciendas y resorts que bordean la costa de Cabo San Lucas, los visitantes disfrutan de comodidades diseñadas para el máximo confort. Por el contrario, los trabajadores que mantienen esa opulencia viven en barrios construidos sobre tierras desérticas, donde las tuberías están secas y las calles de tierra apenas ofrecen refugio frente al calor y la aridez.

“Primero nos ponían el agua una vez cada 15 días, después cada 20. Ahora tenemos más de un mes y medio sin ella”, cuenta Dulce María Mendoza Nava, conocida como doña Dulce, una residente de la colonia Chulavista. Como muchas familias, doña Dulce depende de un carrito de hot dogs para sobrevivir y gasta cerca de 1,000 pesos mensuales en comprar agua a empresas privadas, además de pagar recibos de un suministro que no llega.

El agua se ha convertido en un negocio lucrativo. Las pipas de agua, operadas en muchos casos por privados, cobran hasta 1,500 pesos por llenar tinacos de 1,300 litros, mientras que el precio del agua embotellada para beber se suma a los gastos semanales. “Las pipas son el negociazo aquí. Todo el día pasan, pero el agua no llega a las casas”, señala un residente.

Los Cabos ha experimentado un crecimiento demográfico descontrolado. En 2020, la población alcanzó los 351,111 habitantes, el doble que una década antes. Las autoridades atribuyen la escasez al aumento de la demanda, pero poco se ha hecho para garantizar una distribución equitativa o para regular el crecimiento urbano.

Las invasiones –asentamientos informales en terrenos desérticos– proliferan en las periferias de la ciudad. Allí, familias como la de Alberto Jiménez, originario de Veracruz, levantan casas con materiales precarios mientras intentan sobrevivir con trabajos temporales. “Compramos 200 litros de agua por 80 pesos, pero hay que medirlo todo, porque no podemos gastar como si tuviéramos agua potable”, explica Jiménez, quien lleva cuatro meses en un barrio irregular sin acceso a servicios básicos.

La indignación por la falta de agua ha movilizado a algunos habitantes. Este otoño, pequeños grupos de manifestantes comenzaron a organizarse para exigir una solución. Una de las primeras protestas bloqueó la carretera que conecta Cabo San Lucas con San José del Cabo. “Exigimos agua. Es un derecho, no un negocio”, rezaban los carteles.

A pesar de las demandas, las autoridades locales han ofrecido pocas respuestas. La planta desalinizadora más grande del país, que procesa 200 litros de agua por segundo, no es suficiente para cubrir un déficit estimado en 400 litros por segundo. Además, expertos señalan que las desalinizadoras, lejos de ser una solución sostenible, generan impactos ambientales graves al verter salmuera al mar, alterando los ecosistemas marinos.

Organizaciones civiles proponen alternativas viables, como la captación de agua de lluvia, el uso de tecnologías como los atrapanieblas, la rehabilitación de sistemas de tratamiento de aguas grises y la promoción de plantas autóctonas en lugar de jardines y campos de golf que requieren riego intensivo. Sin embargo, estas iniciativas requieren voluntad política y planificación, algo que los habitantes consideran escaso.

Mientras tanto, Doña Dulce, desde su pequeño puesto de comida, reflexiona sobre la desigualdad que define a Los Cabos: “El agua lo tiene el que tiene más, y así va a ser. Que cuiden el agua, porque les va a pasar igual. Claro que sí”.

En un destino turístico donde la abundancia contrasta con la miseria, el agua es más que un recurso: es un privilegio que divide a una comunidad entre los que pueden vivir en lujo y los que luchan por sobrevivir.


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