Por Horacio Cárdenas Zardoni
Creo que ya he citado en este mismo generoso espacio aquella película norteamericana del Viejo Oeste. Finalmente el indio Jerónimo había aceptado rendirse al Ejército de los Estados Unidos, y estaba como cualquier otro miembro de su pueblo haciendo fila en la tienda de raya, o lo que lo parecía, para que les entregaran algunas vituallas. A cada indio, perdón, a cada integrante de los pueblos originarios de la rama Apache, Comanche, Sioux, Pies Negros, Coahuiltecas, el vulgar blanco, de ese color era su piel, le entregaba de muy malas maneras su paquete, mantas, ropas, no se qué, y luego, como eran desconfiados los representantes del gobierno de Mr. Washington, les pintaban con brea una cruz en la mano, mancha pegajosa y densa que daba la impresión de no poder quitarse pronto. Pero además de la marca, era el trato despótico que daba el funcionario del Bienestar a los pobrecitos indios, todos mugrosos de polvo y tierra, entonces a la hora que le toca a Jerónimo, este para pronto que se siente humillado por la tacha en la mano, pero en vez de inclinar la cerviz, se le va encima al gordo blanco barbón, lo pepena del pescuezo y lo avienta muy lejos.
De inmediato un montón de soldados del Séptimo de Caballería lo encañonan, al indio, quien con tal de no provocar un baño de sangre entre las mujeres y niños de su tribu, se rinde a los blancos, que lo encierran en una celda inhumana. Excuso decir que de allí huye y les da la batalla a los militares norteamericanos durante la hora cuarenta que dura la película, y en la realidad, durante algunos años.
Lo que nos inquieta del hecho supuestamente histórico, o del guion de la película, que no es precisamente lo mismo, es que ¿nadie le dijo a Jerónimo que había que aguantarse en las filas, que le iban a marcar la mano, por aquello de que no fuera a hacer la fila varias veces, ya desde entonces y en aquellas latitudes había el carrusel en los procesos electorales. Que si le hubieran dicho y explicado las cosas, pues te marcan y ya, no hay fijón, pero entonces no hubiera habido película.
Ahora que estamos los mexicanos metidos hasta las arracadas en una elección que nadie pidió, que nadie quería, que a nadie le hacía falta, nadie aparte de Andrés Manuel López Obrador, vale decir, se nos ocurre pensar que debería haber alguna clase de mecanismo para que no nos pase lo que a Jerónimo, el indio, en la película que le venimos platicando.
Pero como esto no es un guión cinematográfico, sino un asunto serio, y tanto, que de él y no de otra cosa, depende la estabilidad de la nación mexicana, la poca o mucha que todavía nos quede. ¿De qué estamos hablando?, de que como a Jerónimo en aquella cinta, no nos han explicado bien, o no hemos entendido bien, o nos ha valido sorbete enterarnos de lo que está en juego y lo que se espera de nosotros, a lo mejor optimista, pero sí podemos aventurar que malamente, porque ¿qué demonios sé yo de quién o porqué debe ocupar este o aquel abogado o abogada el cargo de juez de distrito?, esto por citar solo un ejemplo, los otros son todavía más complicados.
Cuando fuimos a la primaria, y luego en la secundaria, nos remacharon la manera en la que estaba integrado el estado mexicano. Se nos hablaba, nos enseñaron, medio aprendimos y nos aprobaron de panzazo lo que habíamos logrado elaborar de lo que son los poderes públicos, el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Sí, pero hasta allí, que sepamos, ni ahora con la Nueva Escuela Mexicana, casi casi española cuando se vaya Beatriz Müller, su artífice a hincársele a su majestad el rey de España, se examinaban los poderes más allá de decir cuales eran y qué funciones tenían, nada de entrar en detalles como los catálogos de puestos, los organigramas, los escalafones, y otras cosas por el estilo, que solo le interesan a los oficiales mayores.
Ah, pero ahora se nos está pidiendo a los ciudadanos mexicanos que elijamos jueces de primera instancia, jueces de distrito, magistrados de circuito, ministros de la suprema corte, y de pasada, los miembros del tribunal administrativo, o algo así, disculpará que no me lo haya aprendido como para repetir como perico, pero ya se lo encontrará usted en la boleta. ¿Y qué sabemos de cada uno de esos puestos?
Y se la pongo todavía peor ¿qué sabemos de cada uno de los candidatos, suponiendo que haya tenido oportunidad de conocer o escuchar las propuestas de alguno, o que los conociera de antes? Imagínese que aplicamos un examen del tipo Fórmulas de Peter, para determinar el nivel de competencia/incompetencia de cada uno de ellos… a lo mejor un modesto aspirante a juez por el enésimo juzgado de Coahuila, tiene capacidad para ser ministro de la suprema, más que la ministra plagiaria o la ídem del pueblo, ¿pero para qué meterse?, si aspiran a algo es porque creen que allí deben estar o pueden estar, aunque…
Yo sí, aplicaría un examen previo, facilón como los exámenes de manejo, en la pantalla de una computadora, ¿qué hace un magistrado de circuito?, y al que conteste bien, que vote, y al que mal, a la goma, no está capacitado para sufragar, y lo mismo para cada uno de los puestos. ¿qué le parece, genial, no? pues sí, pero no.
Esta elección va a ser de puros analfabetas, me incluyo el primero, en cosas del poder judicial, lo mismo que el pobre del indio Jerónimo, sus bravos y su tribu.
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