Por Horacio Cárdenas Zardoni
El sábado de hace un par de semanas, muy temprano por la mañana, nos tocó presenciar un operativo de la policía municipal, que la verdad nos sacó un poco de onda.
Estaba una camioneta de esas equipadas como para transportar cabritos, de hecho no nos extrañaría nada que el diseño original se lo hubieran plagiado para venderlas como patrullas en sitios conflictivos… bueno, estaba una de esas y dos o tres de las flamantes y muy modernas patrullas eléctricas, todas con su respectiva dotación de policías municipales, hombres y mujeres. El sitio del operativo era el inmueble ubicado en la esquina de Emilio Carranza y Corona, en la zona centro, en lo que durante muchos años fue la Forestal, organismo descentralizado del gobierno federal, que dejó de operar en los tiempos del neoliberalismo, y que tampoco fue para revivir la cuarta transformación, y que luego ha tenido una suerte medio complicada, en lo que se incluye la venta del terreno, el uso por parte de inquilinos para el establecimiento de toda clase de negocios, desde la venta de elotes y el resguardo de caballos, hasta talleres de herrería. Luego de algunos incidentes, los terminaron echando fuera a todos, y como no fueron los agarrados dueños para poner un velador, ha venido sirviendo desde hace años como refugio de indigentes y migrantes, y quien sabe si de alguna otra clasificación social que se nos escape.
El operativo ya estaba concluido, a bordo de la camioneta cabritera estaban unos seis u ocho jóvenes, todos masculinos, como dicen los partes de novedades de algunas corporaciones policiacas, que no lo sabemos de cierto, pero como estaba abierta la reja, suponemos que los fueron a sacar de dentro del predio. Lo raro del asunto fue que, pasamos a las siete de la mañana, y allí estaban haciendo de esas cosas que hacen los policías que tienden a dilatarse en el tiempo, y luego pasamos a las ocho y media, y seguían en lo mismo. Durante ese tiempo los detenidos no se habían movido de arriba de la caja de la camioneta cabritera, y no se han de haber movido porque no podían, casi seguro los tenían esposados o amarrados con esas colas de rata que hasta inhumanas son, por el daño que hacen. Al fin periodistas, nos quedamos viendo lo que ocurría, hasta que un policía, bastante jóven, rozagante, con la cara llena de barros, nos hizo seña de que circuláramos, que allí no había nada que ver…
Pero lo estábamos viendo, y por esas cosas inexplicables, no vimos que ningún medio de comunicación cubriera el incidente. Claro que los reporteros no pueden estar en todo, y menos en esas ingentes horas de la madrugada, en que no sabe uno si la nota va a entrar a la edición impresa, al noticiero, o como una entrada en el twitter, o nada, más bien esto último, sobre todo si no pasó nada.
¿Pero… no pasó nada?, y lo preguntamos no porque sepamos que se hubiera registrado una riña, un allanamiento, un festejo con ruido excesivo, que haya dado pie a algún vecino a poner una queja. No podemos asegurar que haya sido un operativo por iniciativa de la Comisaría de Seguridad Pública, porque… tienen utilizando el inmueble durante años y más años, sin que ninguna de las quejas, advertencias, avisos, a las autoridades hubieran surtido el más mínimo efecto.
O sí, una vez, no hace mucho, se quemó parte del predio. Más bien se quemó un árbol, un pirul, entre toda la maleza que hay adentro, ardió una parte del árbol, tuvieron que intervenir los bomberos para apagarlo, pero no se incendió solo, y tampoco era temporada de pirómanos, de lo que podemos deducir que alguien estaba quizá cocinando o calentándose, y se prendió el zacate seco acumulado. ¿Tomaron alguna medida las autoridades o los propietarios del inmueble para que no volviera a suceder?, no, nada de nada.
Hasta donde sabemos, el predio estuvo en litigio durante años, los ex trabajadores pidiendo una compensación que no les quería pagar la extinta Forestal, se fue a juicio, luego de los tiempos judiciales de costumbre, se autorizó la liquidación, y que sepamos, uno de los grupos económicamente poderosos de Saltillo, compró el predio, que tiene una extensión bastante respetable, media cuadra desde Emilio Carranza hasta Murguía, con la idea de… hacer algo alguna vez, o no hacer nada nunca, y esperar que el terreno suba de valor, y suba, y suba, y entonces mercadearlo en dólares en vez de en pesos, suponiendo que alguien les llegue al precio. Nada que Saltillo no haya visto mil veces antes.
Pero el asunto es que, también como es costumbre, los dueños de un inmueble que vale una millonada, lo tengan en calidad de abandono, no metiéndole un peso ni para poner una cadena con candado, para reparar los agujeros que los ocupantes incidentales hacen, y luego tapan con una madera que ve todo el mundo, bueno los que pasan por allí, casi en la esquina de Murguía y Corona, hasta eso bien hechecito el boquete, y la puerta a medida.
Sí yo sé, con los ricos no se mete nadie para pedirles que le den una limpiada de maleza, que le den una mano de pintura, que cuiden lo que es suyo, pues. No puedo decirle cuántas personas hay cada día o cada noche, a veces se ven cinco, a veces diez, a veces solo una, dentro. A nadie le importa, hasta que le importa, porque ya robaron en una casa vecina, porque dejaron sucio, porque lo que usted quiera. La autoridad brilla por su tolerancia, para con los migrantes, los indigentes y los millonarios, total, no pasa nada, hasta que pasa, y pasando, al rato se les olvida…
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