Horacio Cárdenas Zardoni
Hace años nos encontramos una idea que nos resultó por demás interesante, si realmente la humanidad tuviera la intención de cambiar al mundo, lo podría lograr en el curso de una sola generación.
No me pregunte el nombre del libro, no me acuerdo, pero sí que se desarrollaba en alguno de los países del mundo árabe, y describía, desde el asustadizo punto de vista occidental, la manera en la que estaba organizada la familia en aquellas naciones. Sí, estaba el asunto de la poligamia, sí está la cuestión del encierro en un harem, la estratificación entre las esposas legítimas y las concubinas, lo del repudio por parte del hombre a la mujer que ya le chocó, dejándola sin derechos, lo de la vestimenta que las obligan a portar… todo eso se nos hace horrible, y sin embargo… las mujeres están conformes… a lo mejor probablemente porque no han conocido otra forma de vida, aunque también existe la posibilidad de que el arreglo no les sea tan difícil de aceptar.
Pero lo verdaderamente importante del asunto es lo que dijimos al principio, lo de la posibilidad de cambiar el estado de cosas. Resulta que durante los primeros años de vida, los niños viven en el harem, con las mujeres y a cargo de estas. Son las mujeres las que educan a los hijos e hijas, los que les transmiten los valores, las tradiciones, y sobre todo las reglas ¿cuáles reglas?, todas, el comportamiento en sociedad, en casa, con el sexo opuesto, prácticamente todo, al padre de familia le corresponde ser proveedor, y allí sí que nada de compartido ni repartido, pues la mujer se queda en el hogar, así que después de trabajar pocas ganas le quedarán de instruir a sus hijos, ni siquiera de enterarse de aquello que les han estado instruyendo las mujeres.
Acá anécdota personal, que no sé todavía a estas alturas si venía al caso o no, pero una de las frases recurrentes de mi mamá era aquella de que ‘mujeres tendrás muchas, pero madre, solo una’, en la que por un lado sí, encuentro la obligación de respetar a la progenitora, pero en la primera parte viene el permiso de tener las mujeres que yo quisiera… lo cual muchos se sentirían tentados a aprovechar al máximo, a ella le escuché una frase muy usual a mediados del siglo pasado, que ya sonaba a viejo, pero que no ha perdido su sentido ‘la cosecha de mujeres nunca se acaba’, una forma muy extraña de percibir el género femenino por parte de una integrante del mismo, y de una sociedad en la que más de la mitad son mujeres. Dándole una última vuelta a aquella permisiva frase, de ‘mujeres tendrás muchas’, está expresada en forma de vaticinio, ya me vería las trazas de coscolino, no de condicional ‘podrás tener muchas’…
Esta sociedad da por hecho de que así deben ser las cosas, es la maternidad la que legitima a la mujer, la que la hace digna de respeto… para sus hijos, ni siquiera para su pareja, para el resto del mundo son como aquella película de Pedro Almodóvar: ‘Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón’.
Si las madres, en el harem árabe, en la casa china o japonesa, en el siempre machista México, en todos y cualquier lado, quisieran que las cosas fueran distintas, que a las mujeres se les respetara, se les valorara, se les tuviera como iguales, como complemento indispensable del hombre… con que eso lo transmitieran a sus hijos y también a sus hijas, juntos y por separado, bastaría lo dicho, una generación para que el mundo fuera otro, uno completamente diferente, a la altura del ideal de respeto, convivencia, compañía, confianza, lo que cada quien desee de él, pero a pesar de estar planteado, no ocurre.
En esta sociedad, desde hace mucho tiempo se viene gestando un movimiento reivindicatorio de la condición femenina, atacando diversos aspectos en los más amplios frentes, de cuya labor de zapa se puede decir que efectivamente, ha obtenido logros, algunos de ellos importantes. En el curso de las últimas décadas ha habido mujeres presidente, de países de muchas partes del mundo. Mencione las que usted guste, Angela Merkel en Alemania, Michelle Bachelet en Chile, Margaret Thatcher en Inglaterra, Claudia Sheinbaum en México, entre otras muchas, han gobernado y gobiernan sus países, sin que sea fácil decir que su mandato rompió con el machismo que ha existido siempre en ellos. Si una cosa se le reprocha a Sheinbaum, para hablar del caso concreto de México, es aquella frase suya durante su toma de posesión ‘llegamos todas’, y dado el trato que le ha dado a las madres buscadoras, a las que protestan en las marchas del 8 de marzo, y otros contingentes, y personas individuales, la respuesta es que no, no llegaron todas, si acaso algunas, muy pocas, el resto sigue viviendo en las condiciones anteriores.
Ahora que, buscando capitalizar el momento político, el poder judicial de Coahuila se pronunció, parece que jurídicamente, faltaría la parte legislativa, por que la violencia vicaria sea un asunto exclusivo de las mujeres, si nos permite remachar, un asunto de mujeres que excluye a los hombres, tengo la impresión de que han perdido lo más por lo menos.
Antes lo que querían era la igualdad, y la equidad, estar en las mismas condiciones, supuestamente superiores, de los hombres, hombres específicos o de la generalidad de ellos, en trabajo, en remuneración, en oportunidades, en lo que fuera y en todo. De allí han dado un paso, en mi opinión en falso, para el asunto de la violencia vicaria, como en el caso de los feminicidios, exigen un tratamiento especial, diferenciado, excluyente, como si así fueran a lograr algo distinto que con la justicia a secas. No se paran a pensar que siendo como lo quieren, exclusivo para mujeres, a la hora que un hombre demande a una mujer por el tratamiento ‘vicario’, no se apelará a tribunales familiares, sino civiles o penales, y si como víctimas se les trata a las mujeres con cierta consideración, como victimarias no recibirán ninguna, y hasta al contrario, pues la discriminación vino de ellas…
No saben lo que piden, ganando salen perdiendo, veremos qué tal les va.
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