Por Enrique Abasolo
El proyecto transformador del tlatoani cabalga sobre un brioso corcel con patas de papel: los programas sociales.
Defendidos por muchos como la expresión última de justicia social que un gobernante puede prodigar sobre un pueblo fustigado por la desigualdad (que no la pobreza), son la estrategia de gobierno más fácilmente pervertible, corrompible y electoralmente lucrativa.
Son de hecho, aun dentro de su simpleza, uno de los conceptos que más trabajo le cuesta a la sociedad asimilar correctamente.
Y es que se equivocan quienes los repudian en automático como limosna institucional, como dádiva ignominiosa que chorrea de la cúpula del poder a una base cautiva empobrecida.
Y se equivocan quienes ven allí la solución definitiva contra la marginación y el rezago, el escalón imprescindible para la movilidad social y hasta una bien merecida compensación por la pobreza de quienes la han padecido de manera histórica.
Se equivocan ambos y, sin embargo, también tienen ambos un poco de razón, por contradictorio que todo ello resulte.
Un gobierno está obligado a paliar la pobreza de quienes la padecen con mayor inclemencia. Tiene que hacerlo sí o sí, por un principio de humanidad y para ofrecerles una oportunidad mínima de pelear por su subsistencia y por mejorar sus condiciones.
Los programas sociales no son prescindibles, claro, a menos que sea usted un facho ultraderechista que piensa que “el pobre es pobre porque quiere”, que “la asistencia es sólo para flojos parasitarios” o que usted ha hecho todo (poco o mucho) por sí sólo”, sin ninguna clase de aportación del Estado.
De la asistencia social no se escapan, sin embargo, ni los países desarrollados y en cada nación, de acuerdo a su realidad, se socorre a los menos favorecidos con ayudas que van desde víveres, hasta subsidios a la vivienda e incluso cheques por desempleo.
Pero no se trata de subsidiar la pobreza, sino de darle a las clases más oprimidas un piso, un mínimo de estabilidad desde el cual buscar su autosuficiencia para la presente generación y la venidera.
Y desde luego, no toda la asistencia se reduce a subsidios, también puede darse en forma de educación, capacitación y oportunidades de empleo temporal. Aunque ni siquiera en los EEUU la asistencia social deja de ser objeto de debate, debido a las antagónicas visiones de izquierda y de derecha.
En teoría sí: un gobierno progresista, humanista, con una visión social debe buscar que todos tengan las mismas oportunidades y, si bien, ello es imposible, no debe dejar de perseguirse como un ideal. En la medida en que la brecha entre las oportunidades de los más ricos y los más pobres se estreche o se ensanche, una sociedad podrá congratularse o bien, detectar su problemática.
Sin embargo, la asistencia social no puede aplicarse con la misma candidez con que se arrojan semillas en tierra fértil para esperar que, con algo de lluvia y buena suerte, la semilla germine en una planta saludable.
Para que la asistencia sea realmente útil (y dado que en efecto es costoso tener que destinar presupuesto a combatir el rezago cuando podría aplicarse en incontables áreas de inversión), tiene que aplicarse calculadamente, conociendo en la medida de lo posible las áreas y las dosis que cada caso requiere para, al cabo de un tiempo, regresar y hacer un levantamiento de datos que permita conocer cuán efectiva está resultando dicha ayuda y hacer las correcciones necesarias.
La asistencia debe aplicarse con rigor metodológico, de la manera más científica posible o de lo contrario sólo es en efecto, dinero tirado a la basura que, por otro lado, no se cansará jamás de celebrar quien lo recibe.
Y ese precisamente parece ser el grave “error” de los gobiernos de la falsa izquierda, que no ven en la asistencia social una herramienta hacia el mejoramiento de las oportunidades de los menos favorecidos, sino que ven a la ayuda institucional como un acto de justicia que constituye un fin en sí mismo que es de hecho presumible como logro,
Nada más lejano de la metodología que sería deseable en la aplicación de los programas sociales que el formar a todos los ciudadanos y darles a todos por igual (lo necesiten o no) una misma cuota en dinero para que cada quien lo gaste como mejor le plazca, lo necesite o le convenga.
Y si bien, suministrar así la asistencia social es catastrófico para una economía, un sinsentido que no soporta el menor análisis y lo más parecido a una auto-estafa tipo “ponzi” que puede aplicarse un país a sí mismo, es también lo más redituable que existe políticamente hablando, de allí que sea una de las piedras fundacionales del populismo de izquierda.
El abyecto ideólogo de la secta cuatroteísta y diputado local coahuilense considera que el ocio y las caguamas que un joven se pueda proporcionar con el dinero que recibe como beneficiario del programa Jóvenes Construyendo el Futuro es lo más revolucionario y democrático que puede haber.
Attolini está en todo su derecho a ser imbécil y podrá ronzar sandeces como esas con la vehemencia y apasionamiento que le caracterizan. Pero ello no vuelve nada de esto en verdad. La asistencia social debe entregar resultados muy puntuales, de lo contrario no pasa de ser mero clientelismo político con la consecuente dependencia que genera.
Mucho más brillante que este pensador de la izquierda más abaratada, resultó Rosalba Loya, una campesina rarámuri (tarahumara) que advirtió al Gobierno Federal sobre los peligros de la asistencia social repartida así nomás a lo pendejo.
En un debate para la discusión del presupuesto destinado al campo, Loya hizo ver como los hombres de sus comunidades, beneficiarios de Sembrando Vida, reciben este subsidio y se desaparecen para gastarlo todo en alcohol, con todas las agravantes de descomposición social que esto implica.
“Sembrando Caguamas” o “Sembrando Birrias”, ironizó la campesina, sobre el nombre que el programa federal debería llevar, ya que de acuerdo con su visión y lo que puede atestiguar, no reporta otro beneficio como no sean las épicas juergas de los campesinos.
Me pregunto si nuestro gobierno de la 4T, si el Presidente López Obrador, tan humano, tan de izquierda, tan cercano a los pobres, a las minorías, a los pueblos originarios, va a desestimar a Rosalba Loya como una aliada del conservadurismo, una privilegiada, una aliada de la mafia del poder… ¿Le irá a regatear su identidad indígena? ¿O a desestimar su opinión dada su condición de mujer campesina?
No lo sé, aunque no me extrañaría.
Dos de los logros personales más notables de López Obrador han sido: Uno, conseguir tener a la mitad de este país cautivo, expectante de la fecha en que se realizará el siguiente depósito del programa de asistencia federal al que esté adscrito. Y el otro: sembrar en el electorado el miedo de perder este beneficio si en los próximos comicios llega a acaecer un resultado adverso a su movimiento,
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Las políticas públicas parten de un diagnóstico y deben, desde un inicio, definir con claridad los objetivos y su cuantificación en el tiempo (Metas), así como los medios para su verificación, además de un proceso de retroalimentación que permita corregir su operación para garantizar resultados. Nada más alejado de la realidad
APARTE DE SEMBRANDO CAHUAMAS Y SEMBRANDO BIRRIAS ; HAY QUE CONSIDERAR SEMBRANDO MAS NIÑOS Y NINIS EN LA CALLE SEMBRADOS DE INHALANTES ; MAS PUBERTOS Y JOVENES SRMBRADOS EN BILLARES Y ANTROS; MAS FEMENINAS SEMBRADAS COMO MADRES SOLTERAS ( al cabo el gobierno los mantiene) Y ASI SEGUIRÁ LA CADENA INVITANDO A LA ESCASA EDUCACION A SOLO RECIBIR.