Por Enrique Abasolo
De todas las faenas del campo y la labranza, fabricar un espantapájaros debe ser la más sencilla o al menos la que demanda más creatividad que esfuerzo. Se hace con ropa vieja y otros materiales de desecho y su función, como nos lo grita su nombre, es mantener a la cosecha libre de nocivos avechuchos.
No obstante, el espantapájaros más complicado de hacer en toda la historia fue probablemente la caracterización del actor y bailarín Ray Bolger como dicho personaje, el descerebrado Hombre de Paja para la superproducción de 1939 de “El Mago de Oz” (Victor Fleming). El proceso de caracterización y maquillaje, primitivo y experimental, fue una pesadilla para Bolger como para casi todo el elenco. Y si el resultado en pantalla fue satisfactorio fue a costa de dolor y de poner en riesgo su salud. ¡Hermosa época para hacer cine!
Pero el espantapájaros que hoy nos ocupa es de naturaleza retórica. Hablamos de esa falacia argumentativa conocida precisamente como dicho monigote, “el Hombre de Paja».
En principio es muy sencillo: Se trata de distorsionar los argumentos en contra o de ridiculizar a nuestro adversario, para que sea más fácil rebatir a aquellos y desacreditar a este otro.
Y si en algo se especializa la 4T es en falacias argumentativas, dado que su líder podrá ser un neófito en todas las áreas del conocimiento, pero no en el viejo arte de torcer las razones, ya sea para repeler cuestionamientos, para conjurar recriminaciones o bien, para que la realidad se ajuste a su capricho.
Aunque lo anterior es de sobra conocido, reparé hace muy poco en que el recurso favorito del Presidente, así como de todos sus canales de comunicación oficiales y extraoficiales (prensa “libre” y opinadores en redes), con el cual contrarrestan la voz de la inconformidad, es precisamente la reducción del argumento opositor a sus valores mínimos, o adjudicárselos a personajes que ya están en su catálogo de impresentables.
Cuando el Presidente y su movimiento rotulan los reclamos como meras necedades y a la ciudadanía insatisfecha como minions de Calderón o Claudio X. González, ello basta para ganar en su propio juego dialéctico sin adversarios, sin interlocutores.
Y ahora que los flamantes libros de texto se convirtieron en el nuevo dolor de la blanca cabecita del Ejecutivo y muy probablemente en otro más de los estrepitosos fracasos de esta administración, la inquietud naturalmente no se hizo esperar.
Se dejó sentir desde luego la preocupación de un sector de padres genuinamente intrigados sobre los contenidos que recibirán sus hijos en las aulas y si quiere, le concedo que sean estos los menos.
También se manifestó la masa opositora, líderes y gente de a pie que no desaprovecha la ocasión para señalar las pifias de esta administración. Pero -¡Ey!- nunca olvidemos que ello es perfectamente también legítimo y un derecho inherente a la ciudadanía. Disentir, expresar inconformidad, impugnar, inquirir, llamar a cuentas. Así sea nomás por animadversión personal o política, es perfectamente legal alzar la voz sobre todo cuando el motivo parece ser una causa bien fundada. Tales reclamos deben ser acallados en todo caso con razones, no llamándolos “opositores” como si ello fuera un denuesto, que desde luego que lo es, como tampoco constituye parte de la argumentación. Si quienes critican los libros son opositores, ello no mejora la condición de dichos libros. No hay correlación.
Pero la alquimia discursiva, la auténtica magia retórica diría yo, llega cuando alguien -no sé realmente de qué lado del debate- acusa que los libros son vehículos de adoctrinamiento comunista. ¡Y San Sechingó todo!
La acusación es tan exagerada y absurda que enseguida el Presidente acusa de que lo acusan de algo que es exagerado y absurdo.
Y hace ver así el inconformismo de algunos padres y de grupos -que realmente querían saber sobre el contenido y las erratas que al parecer plagan los textos- como un hato de burgueses del siglo pasado, asustados por la amenaza comunista que va a redistribuir la riqueza y a quitarles aquella mítica vaca con la que se mal explica el concepto del comunismo a un párvulo de cuatro años.
Toda la preocupación real, las argumentaciones bien sustentadas, los señalamientos válidos, quedan reducidos a una caricatura que le allana al Presidente un terreno muy favorable para ganar sus debates en solitario:
“No, no son los padres de familia (esos están muy contentos con la Transformación), los que reclaman sólo unos conservadores que no pueden ver una foto del Che, porque tienen pesadillas con el gulag”, diría AMLO.
Y cuando las cosas no están tan a modo para distorsionar la narrativa, basta con esperar a que se pronuncie respecto al problema en turno alguno de los referidos espantapájaros de planta del sexenio: Calderón o el señor X. González. Y entonces, toda la inconformidad social deja de ser la expresión de un pueblo y es sólo la red de manipulación de estos siniestros personajes en acción, caricaturizando nuevamente el desasosiego y haciéndolo más fácil de minimizar.
Desde ese cada vez más triste soliloquio que es la mañanera, desde ese monólogo de dictador cansado, AMLO marca la pauta sobre cuál será la respuesta oficial en cada caso.
Enfrentándose a puros espantapájaros retóricos, todo estaría diseñado para que el Presidente ganase cualquier debate público.
No obstante, hablamos de AMLO, el único mandatario capaz de enredar las cosas lo suficiente como para haber perdido al menos la mitad de las discusiones frente a los inanimados hombres de paja que él mismo fabrica.
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Jibaros, reductores de cabezas y cerebros, pigmeos que reptan sin levantar la cabeza luciendo su ignominia, espantapájaros peores o igual que los otros, los de la 4 t, esa es nuestra trágica realidad