Ciudad de México. Agosto 28.- México se encuentra frente a lo que muchos especialistas llaman su última gran oportunidad para consolidarse como potencia industrial. El fenómeno del nearshoring —la relocalización de cadenas productivas hacia territorios cercanos al mercado de consumo— abre una ventana histórica para que el país se convierta en el gran taller de Norteamérica, atraiga inversiones de alto valor y construya una plataforma de innovación y desarrollo sostenido. Sin embargo, el tiempo corre y los desafíos estructurales amenazan con dejar pasar esta ocasión decisiva.
De acuerdo con información publicada por Forbes México, el discurso oficial y empresarial en torno al nearshoring promete inversiones millonarias y un auge industrial sin precedentes. No obstante, los números cuentan otra historia: en 2024, la economía mexicana apenas creció 1.2 %, su menor ritmo en tres años; la manufactura mostró debilidad; y, aunque la inversión extranjera directa alcanzó 36,872 millones de dólares, la nueva inversión fue de solo 3,169 millones, la más baja en tres décadas. Esto significa que gran parte del capital que ingresa no se destina a nuevas plantas ni a ampliar capacidades, sino a la compra de activos existentes.
El reto es mayúsculo. Los parques industriales muestran una ocupación de hasta 95 %, pero en medio de la saturación y la falta de condiciones básicas como energía limpia, agua garantizada, seguridad y talento técnico. Bajo estas limitaciones, el nearshoring corre el riesgo de convertirse en un castillo de expectativas. A los problemas estructurales se suman trabas como la infraestructura insuficiente, la burocracia que puede demorar permisos hasta 18 meses, la carencia de ingenieros y técnicos especializados, y la inseguridad que eleva costos logísticos hasta en 15 % en algunas regiones.
Para que la oportunidad se traduzca en desarrollo real, los parques industriales deben pasar de ser simples espacios de renta a motores estratégicos de crecimiento. El ejemplo de Tesla en Nuevo León es ilustrativo: su gigafactory se ha visto frenada por problemas de energía, agua y permisos, mientras que la china BYD avanzó con rapidez en Brasil gracias a un marco regulatorio más eficiente. El mensaje es claro: México puede ser destino de inversiones históricas, pero solo si ofrece condiciones tangibles.
Esto exige coordinación entre gobierno, empresarios, comunidades y propietarios de la tierra. Alianzas equitativas que integren a todos los actores son esenciales para construir escenarios que no solo atraigan empresas, sino que generen empleos bien pagados e impulsen cadenas de valor profundas. Sin una estrategia nacional clara que articule esfuerzos, el nearshoring corre el riesgo de quedar en una suma de acciones aisladas.
La comparación internacional refuerza la urgencia. Vietnam capta más de 30,000 millones de dólares anuales en inversión extranjera directa en sectores de alta tecnología gracias a parques industriales con energía limpia, mano de obra calificada y procesos regulatorios ágiles. India apuesta por incentivos fiscales y programas masivos de formación técnica, mientras que Brasil avanza en electromovilidad con políticas industriales coherentes que atrajeron a BYD.
México tiene ventajas naturales que lo colocan en posición privilegiada, pero el futuro no será únicamente industrial: será también sustentable. Las cadenas globales exigen reducir la huella de carbono, lo que abre la puerta para que el país se posicione como un hub de manufactura limpia. Parques industriales con energía renovable, movilidad eléctrica, plantas de tratamiento y certificaciones ESG podrían ser el sello distintivo que atraiga a las empresas más sofisticadas del mundo.
El país ya dejó pasar la primera llamada en los años del TLCAN, cuando se limitó a ensamblar piezas sin desarrollar infraestructura, innovación ni cadenas de valor sólidas. Hoy, la segunda llamada está en curso con el nearshoring. La tercera, advierten expertos, será definitiva: o México levanta el telón ahora y actúa con visión, inversión y colaboración real, o se resigna a esperar otro siglo para volver a intentarlo.

