El sagrado derecho de especular

Por Enrique Abasolo

Para poner a prueba su credulidad del sacerdote Damien Karras, el Demonio Pazuzu le largaba algunas frases sueltas en latín, lengua con la que estaría necesariamente familiarizado un soldado de Cristo, mas no así la niña víctima de posesión.

“El Exorcista” (Friedkin 1973) es mi película favorita de todos los tiempos no obstante, la novela en que se basa ahonda un poco en el asunto del idioma oficial de la Iglesia Católica, que se enseña desde el seminario para poder acceder a conceptos más amplios y precisos a través de las palabras.

En efecto, un correcto acercamiento etimológico nos puede aportar más que cien definiciones y el verbo que hoy nos ocupa es “especular”, que al parecer se ha emparentado de manera errónea con “speculum” (espejo), cuando en realidad parece provenir del verbo “speculari” (mirar), de donde derivarían palabras tan bellas y cotidianas como espectáculo y espectacular, inspector, espía, espectador, etc.

Y es que en su acepción original, “speculari” significaría “mirar desde lo alto”, observar a distancia, contemplar desde un puesto de observación o “specula”. Todo a su vez derivado de la raíz indoeuropea “spek” (mirar). Pero de espejos nada.

Ello nos ayuda a entender por qué especular significa hoy en día conjeturar de manera puramente teórica, opinar sin certeza, sin tener una visión a detalle, suponer.

El programa de debate “Tercer Grado” desató una saludable discusión sobre lo válido o ilegítimo que resulta hacer especulaciones en periodismo ante el vacío informativo de una fuente oficial que está en principio obligada a rendirnos razón y explicaciones puntuales y cabales.

Lo anterior derivado de la prolongada ausencia del Presidente López Obrador del ojo público, al que sabemos es tan vehementemente afecto.

El más vapuleado de los panelistas resultó ser Sergio Sarmiento, por defender la legitimidad de especular frente al prolongado mutis de López Obrador y el batiburrillo de los diversos personajes que hicieron uso de la palabra para “actualizarnos” sobre el supuesto buen estado del Presidente, desde el vocero de la Presidencia, hasta el Secretario Adán Augusto; la No Primera Dama; el Secretario de Salud, Jorge Alcocer (quien nos trajo al Mandatario de regreso a base de puro paracetamol); la “titular” del merculino ministerio de la estupidez, Ana Elizabeth García Vilchis, y el mismísimo prófugo del Hades, el López Obrador en su persona una vez que reapareció. Ninguno pudo dar una versión consistente con otra respecto a lo acontecido el domingo en Yucatán con el Presidente de todos los mexicanos.

Pero claro que hay que llevárnosla con toda clase de reservas y pies de plomo antes de hacer cualquier afirmación categórica. De allí que me sorprenda que los señalamientos hayan sido más benevolentes con Raymundo Riva Palacio, quien hizo aseveraciones graves sobre el estado de salud del Presidente, y más duras con Sarmiento, quien sólo defendía la necesidad de plantearnos escenarios razonablemente probables, a partir de los elementos disponibles.

¿Se vale especular? ¡Claro que sí! Pero hay reglas:

Primero, debe existir un vacío informativo basado en la renuencia de la autoridad a informarnos. Y en este caso en particular, la pobre unanimidad entre las voces autorizadas justificó sobradamente nuestras conjeturas. 

Peor aún, el Gobierno juega con un antecedente en contra por haber mentido en forma deliberada sobre la salud del Presidente antes, cuando se le practicó un cateterismo, del que sólo nos enteramos gracias a las filtraciones del Grupo Guacamaya. ¿Es lo anterior una razón para sospechar cada vez que AMLO se ausente por motivos de salud? Yo opino sin sombra de duda que sí. Lo justifica.

Otra condición para especular de manera “legal” en el ámbito periodístico sería aclarar en todo momento que no se está informando al lector, sino que se está realizando un ejercicio de análisis a partir de los pocos datos y antecedentes disponibles.

No basta estar en la página o en la sección de opinión de un medio para eximirse de la responsabilidad de lo que se dice. Hay una enorme diferencia entre hacer afirmaciones y plantear posibles escenarios, lo que me lleva a la tercera condición para “especular”:

Hay que presentarle al lector o a la audiencia todos los elementos de los cuales disponemos y que nos conducen sacar a tales o cuáles conclusiones. Y dichos elementos, esos sí, no pueden ser suposiciones, sino hechos duros, Verbi Gratia: “El Gobierno ya mintió antes sobre el estado de salud del Presidente”, “el Presidente nunca estuvo tanto tiempo ausente de la mirada pública”, “el Presidente tiene antecedentes de padecimientos cardiacos”, “las diversas versiones ofrecidas por el Gobierno resultan contradictorias”.

¡Pero claro que es legítimo especular! Que no es lo mismo que otros, como Adela Micha y el propio Riva Palacio, hicieron aludiendo supuestas fuentes anónimas “muy confiables”, y casi le ofrecieron a su audiencia diagnóstico y prognosis sobre el estado de salud del Mandatario y sólo hicieron el ridículo. 

No es lo mismo señalar inconsistencias en el flujo de información, recordar que hay un patrón recurrente de ocultamiento de la verdad y barajar hechos duros como los antecedentes médicos, para esbozar probables panoramas advirtiendo que no es más que eso, un ejercicio de prospectiva en tanto llega nueva información oficial.

La periodista Denise Maerker, sin embargo, no justifica dicha especulación y la recriminó a su colega. Muy bien.

Pero vamos a suponer que hubiesen transcurrido dos semanas sin ver al Presidente. O dos meses… O seis. Y que reiteradamente se nos informara con boletines ambiguos y contradictorios sobre el Mandatario de todos los mexicanos.

¿A partir de qué día sería legítimo comenzar a especular? 

Y no hablo de lanzar teorías descabelladas, sino escenarios desapasionados y razonables pero sobre todo, creados a partir de datos fehacientes.

Especular nunca se va a equiparar con el acto a veces heroico de informar, pero ante la opacidad gubernamental, es muy profesional en lo periodístico ofrecer al lector un contexto que le ayude a entender su realidad.

Gracias a la especulación, por ejemplo, podemos explicarnos por qué el afán de este gobierno por desarticular las instituciones autónomas. Porque ni modo que salga a declarar en las mañaneras que le molesta la rendición de cuentas y los contrapesos. Pero podemos inferir, gracias a su proceder, que su intención no es saludable para la vida democrática.

Gracias a la especulación podemos anticipar también hacia dónde nos conduce la militarización de la seguridad pública y de otras muchas funciones de la administración. No tenemos una declaración, desde luego, sino una colección de hechos a partir de los cuales construir un escenario que nos resulte congruente con la realidad. Y eso es especular también y es totalmente legítimo.

Me niego a desestimar la especulación como una práctica reprobable, si existe una manera de llevarla a cabo de manera responsable, justificada y útil. Y es de hecho la capacidad de imaginar escenarios, de plantearnos futuros posibles, un rasgo distintivo de nuestra especie que ha jugado un papel crucial en nuestra supervivencia.


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1 comentario en “El sagrado derecho de especular”

  1. Los profesionales de los medios de información, lo sepan o no, hacen periodismo. El buen periodismo se basa en cuidar la veracidad, checar y confirmar q lo q digo tiene bases. Especular entendido como mentir y decir idioteces termina en ridiculo. Sergio Sarmiento, Loret y muchos especuleros hacen el ridiculo por su evidente falta de ética y rigor periodistico.

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