Escrutinio
Rodrigo Morales M.
No soy historiador, pero no recuerdo que un Ejecutivo federal haya enviado, en un lapso corto, tres iniciativas constitucionales en materia electoral que hayan sido rechazadas o modificadas: posponer la aplicación de la prohibición a la reelección, el pretencioso plan A y el recortado plan B. Ello, desde mi punto de vista, documenta dudas legítimas sobre quién realmente ostenta el poder. Y quien o quienes sean, por cierto, han perdido mucha eficiencia.
Pero más allá de esa especulación palaciega, la presidenta ha insistido en que las iniciativas que ha presentado han obedecido a atender el mandato del pueblo, que ella solo es un instrumento para hacerle llegar al Legislativo las genuinas preocupaciones del soberano.
Pues bien, acaso habría que hacer cuentas para saber cuán mermado está el pueblo. Porque su voluntad está lejos de la artificial mayoría construida con trampas por el INE y el TEPJF. El mandato ha dejado de tener correlato legislativo. Tal vez habría que reconsiderar la estrategia de no dialogar ni en defensa propia. En fin.
Además del desgaste que la narrativa del mandato del pueblo está exhibiendo frente a la política real, otro punto de alerta debiera ser lo efímero y vulnerable de las negaciones oficiales. Me explico.
El día de ayer, la presidenta hubo de admitir que las imágenes difundidas de una mujer asoleándose en una ventana de Palacio Nacional sí se correspondían con hechos reales. En días previos, las agencias oficiales insistieron en que se trataba de inteligencia artificial, que la oposición estaba desesperada, etcétera.
Se trata, sin duda, de la más inocua de las negaciones, pero no es la única. El lamentable informe presentado el viernes pasado en torno a las desapariciones forzadas no solo tiene metodologías polémicas, sino que hace evidente la ausencia de diálogo empático con las organizaciones de víctimas y la existencia de un diagnóstico muy pobre: esta fase de desapariciones se debe a Calderón; ni la gestión de Peña, mucho menos la de López Obrador, explican nada de lo que hoy padecemos.
Un problema cuando se tienen diagnósticos tan ideologizados y métodos tan sectarios es que difícilmente se convence al auditorio más especializado. Es muy probable que el mensaje entre los suyos sea eficiente (esas son las cifras reales de desaparecidos; cualquier divergencia es producto de las oposiciones de siempre), pero en la comunidad nacional e internacional que lleva años dando seguimiento al endémico problema de las desapariciones forzadas, el informe solo aviva la preocupación. Nadie soluciona un problema si no lo reconoce.
Es una negación que no ataja el problema, sino que lo patea hacia adelante. El huachicol, las tragedias ambientales, los riesgos de la negociación del tratado comercial, la vulnerabilidad de las finanzas públicas, en fin, hay un largo listado de problemas que se pretenden atender con narrativa, con percepciones, no con gobierno.
El mandato del pueblo parece mermado legislativamente hablando; sin embargo, tres iniciativas constitucionales en materia electoral contrahechas no desaparecen el riesgo de la anulación democrática. Queda el recurso de las adecuaciones legales, y ahí la revancha puede ser devastadora.
Ojalá que, cuando llegue el día en que los problemas estallen y haya que dejar de controlar y empezar a gobernar, el diálogo y la negociación no estén demasiado atrofiados.
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