Por Horacio Cárdenas Zardoni
Cuando el presidente Porfirio Díaz decidió que México debería estar comunicado por ferrocarril, como lo estaban ya por esos tiempos algunos países europeos y desde luego los Estados Unidos, el proyecto era más que razonable, de hecho se inscribía en una tendencia mundial, que si nos ponemos un poco críticos a la vista de lo ocurrido décadas después y hasta hoy, no debió ser reemplazada por el automóvil y su necesidad de caminos asfaltados para que pueda circular.
Nos imaginamos a Porfirio Díaz en el mismo plan que el zar de todas las Rusias, cuando, según cuentan los libros de historia novelada, sus ingenieros, aterrorizados por su mal genio y sus violentos desplantes, le fueron a presentar el proyecto de lo que se convertiría en el Ferrocarril Transiberiano, el zar al dedicarle una mirada muy al desgaire a aquel mapa, preguntó aburridamente ¿y porqué tantas curvas?, a lo que el jefe de ingenieros le respondió, es que así es la orografía, hay muchas montañas, ríos y lagos, que hay que sortear, a lo que el gobernante respondió pidiendo un lápiz, con el que trazó una línea, más o menos recta, entre Moscú y Vladivostok: así lo quiero, dicen que dijo. Bueno, pues el presidente mexicano, no tan faramalloso, pero sí con visión de lo que quería, trazó lo que sería el gran proyecto del ferrocarril mexicano, con el que pretendía comunicar el país, de norte al centro, y del centro al sur, alcanzando las costas hacia el este y el oeste, en fin, un proyecto, repetimos el calificativo, visionario, uno que sin embargo caía dentro de lo posible desde el punto de vista de la ingeniería y de las posibilidades económicas de su gobierno.
Con todo lo que en México nos han hecho odiar a Porfirio Díaz, por afrancesado, por elitista, por dictador antidemocrático, tenemos la teoría de que fue el último gobernante que realmente quiso a México, quería elevarlo por encima de su pobreza, ignorancia, vicios y otros defectillos, para convertirlo en un país a la altura de los más desarrollados del tiempo. Una de las vergüenzas más lastimosas, es que durante casi todo el siglo pasado, las últimas vías férreas tendidas por el gobierno, fueron las de Don Porfirio, a todos los demás presidentes se les fue en planear, desear, tirar rollos, pero a la hora de tender vías, de eso nada.
¿Quién lo iba a decir?, quien retomó el desarrollo del ferrocarril, fue Andrés Manuel López Obrador con su proyecto de Tren Maya, mismo que no está terminado, y que definitivamente está muy lejos de lo que prometieron que iba a ser, en cuanto a extensión, número de trenes y corridas, combustible a utilizar, entre otras cosas, siendo la más destacable el asunto de la viabilidad del proyecto.
Porque una cosa es que a punta de gastar dinero, se hayan talado siete millones o más de árboles de una selva que se prometió no tocar, y otra cosa que el tren sea el negocio que se prometió que iba a ser, un negocio para el que además, se tenían altísimas expectativas, que nomás no se ven llegar por ningún lado.
En efecto, se dijo, se prometió, se vaticinó, que estando el tren maya funcionando, los turistas nacionales, pero sobre todo extranjeros, se volcarían a sus vagones para hacer los recorridos turísticos, se quedarían en los hoteles que la Secretaría de la Defensa Nacional construyó y administra sobre la ruta, se detonaría el comercio de artesanías, habría un montón de empleos para la gente de las zonas por las que pasa el tren, y el colmo de todas, se dijo con todas sus letras, que las utilidades que tuviera la operación del ferrocarril, concesionada también al Ejército Mexicano, serían para financiar las pensiones del personal militar…
Como los analistas no tienen nada que hacer, más que analizar lo que hace el gobierno, se fueron publicando a lo largo del sexenio pasado y ya en este, cálculos de cuánto debería costar cada boleto del tren, cuántos pasajeros tendría que transportar, cuántos viajes tendría que realizar diariamente, para que a la vuelta de tantos más cuántos años, se pudiera recuperar la inversión, y entonces sí, devuelto ese dinero a las arcas nacionales, el país pudiera disfrutar de una ganancia neta y limpia. Y pues nada, que el Tren Maya no transporta ni la cuarta parte de los pasajeros para los que tiene capacidad instalada… la capacidad instalada inicial, no la que se propuso que tendría después de ciertos años de funcionar, no, la gente no viaja en el Tren maya ni por la novedad, ni por el costo, ni por lo divertido del paseo, ni por nada.
Y es que… el proyecto no vamos a decir que fuera malo, de ninguna manera, lo que sí decimos es que se llevó a cabo con un siglo de retraso. Si lo hubiera construido Don Porfirio, si le hubieran dado continuidad los gobiernos que le siguieron, caray, capaz que aquella región del país que durante tantos años vivió en el abandono, bueno eso dicen los de la cuarta transformación, hubiera sido la médula espinal del desarrollo de la región. Cien años después, no es más que un proyecto necio, costoso, corrupto, y para acabarla, uno que hay que mantener funcionando con recursos públicos, porque ¿cómo darle la razón a los conservadores que se opusieron al mismo?
Todo esto viene a cuento porque ¿qué tanto paralelismo hay con el proyecto del tren que se proyecta construir entre la Ciudad de México y Nuevo Laredo, Tamaulipas, que nos afecta directamente, porque pasa por territorio coahuilense, donde según, se instalarán tres estaciones en la región sureste. Ya de por allí, tres estaciones a una distancia entre una y otra de más o menos quince kilómetros, nos parece un error demagógico y un pésimo cálculo, que redundará en la eficiencia del tren como gran conjunto, pues una ruta que pretende ser de alta velocidad, va a andar de guajolotero, parándose en cada municipio por donde pase. Un viaje a la frontera que debiera tardar, digamos diez horas, tardará catorce o más, por bajar y subir pasaje más todo lo que cargue este.
La triste experiencia nos dice que a la cuarta transformación y a su segundo advenimiento, el segundo piso, los negocios no le salen: no le salió el AIFA, no le salió el centro turístico Islas Marías, ni los hoteles y la ruta del Tren Maya, ¿qué probabilidad hay de que este, el que pase por Saltillo sí funcione como se espera? Poca.
Según están en la fase de estudios de factibilidad, ojalá, si sale que no es factible, que no será negocio, tengan el valor de decirlo y no gastar una fortuna en más obras inútiles, pero a ver
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