La expansión del cultivo de cítrico persa en el sur de Yucatán ha provocado una grave crisis socioambiental, marcada por la deforestación de miles de hectáreas de selva y el uso indiscriminado de agroquímicos que afectan la biodiversidad y la apicultura local. La producción intensiva ha impactado reservas naturales y especies en riesgo
Redacción Más
En los paisajes donde antes predominaban las milpas tradicionales y la selva maya, hoy se extienden amplias plantaciones de limón persa. En comunidades como Nohalal, en el municipio de Tekax, la deforestación ha transformado el entorno y el modo de vida de sus habitantes, generando preocupación entre quienes denuncian que el “diamante verde” de Yucatán está dejando tras de sí una estela de destrucción ambiental, contaminación y conflictos sociales.
De acuerdo con información publicada por Animal Político, el auge del cultivo de limón para exportación, principalmente a Estados Unidos y Japón, ha incentivado la tala y quema de miles de hectáreas de selva en el sur de Yucatán, particularmente en municipios como Tekax, Ticul, Tzucacab y Oxkutzcab.
Solo entre mayo y agosto de 2025, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) clausuró 25 predios equivalentes a más de 6 mil hectáreas de vegetación devastada, muchas de ellas dentro o cerca de áreas protegidas como la Reserva Estatal Biocultural del Puuc.

Los pobladores denuncian que empresas provenientes de estados como Colima, Michoacán y Veracruz han instalado empacadoras y huertas sin permisos, extrayendo agua de pozos comunitarios, utilizando agroquímicos peligrosos y operando fuera de la normatividad ambiental. “Todo se está haciendo sin control”, advirtió Blanca, habitante de Nohalal, quien teme represalias por hablar del tema. “Han destruido casi mil hectáreas aquí, y cada vez llegan más tractores y drones”.
Uno de los impactos más graves ha sido sobre la apicultura. En mayo de 2025, más de mil colmenas fueron afectadas por intoxicación masiva de abejas en la zona, tras fumigaciones nocturnas con fipronil, un insecticida considerado altamente peligroso. Investigadores del Colegio de la Frontera Sur (Ecosur) confirmaron que la sustancia detectada en las muestras superaba ampliamente la dosis letal, afectando no solo a abejas melíferas, sino también a especies nativas como la Xunan Kab’, emblema biocultural de la región.
Silvia Puc, meliponicultora con más de una década de experiencia, relató que en menos de un año ha perdido varias colmenas, lo que representa no solo un daño económico –estimado en más de 465 mil pesos por producción de miel, enjambres y servicios de polinización– sino también un duro golpe al ecosistema. “Están acabando con lo que tardamos años en construir. Usan químicos que matan todo”, lamentó.
La expansión del monocultivo de limón también ha afectado los corredores biológicos que conectan la selva maya con reservas como Calakmul y Balamkú, amenazando la existencia de especies en riesgo como el jaguar, el pavo ocelado y el venado cola blanca. La deforestación avanza sin control visible, y aunque Profepa ha clausurado terrenos, los habitantes aseguran que la tala continúa sin consecuencias penales para las empresas.
Además del daño ecológico, organizaciones locales y campesinos denuncian la compra irregular de tierras ejidales, sin asambleas ni procesos de consulta comunitaria, en muchos casos mediante intermediarios que ofrecen dinero, bebidas alcohólicas o promesas falsas a los comisarios. Blanca, una de las voces que ha documentado esta situación, afirma que se trata de una dinámica de especulación, corrupción y despojo.
A la problemática se suma la venta de lotes para huertas de inversión a través de empresas como Citrus Patrimonial, que promueven un modelo de negocio en redes sociales prometiendo rendimientos fiscales y certificados de plantación sin preocupaciones, ignorando completamente las implicaciones ambientales, sociales y legales del fenómeno. Pese a los intentos por obtener información sobre sus operaciones, la empresa no ha dado respuesta a solicitudes de transparencia.
Desde 2017, el modelo agroindustrial traído desde Campeche y Quintana Roo ha sido replicado en el sur de Yucatán, priorizando cultivos extensivos de limón con uso intensivo de agroquímicos. El resultado es una crisis socioambiental creciente que pone en riesgo los suelos, el agua, la biodiversidad y el bienestar de las comunidades rurales. Mientras el limón se consolida como un “oro verde” en los mercados internacionales, en el corazón de la selva maya se profundiza un conflicto entre desarrollo económico y preservación del territorio.
“El limón se volvió el nuevo oro verde, pero se está sembrando a costa de nuestra selva”, sentenció Blanca, mientras observa cómo su entorno se transforma, no por el progreso, sino por una devastación sin freno.