El INGENIO MÍNIMO               

Por Horacio Cárdenas Zardoni

Burocracia la hay en todos lados y probablemente desde que el primer Neanderthal se plantó detrás de un escritorio y obligó a todos los cromañones a pedirle las cosas por favor, humildemente y con una sonrisa, antes que el otro se decidiera a dejar su lonche de caribú asado, antes de proceder a atenerlos, por supuesto, para decirles que su trámite se iba a tardar.

Aun los países más avanzados del mundo sufren de esta plaga, que acá entre nos, circula por allí la teoría conspiracionista de que se trata de un virus que ha logrado colarse en el ADN de los servidores públicos. Son pocos los empleados de gobierno que procuran hacer las cosas lo más rápido posible, obsta decir que tan pronto localizan uno, lo aíslan y de ser posible, lo echan fuera, no vaya a ser que contamine al resto de la oficina, la delegación o la secretaría misma. Escritores que recordamos que han escrito sobre el tema de la burocracia, están Dostoyevski y Kafka, el primero sobre la del imperio ruso que era una cosita de miedo enfrentarse a la tramitología de los ministerios, y el segundo, que hasta su apellido se convirtió en calificativo de cuando un ciudadano se topa con una situación fuera de toda lógica y sentido, le llamamos kafkiana.

Para quienes no hemos salido de México, la burocracia nacastoche se nos hace de lo peor que puede existir en el planeta, aunque tampoco se trata de ponernos a comparar ni a competir, suficientemente malo es que tengamos que soportarla. Pero la idea que se hace uno de la siempre complicada burocracia en las oficinas públicas, ingenuos que somos, es que funciona, que sirve para que las cosas se hagan tal como se esperan, y que con tanto pasar, revisar y repasar, no debería írseles ni el más mínimo errorcito, sobre todo porque esa es su única función y se dedican a ella todo el día laboral, salvo las obvias pausas para platicar, alimentarse, descargar la vejiga, y otras que ni nos imaginamos que tienen autorizadas por la jerarquía gubernamental, que lo último en lo que pensaría es en enemistarse con los burócratas “que arrastran el lápiz”, que además, son los únicos que trabajan en la dependencia, sea la que sea de la que estamos hablando.

Pero de repente aparecen noticias que nos hacen dudar de todo lo que nos tenemos sabido de toda la vida. Allí tiene la que apareció hace pocos días en los medios de comunicación, seguramente neoliberales, fifís, conservadores, corruptos inmundos y hediondos, en el sentido de que nada más y nada menos que 155 mil 880 profesores en el sistema educativo oficial, no cuentan con el título profesional que los acredita como tales. De un universo de 2 millones 10 mil 989 maestros, esto nos da como resultado que hay alrededor de un 7 u 8% de personas que se encuentran en una situación de excepción.

Y aquí es donde nos volvemos a referir a la burocracia y sus necedades, para obtener una plaza de profesor en el sistema educativo oficial, como también a los planteles particulares que dan de alta sus plantillas ante la autoridad educativa, se piensa, se cree, se supone que no hay la posibilidad de ninguna clase de excepción: o trae la papelería completa, o ni siquiera la señorita o el señor de la ventanilla le dan entrada a su solicitud, tan sencillo como eso.

Bueno, así lo entendemos nosotros que hemos ido a hacer trámites a las oficinas públicas, sea para sacar una licencia de manejo, un título profesional, para ver el estado de una propiedad que quiere comprar, si no está todo completo, va para atrás.

¿entonces cómo es que casi 156 mil individuos e individuas se lograron colar a las nóminas magisteriales, habiendo tanto burócrata vigilando?, simplemente no nos cabe, o no debería cabernos en la cabeza.

Sabemos que mucho de lo que ocurre en las dependencias gubernamentales tiene que ver con la intervención, indebida en nuestra opinión, de los sindicatos en la toma de decisiones de a quienes se dan las plazas y a quienes se les niegan. Es sabido que en el Seguro Social, en Petróleos Mexicanos, incluso en Educación Pública, son los sindicatos los que llevan mano en la asignación de plazas, trámite que es exclusivamente del patrón que contrata y pagará la plaza durante las siguientes tres décadas, más la consiguiente jubilación, pero por esos azares del manejo del poder público en México, se les cedió amablemente a los sindicatos de cada área, para que ellos hicieran lo conducente, se entiende, seleccionar a los mejores candidatos y candidatas, ah y también candidates para que no nos tachen de no inclusive, para cubrir las plazas de nueva creación o las que se van quedando vacantes por renuncia, jubilación o pensión. Y allí es donde entra el tejemaneje, que ha llevado al gobierno a convertirse en un ente obeso, ineficiente, altamente corrupto, pero con unas influencias y unas ínfulas, que aguas.

Sí, porque el darle una plaza a un hijo, yerno, nuera, sobrino, compadre, mina la efectividad que tendrá el nuevo trabajador como parte de la institución a la que se incorpora. Claro, hay gente responsable que se desempeñará más que adecuadamente, y que cumplirá con la totalidad de los requisitos que se le exijan, pero estos son más bien la excepción a la regla, de hecho hasta avergonzados se han de sentir de tener que echar mano de la corrupción para obtener el empleo, pero es que a veces es la única posibilidad que se les concede. Y están los otros, los que precisamente por carecer de algún papel, de la formación, de los requisitos mínimos establecidos, es por lo que apelan al amiguismo, compadrazgo, sindicalismo, y logran entrar a donde no deberían jamás haber puesto un pie.

Lo que son las cosas. El pazguato de Enrique Peña Nieto, fue el que impulsó una reforma educativa que de educativo tenía poco, pero sí bastante de ganas de reordenar al personal que trabaja y cobra en la Secretaría de Educación Pública. en el último tranco de su mesurado sexenio, se despidió a mucha gente, se reubicó a otros en áreas en las que no estuvieran desempeñando funciones que estaban por encima de su capacidad o de su formación, hasta de los recursos que se les dieron para acreditar la capacidad, nada. Se les puso a buen recaudo… fuera del sistema educativo, lejos de los salones de clase y de los alumnos, ¿y qué creen que hizo Andrés Manuel López Obrados nomás llegando?, revertir esa supuesta injusticia, y devolverlos a las aulas, sin que tuvieran que demostrar que habían subsanado los impedimentos que tenían antes. No, ellos eran las víctimas y había que darles todas las oportunidades posibles. Y ahora la pregunta ¿cuántos de esos 156 mil profesores que no tienen título profesional de maestros, están en este caso?, le ponemos una todavía más espeluznante ¿cuántos de los profesores que le dan clases a sus hijos, a sus nietos, a sus sobrinos, no están habilitados para ser maestros?, y llegamos a la final, nomás por poner un alto, ¿qué les estarán enseñando a los alumnos y de qué manera?

Pero bueno, para gobernar o legislar no se piden grandes requisitos, ¿porqué habría de ser diferente para quienes trabajan de maestros?, y ahora sí, a pagar todos las consecuencias.


Descubre más desde Más Información

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde Más Información

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo