Por Marco Campos Mena
Tras tres décadas de crecimiento constante, en las que el sector industrial fue el gran motor que impulsó el desarrollo y el ingreso de miles de familias, hoy surge una pregunta inevitable: ¿estamos llegando al final de esa era?
Durante años, factores como la globalización, el ‘nearshoring’ y la llegada de grandes inversiones permitieron que regiones industriales como el sureste de Coahuila vivieran un dinamismo económico sostenido. Sin embargo, ese modelo comienza a mostrar señales claras de agotamiento, tanto por factores nacionales como internacionales.
Empezando por lo local, Saltillo enfrenta una burbuja inflacionaria difícil de sostener. Hoy es una de las ciudades más caras del país, pero los ingresos no han crecido al mismo ritmo. El costo de vida se ha disparado, especialmente en vivienda. Una casa pequeña puede superar fácilmente el millón de pesos, una cifra inalcanzable para una gran parte de la clase obrera que percibe entre 10 y 15 mil pesos mensuales, apenas por encima del salario mínimo.
Las aportaciones al seguro social ya no alcanzan, y aunque existen esquemas para unir dos o más créditos, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿a qué costo en calidad de vida?
Para muchas familias, hoy resulta indispensable que ambos integrantes de la pareja trabajen para poder sostener un hogar. Y no basta con la jornada formal: se buscan horas extras, segundos empleos o ingresos alternos. Basta recorrer cualquier colonia para observar pequeños negocios improvisados: venta de comida, reventa de productos, comercio informal o incluso compras en Estados Unidos para su posterior reventa. Todo esto es una señal clara de que un solo ingreso ya no es suficiente para sostener lo que muchos aún consideran “clase media”.
A este panorama se suma un factor que conecta lo local con lo internacional: el inicio de una etapa de despidos en sectores que antes se consideraban estables y bien remunerados. Aunque las cifras aún parecen pequeñas en proporción al empleo total del estado, su impacto es profundo.
El caso de General Motors es un ejemplo claro. El despido de aproximadamente 1,900 trabajadores directos implica, por efecto dominó, la pérdida de hasta cinco empleos indirectos por cada uno de ellos. Esto significa que entre 7 y 10 mil personas podrían verse afectadas de manera directa o indirecta.
El problema no termina ahí. Cada empleo perdido reduce el consumo, afecta a proveedores, comercios, servicios y pequeños negocios. Incluso una baja del 1% o 2% en ventas ya representa un golpe significativo. A esto se suma el miedo y la incertidumbre: cuando las personas temen perder su empleo, dejan de gastar y comienzan a ahorrar, frenando aún más la economía local.
Algunos dirán que este es el momento de emprender. Y puede ser cierto, pero emprender en tiempos de crisis es un arma de doble filo. Puede convertirse en una gran oportunidad o en una carga insostenible si no hay ventas suficientes. Los modelos tradicionales ya no garantizan éxito, y el riesgo es cada vez mayor.
En este contexto aparece otro actor clave: la inteligencia artificial. Sin duda, representa una de las mayores transformaciones económicas de esta década. Puede generar nuevas oportunidades, nuevos millonarios y nuevas formas de empleo. Pero también está desplazando oficios y servicios tradicionales. Hoy muchas personas prefieren resolver asesorías, consultas o problemas cotidianos mediante inteligencia artificial para ahorrar dinero. A nivel individual puede ser una ventaja, pero a nivel económico reduce el movimiento de sectores completos.
Esto abre una pregunta incómoda: ¿estamos presenciando la agonía de una parte de la clase media? Tal vez no su desaparición total, pero sí una transformación profunda. Mal aplicada, la inteligencia artificial puede desincentivar el estudio, cerrar negocios y reducir oportunidades laborales. Bien utilizada, puede abrir caminos completamente nuevos. La diferencia estará en la preparación y la adaptación.
Finalmente, el escenario internacional también juega en contra. El regreso de políticas proteccionistas en Estados Unidos, impulsadas por Donald Trump, está atrayendo armadoras de regreso a su territorio con la promesa de evitar aranceles y ofrecer incentivos fiscales. Esto implica el cierre o reducción de operaciones en México, afectando directamente a regiones industriales como Coahuila.
Si sumamos despidos, relocalización de empresas y automatización acelerada, el dinamismo al que estábamos acostumbrados claramente se está modificando.
¿Es esto necesariamente malo? No del todo. Los cambios no siempre significan retroceso; muchas veces abren la puerta a nuevas dinámicas económicas. El reto está en reconocer que el modelo anterior ya no es suficiente y que adaptarse no es una opción, sino una necesidad.
Durante mucho tiempo se nos hizo creer que tener una población cada vez más grande era sinónimo de progreso. Que una ciudad en crecimiento era una ciudad exitosa. Hoy, la realidad nos obliga a cuestionar esa idea.
Una población creciente no siempre es una bendición; muchas veces se convierte en un problema mucho mayor de lo que estamos dispuestos a reconocer.
Basta recordar lo ocurrido con la Ciudad de México. El crecimiento desmedido trajo consigo la pérdida del bienestar, la reducción de la calidad de vida, la lucha constante por el poco terreno disponible y por recursos cada vez más limitados. El resultado ha sido inflación, estrés crónico, inseguridad, malestar social y un deterioro acelerado de la salud.
Saltillo no es ajeno a este fenómeno. Aunque el crecimiento poblacional suele celebrarse como señal de bonanza, las cifras y la realidad cotidiana cuentan otra historia. Hoy vemos personas que ya no llegan a los 70 u 80 años; cada vez es más común que mueran a los 40 o 50, víctimas de altos niveles de estrés, jornadas interminables y una vida acelerada que exige resolver de cinco a diez problemas en lapsos cada vez más cortos.
El tráfico, la presión laboral, la competencia constante y la falta de tiempo han convertido a esta época (paradójicamente llena de comodidades) en una de las más estresantes de la historia.
Vivimos rápido, producimos rápido, consumimos rápido, pero hemos dejado de vivir de manera consciente. La urgencia permanente nos está robando algo esencial: la capacidad de disfrutar el día a día.
Si miramos hacia los próximos 30 años, el panorama es claro: el futuro no apunta a más población, sino a menos. Llevamos más de medio siglo en un estado de sobrepoblación. Desde la década de los setenta se alcanzó el límite de los recursos naturales disponibles, y desde entonces hemos vivido de la sobreexplotación.
Ganadería intensiva, agricultura forzada, estrés hídrico y la búsqueda desesperada de soluciones como los transgénicos y energías alternativas son síntomas de un modelo agotado. Todo ello ha transformado nuestra forma de vida: menos orgánica, más artificial y, en muchos casos, más nociva para la salud.
Este fin del boom de crecimiento no será igual para todos. Para algunos representará pérdidas importantes: el valor de las viviendas podría caer por primera vez en décadas. Pero para otros será una oportunidad largamente esperada. Menor demanda puede significar precios más accesibles y, finalmente, la posibilidad real de adquirir una casa propia.
Lo que aún no sabemos es si las instituciones financieras resistirán el impacto. Los bancos, ante escenarios de incertidumbre, suelen endurecer el acceso al crédito. Y en el caso del Infonavit, existe una preocupación legítima sobre su capacidad futura para seguir apoyando a los trabajadores, considerando los movimientos financieros que ha enfrentado en los últimos años. Ojalá no se repita la historia de desaparecer instituciones para sustituirlas por programas improvisados y de corto plazo.
Lo cierto es que este modelo ha llegado a un punto en el que ya no resulta beneficioso para la mayoría. Una ciudad grande no es necesariamente una ciudad mejor. Tal vez por eso cada vez más personas confiesan que su verdadero sueño ya no es vivir en una metrópoli, sino en un pueblo pequeño, con menos ruido, menos prisa y más vida.
La pregunta queda abierta: ¿queremos seguir creciendo, o queremos empezar a vivir mejor?
Tal vez no estamos frente al fin del crecimiento, sino frente al momento histórico en el que debemos decidir si seguimos creciendo… o empezamos, por fin, a vivir.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
