Manuel Fragoso Álvarez
La delgada línea entre la ficción y la realidad es un límite subjetivo, que cuando desaparece, las historias imaginadas logran explicar verdades profundas de nuestra vida cotidiana. La ficción utiliza la imaginación para construir narrativas que, aunque inventadas a menudo reflejan o imitan la naturaleza humana y el mundo real. Autores como Albert Camus han sugerido que «la ficción es la mentira por la cual decimos la verdad», en la era actual, esta línea se vuelve aún más fina debido a las noticias fuera de contexto o las noticias falsas (fake news), donde la simulación puede llegar a ser percibida como verdad.
En un programa de televisión llamado Black Mirror, serie distópica estrenada en 2016 en una de esas plataformas de moda, y cuyo título fue; «Caída en picada», ya hablaban de algo que ahora se ha dado en llamar “El crédito social” y esto consistía en que la protagonista, una mujer obsesionada por un status social alto en una sociedad en donde cada interacción humana se calificaba de una a cinco estrellas, de acuerdo al comportamiento, por ejemplo: si no saludabas, o no le caías bien a tu vecino, o al mesero que te servía, al taxista que te llevaba o no le abrías la puerta a alguien, recibías una baja calificación y si tenías menos de 4.5 en estrellas, no tenías acceso a una buena vivienda, o descuentos en vuelos, entrar a buenos restaurantes, y si bajabas más que eso, digamos a un dos o tres “estrellas” te podían, incluso, despedir de tu trabajo, borrar tu dinero y convertirte en un paria social.
¿Crítica hacia la falsedad de las redes sociales? O simplemente algo que tenía que suceder más pronto que tarde, al basar nuestras actuaciones en “caerle bien” a la gente. De hecho, varios gobiernos y empresas ahora “navegan” en esta red de redes, para ver y analizar tus perfiles sociales, consumistas o políticos para así saber más de ti y de tu vida y darte o no empleo o un crédito.
El Sistema de Crédito Social Chino (SCS) evolucionó a partir de sistemas históricos de confianza e integridad, bajo la presidencia de Xi Jinping, con el objetivo de mejorar la transparencia y el cumplimiento normativo en toda la sociedad mediante un sistema de recompensas y sanciones. Si bien el SCS busca mejorar la confianza social y reducir la corrupción, “plantea importantes preocupaciones sobre la privacidad, la seguridad de los datos y las libertades individuales”.
Pero los chinos lo han elevado a un nivel tan elevado que está causando estragos (sobre todo en los jóvenes) en una sociedad tan tecnológicamente avanzada, ya que el gobierno ha implementado sistemas que evalúan la «confiabilidad» de sus ciudadanos basándose en su comportamiento utilizando para ello un control de premios y castigos, por ejemplo: pagar tus deudas a tiempo, donar sangre o elogiar al gobierno suben tus puntos pero, las Infracciones de tráfico, fumar en zonas prohibidas o criticar al régimen te los tumban y quienes tienen puntajes bajos pueden ser incluidos en «listas negras» que les impedirán comprar boletos de tren, avión, obtener préstamos, vivir en un buen lugar o inscribir a sus hijos en mejores escuelas.
Este Sistema de Crédito Social, diseñado para evaluar el comportamiento ciudadano, comienza a mostrar uno de sus lados más severos: la exclusión social total y ya miles de jóvenes han sido incorporados a estas famosa listas negras que limitan su acceso a servicios bancarios, empleo formal, renta de vivienda y hasta movilidad dentro del país. En la práctica, estas personas quedan fuera del sistema económico y social.
Este caso abre un debate mundial sobre hasta qué punto la tecnología debe intervenir en la vida personal y el acceso a derechos básicos, ya que este modelo representa un riesgo para los derechos humanos, al combinar vigilancia masiva con castigos administrativos automáticos. ¿Esto les suena conocido o es simple coincidencia?
El mismo CEO de Instagram admitió que este episodio de Black Mirror, influyó en su decisión de probar la eliminación del recuento público de «likes» para reducir la presión social sobre los usuarios.
Con la nueva Curp o como se llame, y el uso de nuestros datos biométricos, así como la adición de nuestra información personal a la red telefónica (que por cierto fue suspendida por una orden de la Corte) genera, según los expertos en informática una dependencia significativa de terceros (empresas, gobiernos, plataformas tecnológicas), lo que puede condicionar la vida diaria de las personas y su capacidad de actuación, basándose en la fiabilidad y las políticas de seguridad que aduce el gobierno.
Al “entregar” nuestros datos biométricos: huella, Iris, rostro que son inmutables, quedamos a merced de la seguridad de quienes los custodian. Si un sistema de autenticación falla o tiene errores de precisión, no hay red o está fuera de servicio, las personas no podrán acceder a sus propias cuentas, documentos o servicios esenciales. La centralización de estos datos, como la creación de bases de datos gubernamentales puede facilitar el rastreo en tiempo real y la vigilancia, lo que pone la privacidad del ciudadano en manos del estado y sus aparatos de disuasión. Con el acceso a datos biométricos robados se puede acceder a cuentas bancarias, de salud u otros, obligando al titular a depender de la validación de terceros para recuperar su identidad.
¿Te parece que estos sistemas ayudan a mejorar la convivencia y/o la seguridad, o crees que son un paso hacia una distopía real?
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