Horacio Cárdenas Zardoni
Siempre nos ha hecho ruido el término supremacía. Será que en nuestra adolescencia fuimos fanáticos de los corridos revolucionarios, y que en la casa, vaya usted a saber cómo o cuándo, llegó a caer un álbum de siete o no se cuantos discos de corridos narrados por Ignacio López Tarso, sería por la manera de contarlos, el caso es que de inmediato nos alineamos con los revolucionarios que gritaban “muera el supremo gobierno”, en contra de los “federales”, que allí donde llegaban, justificaban sus acciones, todas ellas arbitrarias contra mujeres, hombres, ancianos y niños, a nombre, precisamente, de aquel supremo gobierno. De allí nos viene la tirria a un gobierno que los “buenos”, el pueblo sabio de entonces, calificaban de dictatorial, y que encima de todo, se vanagloriaba de ser supremo. Pues con todo y su supremacía, las bandas de desarrapados se las ingeniaron para ponerlo al borde de la anarquía. Unos dicen que ganaron, se habla del triunfo de la revolución, no de la derrota ni de la negociación de la revolución, mientras que otros de cabeza más fría, piensan que los mismos de siempre ganaron, y los de siempre, perdieron, pero ese discurso no resulta políticamente conveniente para nadie, así que lo confinan a los libros que nadie quiere publicar y menos todavía leer.
Para no errarla, digo, no somos senadores de la república “emanados” de MORENA, sea eso lo que sea, lo de emanar y lo de morena también, acudimos al Diccionario de la lengua española en su edición del tricentenario, de la Real Academia Española, y como no podía ser de otra manera, no nos falló Supremacía tiene dos acepciones: la primera es Grado supremo en cualquier línea… Nikito Nipongo hubiera estado feliz de leer esta entrada del diccionario de la RAE, que no dice nada, y bueno, la segunda puede ser que sí arroje algo de luz sobre el tema: Preeminencia, superioridad jerárquica, allí lo que destaca es lo de superioridad… pues automáticamente nos remite a la idea de que unos están abajo y otros están arriba, supremamente arriba, que es como lo más arriba de lo arriba, y la parte de referirse a una jerarquía, con lo que ya no deja espacio para dudas de que si en algún momento fuimos iguales… ya no.
Siguiendo el desesperante juego del diccionario, buscamos el significado de supremo, que en su primera acepción, muy humilde, muy democrática, dice que es Altísimo o enorme, y nos ofrece como sinónimos: superior, sumo, máximo, culminante, sobresaliente, eminente, extraordinario, excelso, sublime, elevado, preexcelso, bacán, bacano, de los cuales el de preexcelso nos parece que le viene como anillo al dedo a ciertos personajes que se siguen diciendo de izquierda, pero que se comportan poco menos que como pertenecientes a alguna dinastía de sangre, si no es que tocada por el dedo de dios, a ver si les gusta como para adoptarla en el trato diario con el peladaje.
Según Juan Carlos Riofrío, en su libro Alcance y límites del principio de jerarquía, la supremacía constitucional es “un principio teórico del Derecho constitucional que postula, originalmente, ubicar la Constitución de un país jerárquicamente por encima de todo el ordenamiento jurídico de esa nación, considerándola como Ley Suprema del Estado y fundamento del sistema jurídico”. No suena nada mal, todavía se maneja en términos de la teoría y la práctica, en un ambiente en el que la ley es la ley, algo que comprenden todos los integrantes de una sociedad, incluyendo a aquellos que de repente en un gesto de mesianismo maniqueo, mandan al demonio a las instituciones.
Tanto criticar a los conservadores, a la mafia del poder, al PRIAN, criticar a los poderes públicos y a las instituciones que lo componen, para terminar comportándose exactamente igual a ellos, o no, mucho peor que ellos, pues mientras que el sistema democrático, republicano, representativo y equilibrado en tres poderes, quedó en un solo poder al que los otros dos se tienen que plegar.
Baste de muestra un botón, la presidenta Claudia Sheinbaum pidió, consultó con los legisladores, con los morenistas en el senado de la república si lo que había ordenado, sí con esa palabra, una juez, en el sentido de que se retirara del Diario Oficial de la Federación la reforma judicial, y el senado obedientemente le respondió que no jefa, usted tiene la razón, y la jueza puede irse a freír espárragos una vez que salga su nombre sorteado en la tómbola, y sea sustituida por algún abogado recién egresado, pero eso sí, que traiga sus cinco cartas de recomendación, tenga suficiente labia y sea mínimamente carita, como para que el pueblo vote por él (o ella, o elle). ¿Existe o existía el procedimiento de consultas, además lanzadas de palabra en la desmañanera, y pescadas al vuelo por la caterva de quedabien incrustados en el poder legislativo?, es la primera vez que lo escuchamos, pero bueno, son cosas del gobierno de la transformación.
Dice Juan Carlos Riofrío que “el principio de supremacía constitucional es parte de un principio más general del derecho, llamado principio de jerarquía”, y que este principio tiene dos funciones: una positiva, de fundamentar lo inferior, y otra negativa, de hacer caer, anular o dejar sin efectos a aquello inferior que se le oponga. Y aquí es donde nos vemos finalmente las caras. Muchas ocasiones sucedió, acá en los gobiernos estatales, que una norma local que contravenía la constitución, automáticamente era anulada, por el hecho nada simple de ser anticonstitucional. Podría ser necesaria, buena, útil, pero si iba contra la norma suprema, va para atrás.
Bueno, pues ahora de lo que se trata es que la norma se quede para siempre, que lo que decida la presidencia y que le apruebe un congreso ideológica o partidistamente afín, se quede por los siglos de los siglos. Ese es el riesgo que está corriendo México en estos momentos aciagos, lo que no fue en los momentos más rudos del priísmo, y mire que lo era, lo está siendo ahora en el segundo piso de la república del amor, como se llamó a sí misma efímeramente la cuarta transformación, se está convirtiendo ante nuestros ojos en un gobierno dictatorial, autoritario, inapelable, intransigente, en una palabra… supremo, pero no en el sentido enaltecedor del derecho o la semántica, sino del aplastante porfirismo al que se parece cada vez más con cada día que pasa.
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