Por Enrique Abasolo
Parece casi increíble que haya necesidad de hacer este tipo de precisiones sobre la todavía reciente jornada electoral.
Y digo “casi” porque el sesgo de confirmación es uno de los rasgos de debilidad humana más frecuentes de nuestra naturaleza; que de otra manera no nos explicaríamos por qué una misma realidad nos arroja versiones tan irreconciliables.
Para entender, en un nivel muy básico, lo acontecido el resultado del pasado 2 de junio, vamos a poner la elección presidencial en términos de una lucha cuerpo a cuerpo entre dos peleadores.
El detalle más evidente (y el que en realidad determina el resultado) es la diferencia de peso entre ambos gladiadores: Mientras uno es un animal de casi dos metros y 130 kilos de músculo y grasa, el otro era un retaco de 65 kilos, anémico, demacrado; que no sólo estaba por debajo del peso reglamentario, sino que estaba peligrosamente excedido en su edad como por 30 años.
Una contienda así no podía ser más dispareja y el resultado más anticipable. Hacerse los sorprendidos la verdad es de cretinos.
Si nos quedamos con esta lectura de lo superficial, podríamos decir incluso que el enfrentamiento fue justo y fue legal: Ganó sencillamente aquel que se presentó a la arena en las mejores condiciones físicas y mentales.
Pero deme un minuto antes de ceñir las sienes del vencedor con una corona de laurel.
Resulta que, no obstante su más que evidente superioridad física, el campeón es un arsenal de mañas, tretas sucias y chapucerías, de las cuales hizo gala durante toda la contienda.
¡Ah, caray! Como que desluce bastante su de por sí poco emocionante triunfo. Incluso para muchos lo invalida (¡Nosotros no lo vamos a impugnar aquí, calma, amigue chairix!).
No se entiende por qué, si llegó en tan formidable ventaja, el campeón se vio en la necesidad de recurrir a las peores prácticas de la disciplina. ¿Así de inseguro? ¡Semejante mastodonte y no pudo enfrentar al alfeñique sin echar mano de golpes bajos!
Bueno, pero pese a todo, el enfrentamiento es sancionado por los jueces y se declara perfectamente legal. ¡Tenemos campeón para rato!
Espere… ¡Qué! ¿Que el campeón dio positivo a esteroides anabólicos, betabloqueantes, glucocorticoides y hasta cannabinoides? ¡Total, que el gladiador trae más sustancias que el pollo y anda más alterado que los corridos de narcos!
Y no me lo va a creer, pero aún así, con todo y todo, el comité disciplinario declaró que no hay falta que perseguir y ratificó el triunfo de nuestro súper atleta vencedor.
Bueno, la victoria es legal porque así lo declaró la autoridad competente. No tenemos los medios para revertir este fallo. Así que como buenos aficionados, hemos de aceptarlo (o no), pero independientemente de nuestro juicio el campeón es el campeón.
Queda ya a criterio de cada uno de nosotros si es que acaso ensalzamos, aplaudimos y vitoreamos a un atleta de tan dudosa virtud y si glorificamos a un enfrentamiento de tan pobre calidad y lleno de aristas.
Desde luego, para el fanático a ultranza lo único importante es ver ganar a su favorito, a costa de lo que sea, al precio que sea. No le importa el juego, el deporte, tampoco la calidad de lo que consume. El chiste es vestir la camiseta con los colores de la victoria y si se puede, por qué no, humillar al adversario.
Usted juzgue si vale la pena pasar por alto tantos señalamientos, engañar a su propio criterio (o hacer como que lo engaña), cerrar los ojos, entrar en disonancia cognitiva y franca contradicción, hacerse pendejo pues, con tal de participar de alguna forma de la gloria y la celebración de un peleador vicioso, ventajoso y chapucero que ni en el mundo lo hace.
¿Es éste su caso? Espero que no.
Ahora bien, dadas las circunstancias antes descritas, los entusiastas del oponente retador quizás estarían tentados a suponer, a pensar, a considerar que si bien, en el combate fueron poco menos que atropellados, de alguna forma se alzan con alguna especie de victoria moral.
¡Pero ni de chiste!
No caiga, se lo suplico, en la falacia autocomplaciente de que sólo por salir valientemente en condiciones tan adversas, el oponente en automático se bañó con honor y gallardía.
No se atreva a hacer de esto una analogía de David contra Goliat, en la que el retador salió a defender todo lo que es bueno y justo, pese a la enorme desventaja con respecto al gigante filisteo. No suponga que sólo por eso, el esfuerzo del oponente se vio ennoblecido, porque no es así.
Si el retador no estaba en forma, si ni siquiera por peso se encontraba dentro de la misma liga que el campeón, es su más completa responsabilidad. Tuvo material y literalmente años para prepararse, para entrenar, para ganar masa muscular, para construir una estrategia. En cambio, al cuarto para las doce agarró el primer calzón colorido que vio y se lo colocó como máscara antes de salir al cuadrilátero.
El oponente se dedicó a cualquier cosa en todo estos años excepto a trabajar en su físico y en sus habilidades.
Si estaba anémico y bajo de peso es porque se prodiga excesos insalubres, porque no se cuida ni se alimenta debidamente, no obstante tiene un considerable presupuesto para ello.
Si está viejo y apolillado, pudo ser de hecho una ventaja, dada la experiencia ganada en sus glorias pasadas, en cambio salió a pelear con la pericia de un novato y los nervios de un debutante.
Las mañas que le aplicaron tampoco le son en absoluto desconocidas. El oponente las utilizó durante décadas en sus mejores años. ¡Muchas de hecho son de su propia invención! Tampoco es un peleador que se haya hecho de su reputación por jugar limpio. Así que no me vengan con el cuento de la superioridad moral. El retador es igual de rudo, cochino y tramposo, sólo que ahora ni chance le dieron de persignarse antes del combate.
No se confunda por favor. Aunque hay mucha bajeza y señalamientos en el triunfo del campeón, no hay absolutamente nada que ennoblezca la derrota del retador.
Alguien tenía que llevarse el título y eso fue todo. No hay nada de que enorgullecerse tras aplastar a un insecto con maliciosa ventaja, como tampoco hay ningún mérito en ser un insecto sin imaginación ni táctica.
Siéntase libre de celebrar la victoria del campeón; o de experimentar la superioridad por la causa del retador.
Yo veo dos derrotas de dos deplorables gladiadores que no tendrían una sola oportunidad en un circuito de verdad.
Dos derrotas… Tres, si contamos los recursos, las pasiones y los años perdidos del respetable.
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