Héctor A. Gil Müller
El Apóstol Pablo describió en Filipenses 4:7 un mensaje suficiente que describe
nuestra necesidad y también la suplencia a la misma; “Y la paz de Dios, que
sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros
pensamientos en Cristo Jesús”.
El gran predicador Charles Spurgeon respondería a la pregunta ¿Qué es la paz de
Dios?; “La calma sin variación de un Dios infinitamente feliz, la compostura eterna
del Dios que está absolutamente contento.”
Una paz que sobrepasa todo entendimiento significa una paz que se puede sentir y
disfrutar más no comprender. En momentos de intenso dolor en los que resultaría
increíble concebir siquiera la noción de paz, encontramos evidencias que la
describen. Es la paz que se susurra en las oraciones que se invocan en los solitarios
cuartos de espera en un hospital, en los fríos velatorios, en pasillos que encierran
tanto dolor y angustia y sin embargo, podemos ser testigos de una paz sobrenatural.
Necesitamos guardar nuestros corazones, con sus emociones, sueños y
sensaciones, pero también necesitamos guardar nuestros pensamientos. Esta paz
de Dios no solo llena el corazón dolido, sino también la mente que cabalga.
El corazón es atacado, con dolor, por los pensamientos. Aunque el corazón se
empeña en cuidar su paz, aparecen en la mente humana la preocupación, decenas
o cientos de preguntas empiezan a vagar en la mente con un solo objetivo, robar la
paz. Son los pensamientos los que mueven la conducta. Los momentos difíciles,
que han quedado atrás por el paso del tiempo, son los pensamientos, como duros
aguijones que los reviven trayendo las sensaciones que el tiempo se empeña en
ocultar. La memoria no siempre es un aliado, puede ser un verdugo que recuerda,
no solo la existencia de las cicatrices, sino el dolor de las heridas. Heridas que ya
no sangran pero que siguen doliendo. Que difícil es el ser humano que en medio de
la paz, pensamos que pueda venir la guerra, que en medio de la alegría pensemos
en la tristeza, que en medio de la salud, pensemos que pasará.
Como el proverbista afirmó: “Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre;
Mas el consejo de Jehová permanecerá”. Sobre nuestros pensamientos está Dios,
y su paz se proyecta no solo en el alma humana, que es el centro de nuestra
humanidad, o en el corazón mismo para verse reflejado en nuestra conducta, una
paz que aquieta los sollozos, sino también se proyecta en los pensamientos que
impiden la curación. Porque el corazón herido se quebranta y la paz lo sana, la paz
que guarda esos pensamientos es parte de la terapia.
Describirnos por igual, en corazón y pensamientos, es reconocer la naturaleza
humana, que perpetuamente crece y aprende, sentimos y traemos con la mente
aquello que se siente. La mente con sus pensamientos se adelanta incluso a las
circunstancias con osadía o con cobardía. Pesimista u optimista, cierta o incierta.
Saber que la paz también guarda nuestros pensamientos, es tranquilidad y certeza.
30 años antes de que se escribiera por Pablo la carta, Jesús resucitado hablaría a
sus discípulos: Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces,
espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis
turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?
Nuestra naturaleza trae a nuestro corazón pensamientos difíciles, ellos también se
someten a una paz de Dios, imposible de describir en palabras, pero sí como el
recuerdo que en los momentos más difíciles no se piensa en mal, sino en una paz
que guarda nuestros sentimientos por los pensamientos. Una esperanza en la que
se callan no solo los dolores sino también todas las preguntas que atacan al alma,
una confianza que rompe la preocupación, una paz que sobrepasa todo
entendimiento.
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