Reglas de oro de la comunicación
Por: Darío Mendoza A
Los líderes políticos más sobresalientes e inspiradores tienen como principal herramienta su comunicación personal. Tienen una causa, la expresan, pero también cuidan el cómo la difunden. Es decir, la comunicación política tiene un fondo y una forma. El fondo es el mensaje; la forma es el cómo se dice ese mensaje. La forma ayuda a transmitir de manera efectiva el fondo.
¿Qué es lo que falla en muchos aspirantes a candidatos o a los que desean convertirse en líderes políticos? En primer lugar, deben tener muy clara su causa, su mensaje, su evangelio, es decir, un fondo. Pero eso no basta, un fondo sin forma hará que el mensaje, por muy bueno que sea, no tenga impacto y no inspire a nadie.
Sin embargo, hay que decir también que la forma de comunicar, por muy bien diseñada que esté, que se formule de manera creativa, si carece de fondo, tendrá como consecuencia la falta de credibilidad. Sera llamativa, pero no confiable. Y esto es lo que suele pasar cuando los protagonistas políticos buscan más su lucimiento personal, que comunicar con honestidad el valor de su causa, porque tal vez ni la tengan.
Y esto suele pasar la mayor parte de las veces entre los dirigentes y burocracias en el quehacer político. La raíz de esta falla se encuentra en la falta de conocimiento de uno mismo, ni siquiera somos capaces de identificar las verdaderas intenciones detrás de nuestras acciones.
Conocemos la frase “conócete a ti mismo” pero no la entendemos en realidad. El mundo del poder político está lleno de personas que saben mucho, pero entienden poco.
Las tres reglas de oro de la comunicación política son:
Las crisis que viven las sociedades actuales es la falta de convicciones sólidas, los liderazgos creíbles e inspiradores. Se ha establecido el imperio de la ambigüedad, incluso en las iglesias. Pero cuando hay crisis hay oportunidades y los que saben identificarlas a contracorriente suelen dar un gran giro a la historia.
“A cada época la salva un pequeño puñado de hombres
que tienen el coraje de ser inactuales”.
G.K. Chesterton.
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