Bogotá, 29/04/25 (Más).- Carlos Arturo Gallón, conocido por muchos como “el niño de la tula”, protagonizó una de las historias más inverosímiles y conmovedoras de la guerra de Corea: un niño coreano, hallado hurgando entre la basura por soldados colombianos en 1951, fue llevado clandestinamente a Colombia por un soldado del Batallón Colombia, adoptado, rebautizado y criado en tierra ajena, lejos de su idioma, familia y país.
Su nombre original, posiblemente Yung Ucheol, nunca fue confirmado con certeza. Tenía entre siete y ocho años cuando Aureliano Gallón, su padre adoptivo, lo encontró entre los desechos y decidió llevarlo consigo al frente. Al firmar el armisticio de 1953, lo introdujo en una bolsa de lona militar —la «tula» que dio nombre a su historia— y lo ocultó durante la travesía de regreso a América Latina.
Durante décadas, su existencia fue un secreto hasta que, en 1964, su padre adoptivo relató en el diario El Espectador cómo lo trajo “de contrabando”. Carlos Arturo se volvió una figura pública, rodeada de atención mediática, mitos y versiones incompletas sobre su origen. Fue un símbolo involuntario de una guerra lejana que dejó heridas profundas en millones de personas y dividió un país entero.

Criado en Antioquia, Carlos Arturo enfrentó una infancia difícil, marcada por el desarraigo, el autoritarismo militar y el conflicto armado colombiano. Durante años acompañó a su padre en patrullajes armados, una experiencia que, según diversas fuentes, replicó la violencia que había dejado atrás en Asia. En su juventud trabajó en el archivo del Ministerio de Defensa y formó una familia, aunque su matrimonio también terminó en ruptura.
En 1999, la televisión pública surcoreana KBS localizó a Carlos Arturo en Bogotá y le propuso un viaje de regreso a Corea. Aunque inicialmente se resistió, su hijo Yunc logró convencerlo. Fue así como, casi medio siglo después, volvió a pisar el país que lo vio nacer. Frente a millones de televidentes, narró su historia en un programa en vivo.
Durante la emisión, una mujer llamó al estudio: era su hermana mayor. Aquel reencuentro, tras más de 45 años, culminó en una escena íntima y estremecedora en una casa rural, cuando la mujer buscó en su pecho la cicatriz de una quemadura que confirmaría su identidad.
Carlos Arturo supo entonces que su madre no lo había abandonado; había salido a buscar comida y nunca lo volvió a encontrar. Ella lo lloró hasta su muerte. Frente a su tumba, finalmente comprendió el pasado que le fue arrancado y logró reconciliarse con su historia.
Murió en Colombia en 2013, dejando una vida marcada por el desarraigo, el silencio y la guerra. Su hijo Yunc, quien hoy vive en Bogotá, mantiene viva su memoria y continúa buscando apoyo para cumplir su última voluntad: llevar sus cenizas a Corea y enterrarlas junto a su madre y hermana.
La historia de Carlos Arturo Gallón, reconstruida por el periodista Andrés Sanín en el libro El niño de la tula (Planeta, 2025), sobrevive como un símbolo de las heridas invisibles que deja la guerra, de los lazos familiares rotos por el conflicto y de la persistente necesidad humana de saber de dónde venimos. Su último viaje, aún pendiente, es una deuda con la historia y la memoria de miles de niños atrapados entre fronteras que nunca eligieron.
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