Por Horacio Cárdenas Zardoni
Apareció como nota principal en la sección de locales en un periódico de Saltillo, apenas un 5.28% de las personas que viven en la ciudad, se va caminando a su trabajo, el resto utiliza algún vehículo, el que sea, desde una bicicleta o un scooter impulsado por su propia fuerza, hasta un vehículo motorizado que pesa unas veinte veces lo que él o ella, ocupando un especio equivalente en las calles y estacionamientos, o también puede que utilice el transporte público, lo cual no es del todo probable, dadas las precarias condiciones que este ha alcanzado en los últimos tiempos, o está el recurso de los transportes de personal, que han proliferado a un ritmo inversamente proporcional al achicamiento del otro.
Y se nos ocurre preguntarnos, ¿cómo fue que llegamos a este estado de cosas?
Quede claro que consideramos que es algo del todo inconveniente, porque igual, habrá gente enamorada de los sustitutos y reemplazos, que piense que eso es lo ideal, que el ser humano requiera aparatos, adminículos, equipamiento, para movilizarse, cuando que lo normal, para nosotros al menos, es lo contrario, mientras menor la dependencia de estas cosas, mejor.
La nota señala que Saltillo, que para todos los efectos es una ciudad “a la antigua”, en cuanto que no es un asentamiento al estilo norteamericano, desperdigado lo más ampliamente posible en la superficie del terreno, sino que sigue el estilo europeo de quienes fundaron nuestras villas y luego ciudades, todo abigarrado, las viviendas pegadas pared con pared las unas a las otras. Este solo hecho debería propiciar y condicionar que las empresas, los negocios, las organizaciones en las que la gente puede encontrar una colocación, se ubiquen a una distancia razonable de los sitios en los que habitan sus potenciales trabajadores, pero no. La ciudad sigue toda apeñuscada, pero los sitios de trabajo se han edificado lejos, obligando a la gente a recurrir a algún medio de transporte para llegarse hasta allá, claro, si es que quiere o tiene que trabajar, si no, allí puede quedarse su empleo en su lejana fábrica, y todos contentos.
Pero el problema no es el hecho de que la gente ahora no camine para llegar a su trabajo, lo que sí lo es, es que antes sí caminaba y ha dejado de hacerlo. De hecho cita la misma nota que todavía en el año 2015, era alrededor del 20% de la gente la que se iba, o se podía ir caminando a su lugar de trabajo, lo que quiere decir que en el escaso transcurso de cinco años, la proporción se redujo a una cuarta parte. Lo interesante sería poder conocer cómo eran las cosas, digamos en los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando la población de la ciudad era mucho más reducida, cuando las fábricas se hallaban o en el casco urbano o muy cerca de él, que había una relativa poca disponibilidad de vehículos, básicamente por su costo en comparación con los ingresos de la población, y bueno, podríamos decir que prácticamente era otro mundo, diferente del que estamos viviendo o padeciendo actualmente.
El indicador estadístico lo construye el INEGI a partir de la pregunta de si su lugar de trabajo se halla a quince minutos o menos caminando, de su domicilio, y pues es una realidad que cada vez están más distantes las empresas de las colonias y barrios. Tener que ir a los parques industriales en el propio municipio de Saltillo, o en Ramos Arizpe, ya no es cosa que pueda lograrse fácilmente a pie, aunque vale decir que tenían su cierto atractivo y encanto esos recorridos.
Hoy ya parece que va uno a caminar una hora, aventarse una jornada de ocho o nueve horas de trabajo, y regresarse caminando a su domicilio, además de que a cómo nos hemos complicado la vida últimamente, siempre tiene uno algo más que hacer, lo que hace imposible dedicar a caminar el tiempo que necesitamos para llevar a los hijos aquí, allá o más allá, cuando que al menos en mi tiempo, era uno el que se movía por sus propios medios, los pies, y no esperaba que nadie considerara su obligación andar de mi taxi privado, luego de terminada su chamba del día.
Salvo su mejor opinión, es más lo que hemos perdido con esta manera de organizar nuestro tiempo y nuestra movilidad, que lo que hemos ganado. Sí, nos da la oportunidad de lucir carros más grandes, rápidos, imponentes, tecnológicamente incomprensibles, en una competencia a morir con los familiares, vecinos y compañeros de trabajo, pero eso es a costa de estar pendiente del tráfico, del que no puede uno quitar los ojos, de la salud al no ejercitarse caminando, de desconocer el medio ambiente, al estar metidos en latas con vidrios.
Si hay algo peor que todo esto, es que ha ocurrido frente a nuestra vista. Antes estaba cerca, o aunque no estuviera, llegábamos caminando, hoy, cerca o lejos, movemos el ‘mueble’ para evitarnos cualquier incomodidad, cansancio o sudor… así es cómo llegamos, lo que nos preocupa es… ¿qué es lo que sigue? Seguro será todavía peor.
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