Por Heriberto Medina
La participación, un espejismo
Durante muchos años escuché la máxima: “cuando la gente sale a votar el PRI pierde”, pero eso parecía ser utópico, nunca era suficiente para vencer al partido hegemónico, al grado que empecé a dudar de la efectividad de esa frase.
En la jornada del 2 de junio sufragó el 60.9% de los electores registrados en el padrón y, a pesar de que vimos largas filas en las casillas y se generó la percepción de una votación copiosa, la realidad es que fue una de las más bajas de los últimos 30 años; solo los comicios en los que se eligió a Felipe Calderón tuvieron una participación menor, con un 58.5%.
Iniciemos nuestro recorrido hace 30 años, en 1994. Habían asesinado a Luis Donaldo Colosio Murrieta y el sustituto en la candidatura priista fue Ernesto Zedillo. Según los datos oficiales, en esa elección votó el 77.16% de los ciudadanos inscritos en el padrón. Después de eso, jamás se ha registrado una participación mayor, ni con el fenómeno Fox, ni con el fenómeno AMLO.

En mi opinión, la votación del 94 no debe ser considerada como verdadera, ni tampoco como un referente de la participación de los sufragantes. Expondré mis razones:
Primero: La elección fue coordinada por un aparato que, en última instancia, respondía a las órdenes del Presidente Carlos Salinas de Gortari. Considerando que ya antes había arrebatado, a la mala, un triunfo presidencial al candidato opositor Cuauhtémoc Cárdenas, no es de dudarse que metió la mano para inflar las cifras.

Segundo: La conformación de los órganos que sancionaron esos comicios fue previa a la reforma impulsada por Zedillo que constituyó un parteaguas, generando las primeras instituciones electorales ciudadanas. Es decir, quienes organizaron la votación del 94 eran servidores públicos afines al PRI.
Me tocó cubrir como reportero ese proceso y puedo atestiguar que no se registró en las urnas la participación de los ciudadanos que sí se presentó en otras elecciones presidenciales posteriores.
Las dos elecciones que sí fueron verdaderos referentes fueron la de Vicente Fox en 2000 y la de Andrés Manuel López Obrador en 2018.
Los comicios del 2000 representaron el principio del fin para el PRI, fue un mazazo que ocasionó cuarteaduras en el bloque monolítico formado por el binomio partido-gobierno. Para los electores, fue una fiesta, en muchas ciudades del país celebraron en las calles. Entonces, la participación fue de un 63.9%, muy similar al 63.4% que se presentó 18 años después, en la elección de AMLO.
Siguieron los comicios de Calderón con la votación más baja en los últimos 30 años, una participación del 58.5%. El candidato del oficialismo, el vencedor, no despertó el interés de las masas, no era carismático y el candidato opositor, López Obrador, dijo siempre haber sido despojado del triunfo.
En 2012 ascendió al poder Enrique Peña Nieto en un proceso electoral que registró una votación del 62.8%. Después fue la elección de Andrés Manuel.

En el triunfo de Claudia Sheinbaum, la participación del 60.9% no fue el factor determinante para que obtuviera más votos incluso que el tlatoani del autollamado movimiento de regeneración nacional. Hay otras cuestiones que incidieron y que vale la pena tomar en cuenta. Consideremos algunos hechos como los siguientes:
1.- Fue la primera elección que el PRI enfrentó sin la estructura de respaldo que generaban los gobiernos de los estados. Aún en los comicios del 2018 gobernaban más de 11 entidades, ahora solo gobiernan dos y, en los hechos, solo una.
2.- El PRI dejó de controlar la estructura de las juntas locales electorales del INE en casi todo el país. Antes metía mano para acomodar recomendados e influir; seguramente los gobernadores lo siguen haciendo, pero ahora son mandatarios de Morena, no del PRI.
3.- El PRI ya no pudo infiltrar a funcionarios de casilla. Antes lo hacía porque el órgano electoral permitía que los partidos políticos propusieran funcionarios en las casillas donde los ciudadanos seleccionados declinaron la invitación.
4.- Morena logró acreditar representantes en todas las casillas del país. Al no contar con funcionarios de casilla afines, el PRI perdió la posibilidad de manipular los resultados electorales en los conteos el día de la jornada electoral, después de las 6 de la tarde. Esto lo hacía regularmente en las muchas casillas donde el resto de los partidos no tenían representante. Ahora Morena contó con representación en todos los centros de sufragio, por lo que el tricolor no pudo subir artificialmente sus votos y tampoco disminuir artificialmente los de Morena.
El PRI, además, está perdiendo la capacidad de influencia sobre el consejo general del INE y pronto la perderá también con los órganos de la justicia electoral.
Lamentablemente, todo nuestro recorrido electoral parece haber sido en círculo. Al final, llegamos al punto del que partimos: un partido hegemónico y un gobierno omnipotente, la misma dictadura de partido, el mismo infierno, pero con diferente diablo.
Habrá que ver cuánto tarda Morena en volverse experto, como lo fue el PRI, en triquiñuelas y trampas electorales.
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Excelente retrospectiva, reflexiva y crítica. Felicidades