Cuernavaca, 22/07/25 (Más).- En un taller ubicado en la ciudad de Cuernavaca, un grupo de mujeres ha encontrado en el bordado una forma de memoria, denuncia y resistencia frente a la violencia feminicida en el estado de Morelos.
El colectivo “Las nombramos bordando”, fundado en 2020 por la artista textil María Antonieta de la Rosa, dedica sus puntadas a recordar a niñas y mujeres víctimas de feminicidio. Cada nombre bordado se convierte en parte de un memorial textil que documenta, a través del arte, la magnitud de este delito.
Las mantas con nombres, fechas y municipios de los feminicidios registrados en el estado cuelgan en las paredes del taller de De la Rosa. Otras llegan por paquetería desde distintos puntos del país.
La fundadora del colectivo explicó que comenzó esta iniciativa tras el feminicidio de Ingrid Escamilla, un caso que impactó a nivel nacional y que la llevó a unirse con otras activistas para visibilizar la violencia de género en su estado. “Aquí es donde convergen mi inquietud y exploración en el bordado con el activismo”, señaló.
El primer acto colectivo del grupo ocurrió el 8 de marzo de 2020, cuando convocaron a una jornada de bordado en un refugio para mujeres en Cuernavaca. Durante la madrugada, trabajaron sobre una lista de feminicidios recopilada entre 2013 y 2019, y más tarde se sumaron a la marcha del Día Internacional de la Mujer. Con la llegada de la pandemia, trasladaron la actividad a los hogares y comenzaron a convocar desde redes sociales, ampliando su red de participación a mujeres de otros estados del país.
Cada sesión de bordado se convierte en un espacio de reflexión y acompañamiento, en el que se comparten saberes y experiencias. “Bordar un feminicidio era un proceso difícil que necesitaba acompañamiento”, relató María Antonieta. La lista de nombres por bordar crece constantemente, y cada pieza incluye elementos visuales como flores o corazones, que acompañan los datos de las víctimas y forman parte del memorial textil.
Según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), entre 2015 y febrero de 2025, se registraron 8 mil 508 víctimas de feminicidio en México. En el mismo periodo, Morelos contabilizó 341 víctimas de este delito y 685 mujeres asesinadas de manera dolosa.
Xóchitl Guzmán, psicóloga de profesión e integrante del colectivo, relató que aprendió a bordar desde niña, pero que rechazó la práctica por considerarla estereotipada. Fue hasta que tomó un taller de bordado feminista que encontró en esta actividad una forma de resistencia. A partir de ahí, se unió al proyecto, que definió como una labor “hermosa, pero que es dolorosa, porque lo que se bordan son casos de feminicidio”.
Guzmán indicó que, a pesar de la carga emocional del trabajo, los espacios de bordado permiten la construcción de alianzas y momentos de diálogo. “No es un espacio terapéutico, pero sí de sostén en el que encontramos una gran fortaleza”, explicó. Afirmó que bordar le permite sentirse libre y poderosa, al tiempo que canaliza su energía hacia la denuncia y la memoria.
Karime Díaz, bióloga y otra integrante del colectivo, compartió que se sumó al activismo tras las denuncias de violencia de género surgidas en universidades con el movimiento #MeToo. Reconoció que bordar los nombres de víctimas implica una carga emocional profunda. “Cuando te asignan un caso a veces te resuena porque conoces a alguien con ese nombre, o la fecha coincide con algo en nuestras vidas”, expresó. Sin embargo, afirmó que la ternura del bordado, aprendida de su abuela, es una forma de honrar a las víctimas con compromiso.
Díaz añadió que, aunque prefiere no leer los detalles que publican los medios sobre los feminicidios por la crudeza con la que son reportados, trata de imaginar lo que a la víctima le habría gustado que bordara en su memoria. En su experiencia, el bordado se convierte en una actividad que permite abrir el diálogo entre mujeres de diferentes generaciones.



El proyecto también ha incorporado a nuevas integrantes como Rocío, creadora de productos digitales, quien se unió al colectivo durante la pandemia. Recordó que el aumento de la violencia de género durante el confinamiento la llevó a tomar conciencia sobre el contexto en Morelos. “Viviendo en un estado tan lleno de violencia como lo es Morelos, no podemos negar que la violencia nos toca a todas”, reflexionó.
Rocío comentó que cada bordado es un reto, especialmente en los casos donde la víctima no ha sido identificada o hay poca información. En esos casos, las integrantes del colectivo comparten ideas sobre cómo representar a esas mujeres. Para ella, cada puntada representa el coraje compartido por quienes participan.
María Antonieta De la Rosa recordó que el bordado como protesta tiene antecedentes en Morelos desde 2011, cuando surgió la iniciativa “Bordando por la paz” dentro del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Aquella propuesta fue retomada años después por “Las nombramos bordando”, que hoy sigue visibilizando la violencia feminicida con hilo y aguja. El colectivo continúa invitando a personas interesadas a sumarse a sus actividades mediante redes sociales, donde publican convocatorias y actualizaciones de su trabajo. “Ante la violencia feminicida, nosotras las nombramos bordando”, afirma el grupo, que ha convertido una práctica tradicional en una forma de acción política y memoria colectiva.
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