Editorial

Así no

Mauricio Merino

Si nos ate­ne­mos al clá­sico más citado sobre el tema, encon­tra­mos que hay tres fuen­tes de legi­ti­mi­dad: la tra­di­cio­nal, la caris­má­tica y la legal. El crea­dor de estas cate­go­rías, Max Weber, no igno­raba que el poder polí­tico se cons­truye con la fuerza y se man­tiene con la coac­ción. Pero los gober­nan­tes no pue­den sos­te­nerse mucho tiempo sin el res­paldo y la acep­ta­ción de la socie­dad a la que gobier­nan. En la defi­ni­ción del Estado como el mono­po­lio legí­timo de la coac­ción, la pala­bra clave no es coac­ción, sino legi­ti­mi­dad.

Por eso, el desa­fío más impor­tante que enfrenta el Estado vene­zo­lano es la recons­truc­ción de la legi­ti­mi­dad que fue per­diendo durante el gobierno de Nico­lás Maduro, por­que la domi­na­ción caris­má­tica de Chá­vez no era here­da­ble, por­que la tra­di­ción “boli­va­riana” no exis­tió más allá de la retó­rica y por­que trai­cionó la ley para con­so­li­dar una dic­ta­dura inú­til. Intentó simu­lar una legi­ti­mi­dad basada en la movi­li­za­ción popu­lar y fra­casó al per­der las elec­cio­nes y des­co­no­cer sus resul­ta­dos. Se quedó por las armas y la repre­sión, divi­dió al país y creó las con­di­cio­nes para un con­flicto interno sin solu­ción de con­ti­nui­dad, agi­gan­tado ahora por la estú­pida inva­sión del ejér­cito de los Esta­dos Uni­dos.

Uti­lizo la expre­sión de “estú­pido” como la con­ducta de quien, según la defi­ni­ción de Carlo Cipo­lla, hace daño a otros sin obte­ner a cam­bio nin­gún bene­fi­cio. Se dice que la deci­sión estuvo moti­vada por la codi­cia; y que, ante la flaca legi­ti­mi­dad de Maduro, el pre­si­dente Trump deci­dió hacerse del petró­leo vene­zo­lano mediante la impo­si­ción mili­tar de un gobierno local ven­cido, some­tido y obe­diente. Pero mien­tras avanza el reloj, más evi­dente se hace que esa impo­si­ción no será cosa de coser y can­tar, pues los gru­pos pro­cli­ves a la dic­ta­dura no se ren­di­rán sin ofre­cer resis­ten­cia –con el res­paldo de varios gobier­nos de la región y de otros luga­res del mundo–, mien­tras que la opo­si­ción polí­tica de los Esta­dos Uni­dos echará mano de todos los recur­sos a su alcance para fre­nar los avan­ces impe­ria­lis­tas uni­la­te­ra­les del pre­si­dente Trump. Se lle­va­ron a Maduro, pero deja­ron los pro­ble­mas.

Nadie podrá ale­gar que el ejér­cito esta­dou­ni­dense actuó sin vul­ne­rar las leyes de su país y las nor­mas inter­na­cio­na­les, de modo que nin­gún gobierno ema­nado de la inva­sión gozará de legi­ti­mi­dad. Ya no la tenía Maduro, pero tam­poco la ten­drá quien decida gober­nar como pelele de la Casa Blanca. Y mien­tras se cru­zan apues­tas e insul­tos entre los par­ti­da­rios a ultranza de la inter­ven­ción armada y los defen­so­res del régi­men boli­va­riano, los vene­zo­la­nos segui­rán siendo víc­ti­mas de un juego de suma cero entre la dic­ta­dura trá­gica y el empe­ra­dor espu­rio.

Es impo­si­ble aplau­dir al ener­gú­meno que secues­tró al dic­ta­dor, sin caer en una con­tra­dic­ción fla­grante. Quien defiende esa deci­sión ape­lando a moti­vos éti­cos, con­va­lida que el gobierno más vio­lento del mundo decida libre­mente a quién, cuándo y cómo inter­ve­nir en otros. Es pre­ciso recor­dar que el pre­si­dente Trump ha ido tejiendo día a día una tela­raña de argu­men­tos para jus­ti­fi­car esos ata­ques, pasando por encima de lo que le viene en gana.

Quie­nes hoy defien­den el dere­cho de los Esta­dos Uni­dos a inter­ve­nir en Vene­zuela, ten­drán que hacerlo mañana si Trump decide decla­rar­les la gue­rra armada a los cár­te­les mexi­ca­nos, como lo ha venido advir­tiendo. Y si esto lle­gase a suce­der, cono­ce­mos de sobra el desen­lace: la vio­len­cia cre­cerá, ati­zada por la vio­len­cia (como suce­dió en el sexe­nio del pre­si­dente Cal­de­rón).

No rotundo. Los úni­cos que pue­den par­ti­ci­par con éxito en la recons­truc­ción de la legi­ti­mi­dad demo­crá­tica de su gobierno, son los vene­zo­la­nos. Y los úni­cos que debe­mos paci­fi­car a México somos los mexi­ca­nos. No será fácil y ya no será incruento. Pero nadie más puede ni debe asu­mir esas tareas. •


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