Por Horacio Cárdenas Zardoni
Cada persona tendrá su propia opinión respecto de las coaliciones, cada una de ella y todas como conjunto, son respetables, y no lo decimos con la sorna que suelen usar los políticos al decir esto, sino partiendo de que cada individuo es libre de pensar y opinar lo que quiera, y actuar en consecuencia.
Para algunos las coaliciones son una corrupción más y todavía peor de la de por sí corrupta política, mientras que para otros representa un medio para la obtención de un fin, por eso es que las aceptan, cuando no las propician y las sancionan como válidas.
Pero para no hablar en abstracto de algo que de por sí lo es, se nos ocurren un par de ejemplos de cómo piensan los ciudadanos, lo que a lo mejor sirve para comprender un poco mejor un tema que tiene lo suyo de espinoso.
Se nos ocurre el caso, totalmente de política, pero sacado de la vida real norteamericana, allá en los Estados Unidos existen dos partidos políticos, ponga que existan y puedan existir más, pero no figuran más que dos, al menos en los filmes, el partido demócrata y el partido republicano. En los argumentos fílmicos insisten en el lugar común de que la gente nace en una familia que es o demócrata o republicana, y que lo han sido por generaciones, no siendo novedosa la trama en la que citan la fecha de la primera elección en la que votó el abuelo o el bisabuelo y quién era el candidato del partido. Cambiarse de partido político, allá, es impensable, casi tanto como cambiar de religión, que tampoco es muy bien visto que digamos.
También en películas y también en noticieros hemos visto entrevistas con gente común, a la que se le pregunta la marca de automóvil de su preferencia, citando siempre alguna de las “tres grandes”, Ford, General Motors o Chrysler. Igual que con los partidos, hay otras marcas norteamericanas de autos, pero por lo general forman parte de algún corporativo, presidido por estas tres. Para los norteamericanos, o por lo menos para los argumentistas, todos los carros no norteamericanos son “foreign”, extranjeros o foráneos, no importando si viene de Europa, de Asia, si es un auto caro o barato, es de fuera. Aquellas personas que de repente compran un Honda o un Toyota, son vistos, en las películas, poco menos que como traidores a la causa norteamericana, como si estuvieran en guerra con alguien.
Afortunadamente la cosa es diferente en México. Sí, hay gente casada con un partido político hasta la muerte o quizá un poco más allá, pero se les considera casos anacrónicos, lo común ahora es haber militado, simpatizado o pasado, por una variedad de partidos, algunos de corte ideológico, suponiendo que eso pueda identificarse más o menos fácilmente, y otros diametralmente opuestos, a lo cual se le concede una importancia mínima, siendo corrientes las oscilaciones más extravagantes.
Ahora que recién finalizó el proceso electoral en Coahuila, han surgido comentarios respecto a la orientación que la gente le dio a su voto, en los casos en los que formó parte de una coalición o alianza de partidos. En el caso de la alianza forzada del Partido Verde Ecologista y el Partido del trabajo con MORENA y su candidato a gobernador Armando Guadiana Tijerina, movimiento que se dio obligado desde las alturas del poder de la cuarta transformación, detrás de la cual se sobreentiende que hubo amenazas muy subidas de tono, se le explicó a los ciudadanos, por parte de la autoridad electoral, que sí, ponga que fuera válido hacer una declinación, en este caso del PT y del Verde hacia MORENA, que no llevaba aparejada la declinación de los dos candidatos a favor del tercero, pero que esto no significaba que pudiera existir lo que se dio en llamar un “trasvase” de votos. La gente que votara por el Verde o por Lenin Pérez, o por Ricardo Mejía Berdeja o por el PT, los voto se les contabilizarían a ellos como individuos y a las organizaciones como partidos, pero que en automático yo me bajo y la gente me haga caso de que vote por tal otra opción, eso simplemente no ocurre.
¿Y cómo podría ocurrir, si la gente lo percibe como una afrenta, una falta de respeto y una enorme cantidad de cosas más, algunas que pueden aparecer en este espacio, y otras tan soeces que tenemos que guardarlas?
La declinación quizá sí tuvo un efecto en las urnas, pero no el esperado ni el prometido, alguna gente que sí iba a votar se abstuvo, ¿cómo legitimar con su sufragio algo tan bajo como las traiciones?, aunque también hubo lo otro, ¿ah, rompiste el acuerdo con nosotros los votantes?, preferimos votar por quien sea, pero que sea de otro partido.
pero cuando hablamos de la Alianza ganadora, la que estaba integrada por el PRI, por el PAN y por el PRD, también hay noticias complicadas, una que se nos antoja a nosotros una explicación no pedida, como justificación de lo que les pasó. En síntesis, y nos lo dijo el Instituto Electoral de Coahuila, había ¿qué?, seis formas de votar por Manolo Jiménez, pues su nombre y su rostro aparecían tres veces, o tachando el emblema el partido político que prefiriera, los citados PRI, PAN y PRD.
Yo no se qué clase de planeación de las campañas hacen los políticos de los partidos, pero lo mínimo que a mi se me ocurriría sería, ok chavos, vamos a ir en Coalición de partidos, pero no se les olvide que antes de ser coaligados, somos panistas, perredistas o priístas, así que ya saben, mucho cuidado con andar tachando, ni de cotorreo, los emblemas y ni siquiera la foto del candidato, de nuestro candidato coaligado, si está en otro espacio que no sea el de nuestro querido partido político.
Así lo haría yo, pero yo no pertenezco a ningún partido político, ni me ando trasvasando, yo y mi modesto sufragio, dentro de una coalición. Conocemos a políticos que ni por casualidad se ponen una camisa o una corbata roja para que no diga nadie que parecen panistas, conocemos sobre todo panistas que hacen el signo de la cruz para exorcizar cuando alguien les dice ¿ya te volviste priísta o perredistas?, así como somos los mexicanos de supersticiosos, preferimos anular el voto, que alguien pudiera identificar que yo voté por un partido distinto del mío de toda la vida, o del de este rato. Sea para evitar la mala suerte, para seguir siendo consecuente, para decir que tenemos nuestra identidad intacta, lo que sea, pero los panistas no votaron por el PRI, votaron por Manolo Jiménez, y los perredistas igual.
Siendo así las cosas, no viene al caso la justificación de la dirigencia panista de que sí, hubo una reducción de votos significativa frente al candidato del PRI, pero esto se debió a que los votantes identificaron a Manolo como priísta, y por eso tacharon el emblema de este partido. Nos suena hueco, poniéndolo en perspectiva, sería algo tan emocionante como salir del closet, los que vivan dentro y de repente quieran asomarse y que el mundo los vea.
No hubo popotismo, o efecto popote como lo bautizaron los panistas, el PRI no les chupó los votos a los otros coaligados, quienes no nos hagamos, perdieron fuerza y simpatía, y más les valdría ponerse a ver cómo recuperarlas.
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