POR UN PUÑADO DE PESOS 

Por Horacio Cárdenas Zardoni

Lo hemos dicho muchas veces, la política, por su naturaleza misma, debería ser una actividad que no involucrara el pago de un salario. Cuando se habla de honorarios, se nos ocurre en nuestra ingenuidad que se refiere a que el servicio público debe hacerse en función del “honor” que este implica, el reconocimiento tácito o declarado de aquellos a quienes se presta el servicio, y en esto, a la hora que interviene el sucio dinero, las mejores de las intenciones, los más elevados logros, quedan manchados por el pago que se hace, el que se pide, el que se reclama, el que se concede. ¿En qué momento de la historia los honorarios se hicieron equivalentes de papel moneda?, eso es algo que no nos queda claro, pero debió ser hace bastante tiempo, porque nuestra generación entera creció identificando la palabra honorarios con el significado de retribución, el honor, ese lo bajaron sin que supiéramos cómo, cuando, ni donde.

Ponga que sí, que haya una razón para pagarle a los servidores públicos. La razón, curiosa, o más bien acuciosamente, la encontramos documentada en un artículo aparecido en la Gaceta de Saltillo hace ya varios años, allí se citaban varios documentos en los que se establecía que a tal o cual regidor del ayuntamiento, se le fijaba y se le entregaba una remuneración por las horas que se estaba dedicando al servicio de sus conciudadanos. ¡Cómo serían de claridosos nuestros antepasados!, decía en los recibos, que se incluían en aquel artículo, que si el ciudadano elegido regidor, le dedicaba tres o cuatro horas, las que fueran, a los asuntos de la ciudad, es tiempo que dejaba su actividad productiva, fuera sembrando, cuidando de sus animales, o desempeñado el oficio que tenía, y del que obtenía el dinero para poder vivir, en su defecto, por dedicarse a las cosas de los gobernados, tenía que contratar a alguien que lo sustituyera en sus labores, alguien a quien había que pagarle, y así, los honorarios que se le pagaban al funcionario, servirían al menos, para que no saliera poniendo de su dinero, durante el servicio público.

Hay entonces justificación, no teórica, sino eminentemente práctica para que a los servidores públicos se les pague. ¿Cuánto?, ah ese ya es otro cuento. El servicio público no puede ser visto como una vía para enriquecerse a costa de los demás, pierde su sentido, tampoco para aprovechar canonjías, para traficar con influencias o aprovecharse de la información privilegiada que maneja, y sin embargo pocos hay que no lo hacen de esa manera.

Tampoco nos parece correcta la postura de Andrés Manuel López Obrador, de que nadie debe ganar por encima de lo que percibe el presidente de la república, y además fija este monto a su leal saber y entender, que por lo demás, no comparte con nadie. Hay gente con toda clase de méritos, con actividades peligrosas, hasta heroicas, con visos de trascendencia más allá de su generación, y que por una decisión arbitraria, no reciben una remuneración adecuada a la contribución que hacen a la mejora del conjunto social. Mientras no haya una verdadera compenetración y convencimiento de que lo que debe motivarnos es el logro, el comprobar la mejoría en la forma de vida de todos y cada uno de los ciudadanos con lo que compartimos la época y la nación, estaremos hablando de utopías, en la realidad actual lo que importa es el poder, el poder político y el económico, y sobre todo, la combinación de ambas, que es de lo más productivo

En días pasados comenzaron a circular avisos de que los partidos políticos en contienda por la gubernatura y el congreso del estado de Coahuila estaban ofreciendo dinero, hasta mil pesos, por fungir como representantes de partido en la jornada electoral del 4 de junio.  No se a usted, pero a nosotros nos dio mala espina el asunto, no porque sospechemos algo impropio, sino porque le quita algo de la parte espiritual al asunto de la renovación de poderes, para dejarlo en el pedestre trámite, por el que además, le pagan a quienes andan allí.

Ya no se hace por gusto, por convencimiento, por convicción política o sentido cívico, se hace porque hay una lana de por medio. Tampoco es como decía aquel artículo de la Gaceta que le comentábamos, porque la elección tiene lugar en domingo, son comparativamente pocos los que laboran ese día, se justifica suficientemente la idea de que sea una actividad honoraria, pero no, la convierten en un asunto de trabajo realizado, te estás allí haciendo lo que se espera de un representante de partido, desde estar allí nomás pendiente, hasta armar alharaca, señalar las inconsistencias, por llamarlas así, siempre y cuando las haya, y reportar, por todo lo cual, se le dan sus mil pesotes, ah y se le lleva de comer, y en un descuido hasta se les apoya con el transporte desde su domicilio hasta la casilla que le tocó.

A lo mejor esto surgió a raíz de que a los funcionarios de casilla se les comenzó a pagar hace algunos años. Igual lo vemos con reservas, después de todo están en calidad de ciudadanos haciendo una actividad en beneficio de los otros ciudadanos, no en lo individual sino como conjunto. ¿Era justo que a los funcionarios de casilla se les pagara y a los representantes de partido no?, insistimos, no debía pagársele a ninguno, por una alta acción ciudadana, por la que el reconocimiento debería bastar. Pero bueno, allí está.

Algo que llama la atención, no de ahorita, sino de varios procesos electorales pasados, es el hecho de que los partidos políticos no tengan militantes comprometidos suficientes, como para habilitar uno que se haga presente y se esté allí todo el tiempo que dure la jornada electoral, desde la apertura de la casilla hasta el cierre de la misma, con el peligro de que… faltando funcionarios, lo habiliten como uno, como previene la ley, y entonces se perdió el sentido del representante partidista, pues no habrá quien lo cumpla, al menos, hasta que se de aviso, ahora con los celulares todo es mucho más fácil, y de la sede del partido manden a otro… si es que lo encuentran.

Habrá personas a las que los mil pesos les vengan muy bien, y que por la suma acudan como representantes de partido, cuando que a lo mejor ni siquiera habían tomado la decisión de si ir  a votar o abstenerse, y no hablemos de la preferencia electoral, que perfectamente puede varias por módicos mil pesos, como le consta, según denuncias, a muchas personas, a las que se les entrega una despensa, algún beneficio, o ya de plano, dinero en efectivo por votar a favor de tal o cual candidato de tal o cual partido.

¿Dan mil pesos por representar al partido tal?, por ese precio hasta voto por ellos, no es una mentalidad extraña, y sí una actitud comprensible en ciertos estratos sociales.

¿Alguna vez, en el transcurso de nuestras vidas, la política volverá a ser algo honorable, lo más honorable a lo que pueda alguien dedicarse?, lo vemos bastante difícil, pero no perdemos la esperanza, a ver cómo nos va el domingo en materia de ideales democráticos.


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