SALIR DE LAS CALLES


Por Horacio Cárdenas Zardoni

Hace algo más de diez años acudimos a algún evento en el que se analizaba la situación de la gente que se ganaba la vida en las calles. Entonces, como ahora, como desde testimonios literarios que son históricos como El Periquillo Sarniento o El Canillitas, que nos muestran un México que nunca ha sabido darle a todos y cada uno de sus habitantes lo que les corresponde, ha habido gente que desempeña distintas actividades callejeras a cambio de dinero, lo cual no quiere en ningún momento decir o equiparar, a que realizan un trabajo remunerado, no, lo suyo se ubica más con la milenaria costumbre de pedir dinero, y la no menos antigua de los ciudadanos a quienes se les conmueve el corazón, de darles algunas monedas.


En aquella ocasión una de las ponentes comentaba, refiriéndose específicamente a los niños, que a este grupo de población se le hacía el peor de los daños al ceder a darles dinero, uno lo hace con la mejor de las intenciones, sin embargo, decía, les estamos enseñando que la calle puede ser para ellos, como lo es para sus padres y para muchísima gente, una forma de vida. Con todas sus letras sentenciaba que alguien que comenzó a ganarse la vida en la calle, es prácticamente imposible que alguna vez la abandone para realizar un trabajo más productivo como parte de la sociedad.


Las cosas desde aquellos momentos hasta ahora, no han cambiado mayormente, o sí quizá, han cambiado para mal, aquellos que entonces eran niños ahora son adolescentes y jóvenes, y efectivamente, siguen en la calle, dándole el triunfo amargo de la razón a lo que comentaba la ponente, también se ha diversificado el mercado de quienes solicitan el auxilio económico de quienes tienen la relativa suerte de ir en carro, a diferencia de ellos, para quienes su vida transcurre evadiéndolos. Antes eran habitantes de la propia ciudad o del medio rural circunvecino, con algunos agregados por temporadas, de las que se dio en llamar marías, mujeres de origen indígena, a quienes traían de sus pueblos en los estados del sureste, a invadir los cruceros de ciudades del centro y norte, en una maniobra que se averiguó luego que era una mafia bien montada que reclutaba, violaba, explotaba a las mujeres, casi niñas, o mujeres ya muy mayores, para que recabaran enormes cantidades de dinero, del que a ellas les correspondía una parte mínima, apenas para seguir viviendo. Ahora se ha diversificado para incluir, además de los de siempre, a migrantes de diversas nacionalidades, que están en tránsito por las ciudades mexicanas, o aparentan estarlo, pues el limosnear se prueba como una actividad mucho más descansada y productiva a veces, que un trabajo formal en México o en los Estados Unidos, en cuya búsqueda salieron de sus países.


Periódicamente, o más correctamente dicho, de forma esporádica, había operativos para retirar pedigüeños de las esquinas de las ciudades, esto lo hacían las autoridades municipales en cumplimiento del bando de policía y buen gobierno, que por lo general suele incluir medidas contra la mendicidad, pero no se trata solamente de quitar a la gente de las calles porque afean la vista, o porque incomodan a la gente de cierto nivel económico y por supuesto a los turistas, pues a nivel ciudad se repite lo que sucede en las casas, que importa más la opinión de “las visitas” que de quienes viven allí, y a quienes estos acaban sirviendo de mala manera. Esos eran unos, pero había otros operativos, estos orientados a retirar a los niños en edad escolar de los cruceros.


Se decía, con bastante razón, que los niños debían estar en las escuelas no en las calles, recibiendo una educación, no pidiendo dinero para resolver la situación de miseria propia y la del núcleo familiar. Desde entonces se sabía que padres de familia, incapacitados para trabajar, ausentes, o simplemente aprovechados, usaban a sus niños para pedir dinero, sabedores que la cara de un niño pidiendo consigue más que la que ellos pudieran poner para el mismo efecto. Pero la realidad era que los niños pedían, preferentemente en las mañanas, con lo que en la práctica se estaban privando de ir a la escuela, y comparando, el obtener dinero para lo que sea que fueran sus vicios tempranos, hacerse amigos, pertenecer a una palomilla, sentirse mayores e independientes, tenía mucho más atractivo que ir a sentarse a un salón de clase a aprender cosas que percibían lejanas a la realidad que vivían.


Quede claro que los tales operativos no eran permanentes ni mucho menos, funcionaban una semana y se acabó. Tan sencillo como que iban por el niño, lo llevaban a su casa o a una escuela, y al día siguiente estaba de nueva cuenta en el crucero, porque ni el sistema tiene la capacidad ni la intención de satisfacer sus necesidades económicas, ni tenía la de zanjar ese problema socioeconómico de una vez por todas, era como siempre, hacer como que se hace, y nada más. Pero sí había alguna ventaja, cada vez que los niños y jovencitos veían venir una camioneta con los distintivos del DIF salían huyendo a toda velocidad, para regresar tan pronto notaran que el peligro había pasado, ya para el mes ni quien se acordara de que había un programa gubernamental al respecto.


A donde nos interesaba llegar es a esto ¿qué tan atractiva es para quienes la practican, la vida en la calle, ¿de veras tenía razón aquella analista en el sentido de que quien de niño se cría ganándose la vida en la calle, jamás saldrá de ella? Lo decimos porque en los últimos meses se ha multiplicado la presencia de pedigüeños en las calles de Saltillo, incluso se han extendido hasta áreas en las que antes no se aventuraban. ¿Resultado?, que ahora amenazan hordas de jóvenes, con limpiarle el parabrisas, personas mayores con una receta pendiente de surtir, un niño en brazos como golpe seco a la ternura de corazón de la gente que lo mínimo que piensa es agradecer a la suerte el no estar en esa situación de miseria.


Es una nube de saltimbanquis, de limpiaparabrisas, de niños, de pacientes de alguna enfermedad que requiere cirugía, uno que otro vendedor ambulante, pues cada vez es menos la gente que compra lo que no necesita. Y el problema desde nuestro punto de vista es ese, que hay gente, mucha, haciendo cosas que ni la sociedad como conjunto ni los individuos necesita. Si uno necesita un herrero, un electricista, un podador, un carpintero, nomás no lo encuentra, los que hay están saturados de trabajo, son caros y poco confiables, en cambio vagos que solo estiran la mano a cambio de nada, o de algo tan simplón como limpiar el vidrio o remover el polvo del carro, de esos abundan al extremo. ¿Qué, como sociedad somos incapaces de darle un empleo productivo, pero sobre todo satisfactorio a cada uno de nosotros? ¿cuánta gente seguirá prácticamente naciendo, creciendo y casi muriendo en las calles, porque no supimos darle algo digno que hacer por la propia colectividad?


Descubre más desde Más Información

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde Más Información

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo