LA FARSA DE LAS PRECAMPAÑA


Por Horacio Cárdenas Zardoni


Si no el primer día, porque ese se dedica a las novatadas que enseñan la clase de coleguitas con los que convivirá el resto de su vida, si no se da de baja allí mismo, el segundo, les enseñan a los aspirantes a abogados esta máxima del derecho positivo mexicano: el que hace la ley, hace la trampa.


Muchas veces hemos recordado en este espacio aquel cartón del famosísimo Abel Quezada, que llevaba el encabezado cómo se hacían las cosas cuando no había abogados, aparecían dos vaqueros, ensombrerados como debe ser, en una polvosa calle del viejo oeste, esperando la señal para darse de balazos, y sí, así se hacían las cosas antes, el que sobrevivía al duelo al atardecer, prevalecía, imponía su ley y su justicia, que otra vez usando y abusando del lugar, eran lo mismo, no como ahora, en que uno que despacha y vive en palacio nacional dice que no son, que una es más importante que la otra, y en esas y por esas, nos está llevando al baile.


En los libros de historia se cuenta que luego de la revolución mexicana había partidos por montones, casi cada persona podía organizarse un partido político y treparse en él, en busca de una posición política, desde la más modesta alcaldía hasta la siempre deseada presidencia de la república, y efectivamente aquello era un verdadero desorden. Tuvieron que venir los generales, más o menos como ahorita, a poner un poco de orden, y es así como desde las alturas del poder público y militar que detentaban, decidieron darle una barnizada de civilidad, y es así como nación el Partido Nacional Revolucionario, antecedente del Partido Revolucionario Institucional, que muy maltrecho, pero sigue existiendo.


Fíjese que curioso, primero nació el partido al que se le encomendó la misión difícil y peligrosa de institucionalizar la revolución, y de pasadita, pacificar al país, o al menos, que la política no fuera un motivo para continuar con la inestabilidad que campeaba desde la caída de Porfirio Díaz, todavía dos décadas después, y solo entonces pudo comenzar a hablarse de una ley electoral, como reglamentaria de lo que establecía la constitución de 1917 respecto a la división de poderes y la transferencia de los mismos en el clima de una república democrática y representativa.


A lo mejor por eso funcionó tan bien aquello que Mario Vargas Llosa llamó la dictadura perfecta, y que el caricaturista Rius bautizó como la dictablanda, solo para distinguirla de las dictaduras que gobernaban casi todos los países de América Latina. La función estaba ligada a los objetivos nacionales, los del sistema que gobernaba, y la ley era una cuestión secundaria.
Todo fue que se tratara de ciudadanizar la transmisión de los poderes públicos, para que aquello cayera en manos de legisladores, abogados de partido y grupos de interés que no han hecho más que apretar una madeja que estaba de por sí enredada, pero que cumplía más o menos con lo que se esperaba de ella. La legislación electoral en nuestro país es un algo de lo que deberíamos avergonzarnos, y la razón de esta aseveración es todavía más penosa, desde que se abrió a la participación, no ha habido un presidente, que recordemos, un gobernador en su entidad, que no haya promovido reformas a la legislación electoral, para adecuarla a lo que él o ella, consideran que debería ser.


Mientras que otras leyes mantienen su permanencia en función de la necesidad de estabilidad de la situación que pretenden normar, con la ley electoral ocurre lo contrario, aquellos que se beneficiaron de la anterior, al grado de haber llegado al poder, son los primeros interesados en cambiarla, haciendo un símil, equivale a quemar las naves como cuenta la historia que hizo Hernán Cortés, en una medida que obliga a jugar con nuevas reglas, que en cada ocasión están por probarse por primera vez, desperdiciando la experiencia de ordenamientos anteriores, que se probaron y fueron desechados.


En este panorama es que se desarrollaron las precampañas en el actual proceso electoral para la renovación de la gubernatura de Coahuila, una parte que a analistas serios los haría mover la cabeza con lástima y disgusto, y a los que no son tan serios, los tiene botados de risa. ¿Quién fue el que armó el calendario electoral?, aquello parece una mala broma que, eso sí, incorpora todas las modificaciones, adiciones, reformas, y cuanta cosa que se le han hecho a la legislación estatal, más las que previene e impone la legislación federal, con la que esta necesariamente tiene que estar articulada, so pena de… so pena mejor ni pensar de qué, porque se nos puede caer el mundo encima, bueno a los que andan en la grilla tras un hueso.


Primero fueron las precampañas, bueno, antes de esto un período nebuloso equivalente al limbo, en el que cada quien hizo lo que quiso y pudo, siendo que en teoría y apego a la ley, estaba prohibido, y allí tienen que anduvieron en día de fiesta, que más pareció año o sexenio de fiesta, pues no pararon las manifestaciones de pretensiones de los aspirantes, y mire lo que son las cosas, tuvieron que ser los partidos políticos, no la autoridad electoral, la que serenara los ánimos de sus militantes, pues el peligro de ser sobrepasados era real, tan es así que en MORENA pasó lo que pasó y hasta escisión hubo.


Al larguísimo período previo a la declaratoria de arranque, que ocurrió con el inicio del año, siguieron las precampañas, con su falsa y hasta ridícula medida de tener que postular patiños, paleros, juanitos que le dice el diccionario de política a la mexicana, gente que se planta allí para cumplir el requisito de que haya más de un precandidato para poder aprovechar el período marcado por la ley para la precampaña.


¿Se fijó que luego que el Tribunal Electoral dictaminó que no había fijón con que los partidos políticos que tuvieran un solo aspirante, también pudieran hacer precampaña, ninguno de los que andaban allí de comparsa volvió a aparecer en escena?, pues de por sí que en su descripción de puestos estaba el no mover un dedo que pudiera hacerle sombra al candidato, luego de quitada la careta de demócratas, no había necesidad de sus servicios, ni las gracias les han de haber dado.
Pero luego de las precampañas, que sí, puede decirse de ellas que tuvieron un cierto grado de intensidad, se decreta un período de intercampañas, de nada más ni nada menos que 48 días, en el que no pueden decir ni pio los candidatos so pena de… lo que sea que diga la ley o nada.
¿Qué de veras no había una mejor manera de organizar este entuerto electoral que lo que estamos presenciando?, luego de lo prohibido, lo permitido pero poquito, luego nada otra vez, para lanzarse luego a las campañas en forma, esto es para volver loco a cualquiera, que antes no se haya muerto de aburrimiento o de risa.


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