ENRIQUE ABASOLO
La experiencia nos demuestra que no todas las personas saben vivir bien, independientemente de su situación económica.
Quiero decir que no toda la gente sabe cómo procurarse bienestar, en un sentido amplio; o cultivarse, ensanchar sus horizontes y extender sus alcances.
Viajar, ilustrarse, comer bien y variado, hacer compras en función de la calidad y el buen gusto -y no desde la estrechez de un presupuesto limitado-; relacionarse con gente de influencia y líder en cada disciplina; cuidar de la salud física y mental, es todo mucho más sencillo cuando se cuenta con un respaldo económico considerable, no obstante hay mucha gente que -sin ninguna clase de privilegios financieros, se las arregla de lo mejor; mientras que, en el sentido opuesto, abundan por allí individuos vulgares, cortos, indolentes y hasta precarios, aunque tengan suficiente dinero como para que jamás llegue a ser una preocupación en su vida.
Es una historia harto frecuente en el ámbito deportivo: Jóvenes de barrios pobres que llegan a destacarse como futbolistas o boxeadores, donde los salarios se llegan a contabilizar en millones de dólares. Cierto que durante algunos años pueden hacer de su vida una orgía de lujos y placeres extravagantes, pero sin juicio ni una buena asesoría, pueden terminar en la ruina siendo las mismas personas, básicas, toscas y mal administradas, que eran antes de alcanzar el éxito.
Está el caso también de los nuevos ricos, aquellos que dan en el clavo con algún emprendimiento, o ganan un premio importante en la lotería o sus equivalentes. Aquí, como se suele decir: quizás puedan salir del barrio, pero el barrio nunca saldrá de ellos.
Se pueden ir a vivir a una zona residencial y hasta un ciego podrá identificar la casa de los nuevos ricos nomás por el olor a frijolitos cociéndose en la olla express. Ni modo. Y ni se azote, que también me encantan los frijoles.
El tener dinero es un privilegio, sin duda, y si nos ponemos muy estrictos también es una responsabilidad.
“¡Achís!”, podrá exclamar alguien. Y lo entiendo si su gusto y posibilidades son reventarse una fortuna en excesos de todo tipo y hacer de su vida una bacanal. ¡Perfecto! Sin embargo alguien con, digamos, ideales más elevados invertiría, primero, en su persona, en su salud y desarrollo, desde luego; y tratarìa de brindar lo mismo a sus seres queridos y en la medida de lo posible a sus allegados. Luego habría que invertir en algo para sostener o acrecentar el capital; ampliar su esfera de influencia para beneficiar a tanta gente como fuera posible y finalmente comprometerse con tantas causas sociales, humanas y ambientales como su fortuna se lo permita.
No, si el manual para ser millonario lo escribí ya desde hace tiempo; nomás que no veo llegar los millones aún.
En fin. Coincidirá conmigo en que sería un lamentable desperdicio ser millonario y seguir viviendo como hijo de vecino, sin más ambiciones que las inmediatas, sin otros satisfactores que los que dicta el consumismo masivo y sin más mundo que el que alcanza a distinguir a simple vista, y todo porque se es tan pobre en el fuero interno que siente que cualquier otra aspiración o ambición es inmerecida o muy sofisticada.
Y sería lamentable porque, más allá del lujo y los deleites, hay mucho que hacer cuando tenemos recursos a nuestra disposición y no hacerlo por falta de iniciativa, de voluntad o por cortedad de imaginación, es una oportunidad de oro para beneficiar a muchos seres humanos, botada al drenaje.
México está en una situación parecida. Somos la economía 15 o 16 (espero todavía) y hemos llegado a ser la número 13 a nivel mundial… pero no se siente.
Y no se siente porque como sociedad -y muchos en lo individualidad- no sabemos vivir como una economía emergente: Consentimos la corrupción, la discriminación, los trabajos mal remunerados, la pobre impartición de justicia; toleramos estándares de eficiencia muy bajos a las empresas y a los servidores públicos; no invertimos a futuro, o no lo hacemos con inteligencia. Y agregue usted lo que yo esté olvidando, pero es el caso que no sabemos cómo asumir la posición económica que realmente tenemos (como Nación, repito), ni nos permitimos vivir como deberíamos, debido a nuestros atavismos.
En el colmo, nuestro líder es un mesías con un espíritu tan achicado que nos invita a vivir en una pobreza que él, en toda su estrechez de conceptos, considera que es una virtud. (Y quizás llegó a ser el líder de este País precisamente porque conectó con ese pobre que los Mexicanos llevamos dentro y por el que nos debatimos entre abrazarlo o desterrarlo para siempre de nuestro espíritu).
Independientemente de que al día de hoy viva AMLO en un palacio, que tenga un rancho a donde retirarse a vivir los años que le queden y que tenga los suficientes contactos y relaciones como para tener asegurada la garnacha hasta el último día de su vida, AMLO es pobre, es un pobre y está empeñado en que México sea pobre y los mexicanos vivamos como pobres.
AMLO exhibe rasgos de pobreza cuando desdeña la ciencia y la tecnología; o la educación en el extranjero (eso es aspiracionismo, dice, cosas de la familia Corleone); le hace el feo a una dieta variada rica en proteínas (que es lo que necesitamos); pero son extravagancias, asegura, y afirma que se puede vivir con tortilla y frijol
Conmina a México a vivir con un solo par de zapatos, porque “no se necesita más”; y aunque todas estas gansadas (nunca mejor dicho) son como para “tirarlo a león”, es de preguntarse qué tan en serio nos lanza estas exhortaciones.
AMLO mendigando vacunas como menesteroso ante la ONU durante lo más crudo de la pandemia de COVID fue algo indigno, ¡porque somos la economía 16 del mundo! Las vacunas gratis y toda la ayuda internacional es para las naciones realmente pobres, sobre todo las de algunas regiones del Continente Africano que apenas durante el siglo 20 eran colonias.
Ahora pasándole nuevamente la charola a los empresarios para poder terminar una obra con la que se encaprichó, es totalmente indecoroso. Querer zanjar los asuntos de Estado con rifas, como si fuera la señora de la oficina que organiza las tandas, no solo es opuesto a la dignidad Presidencial, sino que no tendría razón de ser.
Amagar a los empresarios, ya sea porque tienen cola que les pisen o porque no quieren volverse blanco de una persecución fiscal, es más despótico que cándido, pero sin duda, habla de un déspota muy básico, pequeño, poco imaginativo.
¿Qué no le alcanza con la recaudación? ¿Con todos los recortes presupuestales que ha ordenado en tantos rubros indispensables para la marcha del País? ¿Qué no aseguraba que con erradicar la corrupción tendríamos un superávit para solventar lo que fuese? ¡Ah, claro! olvidaba que es más importante mantener el aparato de becas y pensiones que es el motor político y electoral de este régimen que hace de la pobreza su bandera.
Está visto que al pobre, cuando es pobre de verdad, pobre por convicción, pobre desde las entrañas, no hay dinero capaz de sacarle la pobreza del espíritu.
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